Recuerda que lo hacías porque te gustaba (y eso era el éxito)
Quería saber cuáles son las obsesiones de mi generación y, por eso, he ido a buscar a los y las encargadas de fosilizarlas: los y las artistas. Concretamente, a seis. Ellas y ellos son Anna Picornell, Lluïsa Febrer, Mariona Jaume, Miquel Mas, Josep Alorda y Lluís Garau.
Quería saber cuáles son las obsesiones de mi generación (es decir, quería confirmar mis sospechas). Y, por eso, he ido a buscar a los y las encargadas de fosilizarlas: los y las artistas. Concretamente, a seis. Y si el tiempo y el espacio no fueran limitados, la lista sería mucho más larga. Ellas y ellos son Anna Picornell, Lluïsa Febrer, Mariona Jaume, Miquel Mas, Josep Alorda y Lluís Garau. En estas conversaciones, con todos y todas he intentado lo mismo: saber qué sienten, hacer prospección en sus almas y descubrir qué les obsesiona. Porque –cuando somos sinceras– las obsesiones son lo único que realmente nos hace vulnerables, que nos delata tal como somos, genuinamente, desde el subconsciente y sin moral. Quería extraerles “con cucharilla de postre”, como dice Lorena G. Maldonado, qué siente esta generación de artistas. Y lo que resulta que los hace mortales, como al resto de humanas, es la misma duda, intrusiva e inoportuna: por qué hacemos lo que hacemos y si el éxito es esto.
¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué empezamos a hacerlo? Si nos hacemos esta pregunta, ¿es porque no nos acaba de merecer la pena hacerlo? Que te guste hacer una cosa y que, al mismo tiempo, se te dé bien puede ser una condena muy difícil de gestionar. Sacar provecho a un talento es convertir afición en obligación, comparación y ambición, lo opuesto a lo que realmente todas queremos: una vida buena y tranquila, y –en la medida de lo posible– tener ratos de no hacer nada. Pero obligarnos a hacer lo que nos gusta es más fácil. Aquí está la trampa. “Haz trabajo de lo que te gusta y no descansarás nunca más”. Enhorabuena: cuando te quejes de tener que hacer aquello que te gustaba a cambio de una remuneración, te sentirás el gusano más mezquino del universo. Y olvidarás por qué lo hacías, igual que olvidarás todas las cosas que hacías porque te gustaban.
Pero recuerda que inventabas y escribías cuentos para todo el mundo a quien querías, porque era el único público que conocías. Recuerda que bailabas con las amigas en el patio del colegio solo a cambio del chute de adrenalina de sentirte Beth, de Operación Triunfo, o las Spice Girls, en Wannabe. Recuerda que hacías pulseras, marcapáginas y postales, porque tu fantasía era tener una tienda o una imprenta, o ambas. Que no te impacientabas, que no importaba el resultado, porque lo único que buscabas era el placer de plastificar, pegar, grapar y perforar. Qué satisfacción, como de oficinista: con muchos aparatos diferentes a tu disposición. Recuerda solo la sensación. La clave estaba en la inutilidad de todo aquello, como las fotos de los árboles que hace Hirayama en Perfect Days, todas aparentemente iguales.
¿En qué momento lo que nos gustaba se ha convertido en aquello que nos separa de hacer lo que realmente queremos hacer? Yo creo que fue justo cuando empezamos a hacerlo bajo demanda y al por mayor, a cambio de miseria; cuando la producción pasó a ser más importante que la creación. Así que ahora producimos mucho más de lo que nunca podremos consumir, porque hemos creado esta máquina que necesita gasolina. Ahora, la sobreproducción nos obliga a buscar estrategias: a vendernos, en resumen. Ahora, que nos dedicamos a lo que nos gusta, hacemos lo que hacemos para que se consuma, y solo porque nos gusta.
Así que no sé si esto era el éxito. Hace tiempo que intento descifrarlo, el éxito; esta entelequia, un equilibrio tan perfecto que no existe. Y en esta búsqueda, voy encontrando definiciones que guardo, para que me acompañen:
El éxito, según Samantha Hudson
“En los últimos años, nos han inoculado el veneno de la trascendencia mediática, de los números. Esto no puede ser. Una misma debe configurar lo que considera que es éxito en su medida. No podemos permitir que todas persigamos fantasmas, nos ahoguemos en nuestras expectativas y nos frustremos. Creo que no hay mayor éxito que dejar de preocuparse por el fracaso. Por desgracia, una tiene que vivir, tiene que ganar dinero y tiene que enfrentarse al mundo. Pero, si desde nuestras entrañas lo único que perseguimos es el éxito convencional, entonces habremos fracasado.”
El éxito, según Isa Calderón
“Yo digo más veces ‘no’ que ‘sí’. La gente cree que eso puede desfavorecerte. Y yo pienso que es al contrario: tú vuelves más de culto cuanto más inalcanzable eres. Estoy muy contenta con lo que hago. El éxito no es aparecer en muchos sitios o hacer muchas cosas: ahora hago un podcast, ahora hago una serie, ahora escribo un libro. No. La gente está equivocada. Después, tengo compañeras trastornadas, expuestas, que opinan sobre todo: debe ser agotador, deben tener una egomanía que no las deja disfrutar la vida.”
El éxito, según Oriol Pla
“Creo que no tiene que ver con el exterior, tiene que ver con cómo te relacionas con el exterior. Para mí habría sido un fracaso haber estado en Nueva York y haber ganado [el Emmy], pero haberlo pasado mal o con muchos nervios, no haber sentido que me lo merecía y no disfrutar. El éxito debe ser tener la habilidad de vivir en paz lo que te toca vivir. Es dormir tranquilo y levantarse de buen humor, todo lo que te lleve a eso.”