La vida ficticia que nos permitimos los fines de semana de verano
Un relato sobre la pausa estival, la pereza compartida y la ilusión efímera de creer, durante dos días, que la vida puede ser más simple
PalmaLa vida y yo firmamos un pacto de verosimilitud cada verano. Los fines de semana se convierten en una ficción maravillosa y yo, una narradora muy poco fiable. Me digo a mí misma que la realidad es eso que pasa bajo este cielo turbio, blanquecino, de tan cerca que brilla el sol, y no el día a día que iluminan los fluorescentes. Durante 48 horas, me parece razonable seguir el ritmo natural de las cosas: levantarme cuando se acaba el sueño, honrar la comida dedicándole el tiempo que merece ser cocinada y ser comida, no salir de casa hasta que haga buen estar, nadar si hace calor y cenar con los últimos rayos de luz. Los días no tienen pretensiones, las horas no quieren durar más de 60 minutos, el tiempo es lo que es. Y yo me lo creo.
Veranear tiene su propia narrativa, es un género en sí mismo que requiere la suspensión temporal de la verdad. Yo lo asumo con gusto y me sumerjo en este sopor como de recién despertada, de lengua dormida, que me dura todo el día. Las rutinas de verano necesitan esto: anestesia local y que no opongas ninguna resistencia. Así que yo me dejo llevar, imbuida por una sensación que no es ni de sueño ni de calor, pero que me espesa la cabeza en la medida exacta para poder leer, tumbada en la arena, unas cuantas páginas seguidas del libro que he traído a la playa. Tengo el rendimiento mental justo para concentrarme en una cosa y no preocuparme de nada más.
Los días dan menos de sí mismos y esto es lo que hace grandes los fines de semana de verano. Esta es mi parte preferida de la mentira: que no hay que hacer nada con los ratos muertos, que –de hecho– no hay que hacer nada en absoluto. Y que no existe la culpa. No siento culpa por, a pesar de solo dormir una, concederme dos horas de siesta. Porque lo único que se espera de mí es que haga esto: que cierre las persianas, encienda el ventilador y espere a hacer la digestión o, lo que es lo mismo, que sean las seis de la tarde y ya vuelva a ser hora de salir a la calle. Y porque quizás lo mejor que me pasará hoy será este placer de sentir la piel limpia en contacto con las sábanas frescas y el contraste del pelo mojado, de haber pasado por agua dulce, sobre el pecho encendido, quemado.
Lo importante de esta ficción es, sobre todo, que la interpretamos todos los personajes. Simplemente, para que al salir de la habitación, todavía a oscuras, todavía con los ojos cerrados, la rutina de la casa continúe siendo una balada perezosa y sosegada. Todos siguen una misma coreografía que, no sabemos cómo, llevamos aprendida. Cada paso siguiente parece natural, como si no pudiera venir otro. "¿Queréis un helado?" pregunta alguien, acertadamente, sin que nadie lo espere. Ni siquiera la televisión, de fondo, se atreve a contradecirnos. Desde diversos puntos del territorio dicen que hace calor, que hace mucho calor. Por un momento, decidimos creer que solo nos pasa esto, a todos, al mismo tiempo. Que no pasa nada más en el mundo. Y dejamos que arda solo, un rato más. El calor es nuestro salvoconducto: nos exime de pensar, de hacer y de decir nada. Como un mantra, nos lo repetimos, en la penumbra de la sala. En señal de descanso y reposo, ondean todavía las toallas tendidas en el balcón.
Pienso en la canción de Facto Delafé y las flores azules que habla del verano y ya fantaseo con la cena, tortilla de patatas y pisto, mientras nado en las rocas. "Estamos tranquilos, como anestesiados / Después del gazpacho nos quedamos dormidos / Mirando el Tour de Francia / En la típica etapa donde Lance gana". Todo es gustosamente pesado como en esta canción: "Subimos a casa, hacemos el amor y sudamos tanto que nos deshidratamos / El tiempo se para, el aire no corre / Mosquitos volando y grillos cantando / Y tú a mi lado muriendo de sueño / Cansada, contenta, me pides un cuento". Todo es exactamente igual, incluso esto: "Pero nos da igual, hoy ganaremos el Mundial".
Todo me da igual. En casa han dicho que toca partido y me seduce la idea de incorporarlo a la jornada de hoy como única meta que me hará buscar la hora en el reloj. ¿Por qué no? Nada me hace disfrutar más del lujo de tener tiempo de sobra que esto. Me da completamente igual el fútbol, pero me encanta poderme permitir dos horas perdidas delante de la televisión. Esto y tener una excusa para servirme una cerveza fresca y un bol de patatas fritas con sabor a limón y pimienta negra. Esto y creer que la vida también es esta ficción.