Quiero una vida normal, no un vuelo a Nueva York por 300 euros

En un mundo que nos empuja a vivir con prisas y a soñar con viajes asequibles, el verdadero lujo es tener tiempo, descansar y disfrutar de una vida cotidiana sin angustias ni remordimientos

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Past lives me hace pensar en las vidas que podríamos tener (sin tener que ir a Nueva York).
18/10/2026 - 17:06 h

PalmaMe gustaría tener un perro. Y sentir que mi vida no es tan importante. Tener un animal hace que todo vuelva a ser un poco más relativo y convierte el tiempo en una unidad de medida más democrática. Me gustaría tener una vida lo suficientemente normal para descubrir que todo lo que hago, al fin y al cabo, tiene la misma importancia que pesar los 50 gramos de pienso que tiene que cenar mi perro. Me gustaría poder permitirme el lujo de las cosas insignificantes.

Todo se ha vuelto importante, urgente, necesario. Y por eso, me despierto con un nudo en el estómago, lleno de las cosas que rumié ayer noche antes de cerrar los ojos, y que me hace ir al lavabo antes de desayunar. Todo es tan necesario que trabajo de camino a trabajar. Nada puede esperar a que pase cuando tiene que pasar. Todo tiene que pasar un poco todo el tiempo. Pido cita al médico, hago gestiones, quedo para el fin de semana y actualizo mi vida a mis amistades con un mensaje de voz caminando por la calle. Voy a lo que voy. Vivo por adelantado. “Así ya me lo quito de encima”: una llamada de trabajo, una entrega, un café con una amiga, una comida con mi madre, una cena con mi padre. Mi lista de to do (cosas por hacer) es cada vez más extraña. Y cada día se convierte en un trámite menos para el día siguiente, el preámbulo de las tareas de mañana.

Hace tiempo que dicen que “queremos haber leído, y no leer”. Yo creo que queremos haber vivido, y no vivir. Y es normal: vivir se ha convertido en una cosa tan compleja que queremos hacerla rápido y en diagonal. Nadie querría experimentar de manera consciente este ritmo que solo somos capaces de soportar “con un poco de angustia” –lo que contestas a tu amiga cuando te pregunta cómo va la semana–, ni estos equilibrios mortales –realmente mortales, porque estamos a punto de petar una vez al día de media– que tenemos que hacer para que todo continúe rodando. Tenemos vidas ocupadas que nos hacen sentir personas importantes. Y añoramos nuestras vidas normales. O al menos yo.

Fotograma de Past lives.
Fotograma de Past lives.

“Vuela a Nueva York desde Barcelona por 336 euros”, dice el banner de publicidad que inunda el artículo que estoy leyendo. What a time to be alive. Yo lo único que quiero es olvidarme de que tengo un trabajo a partir de las seis de la tarde, apuntarme a alguna extraescolar absurda, prepararme un táper para mañana y mirar una serie tranquila. No quiero tener que elegir entre poner lavadoras o vida social los fines de semana. Quiero tener claras mis aficiones y no confundirlas con fuentes de ingresos. No quiero asumir que para ganarme la vida no debo tener vida, ni que cada día será un esfuerzo titánico. Quiero tener un perro y pasearlo una hora cada día. Mi sueño es tener una vida normal sin remordimientos. Y no ir a Nueva York.

Los precios de las cosas han cambiado y hacemos ver que con nuestros sueldos cualquiera se puede permitir un vuelo intercontinental en cada período vacacional. Y tan contentos. Como si esto fuera síntoma de que todo va bien. Pero desde que los sueños de antaño se han vuelto tan baratos, la calidad de vida se ha vuelto más inaccesible. Hemos trastocado la jerarquía de las prioridades y, con ella, lo que determina un estatus, una clase. Ahora que ‘todo el mundo’ puede permitirse Navidad en Manhattan y verano en Bali, el lujo es otro: ahora nadie puede permitirse una vida normal. No podemos tener trabajos normales, que acaben al cabo de ocho horas; ni casas normales, con unas condiciones habitables; ni relaciones normales, que no necesiten cita previa; ni aficiones normales, que sean solo eso, aficiones; ni una salud normal, que no dependa de benzodiacepinas ni suplementos.

Pero un día vemos una oferta de un vuelo directo de 10 horas por menos de lo que nos costaría el alquiler de una habitación en una casa compartida y pensamos que nuestra vida valdría más la pena con un bagel en la mano. Porque hoy, que tenemos que elegir entre dormir ocho horas y pasar un rato con nuestra pareja, todo parece realmente insostenible. Nuestra existencia se ha complicado tanto que ya no reclamamos una vida normal: reclamamos una vida de pequeños lujos para soportar ser personas normales. El acceso a los excesos nos ha hecho creer en un mundo de posibilidades; es la materialización de la publicidad engañosa que vendieron a nuestros padres. Y nuestro día a día, la letra pequeña.

Fotograma de Past lives.

Veo cada día todo lo que me podría permitir, los pequeños caprichos que me podría consentir con un clic. Y, sin embargo, nada de lo que quizás querría realmente no me lo puedo permitir: apagar el móvil, pasar todo el fin de semana en el sofá, dejar los correos pendientes para mañana, mirar por la ventana de camino al trabajo, comprometerme a un día de deporte a la semana, ir a dormir a las once de la noche. Qué locura, ¿no?

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