Al final, todas queremos saber cuántos picos por semana es lo normal
Nos da miedo la mediocridad, en pareja también. Queremos creer que lo que tenemos es especial. Y buscarlo en las relaciones de los demás es caer en una trampa.
PalmaMis amigas no lo saben, pero a veces compito internamente por saber quién tiene una mejor relación de pareja. Es mi vicio oculto, descifrar frívolamente en el que somos mejores y en el que somos peores mi chico y yo, en comparación con el resto. Me gustaría decir que es mi forma de tomar el pulso a mi relación, de saber qué funciona y que no. Aunque realmente se parece más a un acto reflejo, a un tic involuntario movido para conseguir una satisfacción inmediata. Un entretenimiento. Y estoy segura de que no somos la única. Compararse es una de las acciones que nos hacen más humanas. Nada se hace tan frágiles y racionales como creernos mejores o creernos peores que otro. Nos constituimos a nosotros mismos en este ejercicio, en relación al otro. La alteridad acaba de definirnos. Por eso necesitamos conocerla a fondo.
Como en un trabajo de campo, yo estudie las dinámicas de mis amigas con sus parejas. Las conozco porque me las confían o, si tengo suerte, porque puedo presenciarlas. No me hace falta tomar nota. Se me queda grabado en el cerebro el tono de voz con el que se piden "¿Quieres que te ayude a hacer la cena?"; el nivel de ingenio que existe en sus bromas internas; las veces que se buscan con la mirada; y si –en público– se estrechan la mano para encontrarse o para reprimirse. Como si estos gestos revelaran una verdad oculta y definitiva. Los miro y, a veces, admirarlos. Intento encontrar partes de nosotros en ellos, en lo que más me gusta y en lo que menos.
Observe los métodos y repaso los nuestros, como si leyera frases pasando el dedo por encima. Hago un paralelismo en mi cabeza, una traducción simultánea, pongo subtítulos: allí donde ellos hacen esto, nosotros hacemos aquello. Escucho, por ejemplo, como ella le dice a él "Amor", con una ternura genuina, y pienso en la que me falta a mí. Valor sus esfuerzos por medir las palabras y recuerdo mi tono de voz, como un resorte, impertinente e injusto, de lunes a viernes. Asimile las toneladas de cuidado que hay en su lenguaje no verbal, al tenerse en cuenta, y me horroriza pensar en la posibilidad de que mi chico haya tenido la sensación de desamparo a mi lado. A ratos, quiero pedirle perdón por todas las veces que no le he hecho cobijo y por las que he escatimado en cariño, como si fuera limitado. También, a ratos, quiero confrontarle, exigirle sin razón que preferimos así, sin condiciones.
Todas las cosas que pienso que nos hacen mejor o peor pareja
Mis amigas me charlan de sus relaciones y yo las escucho, con un punto de egoísmo. Por dentro, no puedo dejar de buscar respuestas y conclusiones, como si quien necesitara una diagnosis fuera yo: "¿Y si nosotros también tenemos este problema? Tanta suerte que esto ya lo hemos superado. No puede ser que yo sea tan demandante con él. Claramente, nosotros somos mucho más divertidos. Mi discurso interno sólo quiere saber qué pruebas tenemos superadas, qué debemos mejorar, quien ama más y mejor, quién es quien, cada relación. Mido la calidad de mi relación en detalles que busco a favor nuestro, como aquel secreto que la otra pareja se esconde y que nosotros, en cambio, estoy convencida de que nos contaríamos; o en que nuestros Spotify Wrapped, de cada año, se parecen más, mientras que nuestras relaciones es, de alguna manera, avivar el enamoramiento, confirmar porque nos escogimos y saboreamos, de nuevo, la sensación que uno provoca en el otro. Como dice Leonor Cervantes en uno de sus últimos artículosAnte el duda, no le gustas): "Cuando una se enamora siente que es especial y cuando la dejan se da cuenta del horror: se parece a todo el mundo". Nos da miedo la mediocridad, en pareja, también. Queremos creer que lo que tenemos es especial. Buscarlo en las relaciones de los demás es caer en una trampa. No sabemos que allí encontraremos un espejo, donde se reflejan nuestros mismos miedos, nuestras mismas dudas incómodas: ¿Cómo se supera una infidelidad? ¿Cuántos picos por semana es normal hacerlo? ¿Quién de los dos debería renunciar a más cosas cuando tengamos hijos?
La pareja es eso: una dualidad entre ser equipo y, a la vez, rivales. Hay días en que nuestro delirio es tan grande que nos hace sentir mejores que nadie, como Jacob y Margot en Cumbres Borrascosas (que no Cathy y Heathcliff, porque la novela de Emily Brontë es otra historia), sometidos a un embeleso inconsciente. Hay días en los que sólo queremos ser Margot: tocarnos entre las victimas y que nos dejen en paz. Y hay días en los que nos amamos tan fuerte que lo hacemos en contra del otro, como una diferencia insalvable entre los dos, al igual que el reproche violento que posee Jacob. La cuestión es saber que ni unos ni otros nos hacen ni mejores ni peores que el resto.