Los temporeros gitanos que salvaron el campo mallorquín

A partir de los años 60 llegaron de la Península cientos de familias gitanas para recoger almendras sobre todo en el Migjorn de la isla en unas fincas que se habían vaciado de mano de obra con el 'boom' turístico. Este es uno de los episodios que rescata del olvido la periodista Laura Jurado en el libro 'Mallorca romaní'

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Una gitana con un niño en el mercado de Llucmajor (1977).
17/10/2026 - 17:23 h

PalmaEl pueblo gitano salió de la India hace cerca de mil años, asediado por otras culturas. Lo hizo con una lengua propia, el romaní. A la península ibérica llegó en 1425 gracias a un salvoconducto otorgado por el monarca Alfonso V de Aragón. Entonces se pensó equivocadamente que provenían de Egipto, de ahí que se creara el gentilicio a partir del latín aegyptanus y que en inglés daría gypsy. En tiempos de los Reyes Católicos (1474-1504), el colectivo tuvo prohibido ejercer un oficio, de manera que se tuvo que buscar la vida como pudo.

Gitanos con los gigantes de Llucmajor en el año 1978.

Según fuentes documentales, aquel pueblo nómada recaló en Mallorca hace cinco siglos, a finales del XVI. Fue, sin embargo, en el XIX, cuando Palma acogió los primeros núcleos de familias enteras de gitanos. Ante el estigma que sufrían, se establecieron en las afueras de las murallas, en los barrios de Santa Catalina y el Molinar. Décadas después los habría de catalanohablantes, procedentes de Cataluña, que se instalaron sobre todo en el interior, en la zona de la Puerta de San Antonio. La periodista Laura Jurado acaba de reivindicar su memoria en el libro Mallorca romaní. Una historia de la comunidad gitana (Editorial Lleonard Muntaner). Lo empezó a escribir en 2021 gracias al premio Ciudad de Palma de Investigación. La segunda parte de la obra se centra en la presencia del colectivo durante el boom turístico. De 1969 data el poblado Son Banya, a cinco kilómetros del centro de Palma, justo al lado del aeropuerto. Se trataba de un proyecto pionero en la España franquista, que se presentó como un núcleo de integración, cuando en realidad era de segregación.

“A Son Banya –asegura la investigadora– llevaron a un centenar de familias gitanas, del todo marginales, que malvivían en chabolas hechas con cartón en el barrio del Molinar, en proceso de reurbanización. Las autoridades consideraban que su presencia daba mala imagen a la industria turística”. La animadversión gubernamental hacía tiempo que se gestaba. “En 1952 Cort ya había ordenado quemar todo el campamento del Molinar. Entonces metieron a los gitanos dentro de un barco con rumbo a Valencia. Sin embargo, aquel asentamiento se reconstruiría al cabo de unos años con cerca de 200 chabolas. Los gitanos que practicaban la indigencia también fueron reembarcados hacia la Península. Para los que volvían y reincidían se aplicaba la Ley de vagos y maleantes". A mediados de los años 70 llegaron a Mallorca un millar de gitanos portugueses, procedentes, en gran parte, de Asturias. La mayoría se estableció en el barrio palmesano del Puig de Sant Pere.

Gitanos en el mercado de Llucmajor (1977)

Problemas laborales

A pesar del peso de todos estos prejuicios, en los años 60 los mallorquines no dudaron en recurrir a la mano de obra de los gitanos cuando el turismo vació el campo. “No vinieron de Palma –apunta Jurado–, sino de las zonas más empobrecidas de España, principalmente de Jaén, Granada y Albacete, pero también de Badajoz. Eran cientos. El fenómeno se repitió en muchas partes de España. La mayoría de familias se trasladaban de una región a otra para hacer la temporada dentro de lo que se consideraba una subsistencia estacional. Cada año solían repetir destino”. A mediados de la década de los 80, las Baleares ya eran una de las tres provincias con mayor presencia de temporeros gitanos, junto con Andalucía y la Comunidad Valenciana. Llegaron principalmente para recoger almendras. En Binissalem también hubo quienes se ocuparon de la vendimia, y en Santanyí, de buscar caracoles durante octubre, aprovechando las primeras lluvias del otoño.

La investigadora apunta algunos problemas laborales con los que se encontraron aquellos recién llegados. “Aunque muchos llegaban contratados a través de la Delegación de Trabajo por el propietario de alguna finca, siempre había grupos que venían por su cuenta a probar suerte. Cuando las cosechas no eran buenas, los contratos de tres meses se podían reducir a tres semanas o directamente perdían el trabajo y se veían obligados a irse”. A veces, con todo, la situación de los trabajadores era tan precaria que los consistorios tenían que sufragar los gastos de los viajes para que regresaran a la Península. “De los 200 que llegaron en agosto de 1979 a Llucmajor, solo fueron contratados 20 o 25. Por eso fue la primera localidad en desarrollar medidas encaminadas a evitar estos desequilibrios, como la creación de una oficina de colocación”.

“Cada uno hacía su vida”

Los municipios de Mallorca donde hubo más gitanos contratados fueron Campos, Santanyí y Llucmajor. El llucmajorero Joan Tomàs Simó, de 80 años, todavía los recuerda. “Venían a recoger almendras de agosto a septiembre. Algunos se instalaban a vivir con las familias en el pajar de la posesión donde iban a trabajar. Otros, una cuarentena, se quedaban a dormir en la antigua estación del tren. Había quienes dormían dentro de vagones abandonados. El resto improvisaban una especie de campamento con telas, cartones y plásticos. De día, con el calor sofocante del verano, lo debían pasar muy mal. Yo creo que no se duchaban, porque no tenían ningún baño al alcance”.

La presencia de aquellos recién llegados causó cierta sorpresa en Llucmajor. “La gente mayor –dice Tomàs– no estaba acostumbrada a tratar con personas de fuera. La situación, sin embargo, cambiaría con la llegada de los primeros peninsulares, conocidos como ‘forasteros’, algunos de los cuales también se dedicaron a recoger almendras”. La convivencia entre gitanos y llucmajoreros estuvo marcada por la indiferencia. “Es la misma relación que tenemos hoy con los magrebíes. Cada uno hacía su vida. No era, sin embargo, una relación basada en el racismo. Entonces, el único racismo que conocían los mallorquines era contra los chuetas [los descendientes de los judíos conversos de la Edad Media]”.

Los casos de desconfianza fueron puntuales. “Los temporeros gitanos –afirma el llucmajorer– no se solían pasear por dentro del pueblo. Un día, sin embargo, compareció una gitana con una jarra. Pidió a los vecinos si se la podían llenar de agua. Una señora la echó a gritos. Le dijo: ‘¡Venga, fuera. A trabajar, a trabajar!’”. No todo el mundo, sin embargo, reaccionó igual. “Recuerdo una tarde, cuando tenía 14 años, y todo el mundo estaba en la calle sentado tomando el fresco. Vino una gitana con un niño de mi edad para pedirnos si le podíamos dar algo para comer. A mi padre le dio pena y le ofreció una rebanada de pan con sobrasada”.

Tomàs hace la siguiente radiografía del campo de los años 60. “Los temporeros gitanos fueron muy bien a los propietarios de fincas grandes, de 40 o 60 cuarteradas, que se habían quedado sin nadie que quisiera recoger almendras. Los jóvenes preferían hacer otros trabajos no tan pesados. Había quienes iban a trabajar a las fábricas de zapatos. Entonces, en Llucmajor, había una cuarentena. Otros, tiraron por el sector de la hostelería y la construcción. Yo mismo me dediqué a hacer de pintor en los hoteles del Arenal”.

Mano de obra esclava

En los veranos de los años 70, a los temporeros gitanos de Llucmajor les salió un trabajo extra: llevar las figuras de los dos gigantes durante las fiestas de Santa Cándida, a mediados de agosto. La fotógrafa Coloma Julià Adrover, que ahora tiene 77 años, se encargó de inmortalizarlos con su cámara. “La campaña de desprestigio –dice– que sufrieron los gigantes durante el franquismo había hecho que ningún llucmajorer quisiera serlo. Si no hubiera sido por los gitanos, tal vez no habríamos recuperado la tradición de los gigantes. Con lo poco que cobraban, sin embargo, eran mano de obra esclava tanto en las fiestas patronales como en el campo. Los días de mercado se veían bastantes gitanas comprando con sus hijos pequeños. Impresionaba mucho ver cómo malvivían en el campamento cerca de la antigua estación de tren”.

Gitanos con los gigantes de Llucmajor en el año 1978.
Gitanas en el mercado de Llucmajor.

En cuanto a la precariedad residencial, Laura Jurado hace el siguiente inciso: “Hubo propietarios que no cumplieron el acuerdo de ofrecer alojamiento a los temporeros gitanos. El pasado nómada de la etnia se empleó a veces como excusa para afirmar que estaban acostumbrados a vivir en cualquier lugar a la intemperie. Eso no era así. La mayoría tenían residencia fija, a pesar de sus frecuentes traslados entre regiones”. Hubo sindicatos como UGT que no dudaron en denunciar aquella “desgraciadísima forma de vivir”, que romantizaba una parte de la prensa, movida por la fascinación que todavía generaban los gitanos. “Las crónicas hablaban de ‘bucólicas imágenes’ con churumbeles que dormían bajo la sombra de un árbol mientras los padres trabajaban. También mencionaban las hogueras en el campo en las noches de verano o ‘el espectáculo insólito’ de verlos mientras cantaban ‘cante jondo, cante de ‘güeno’”.

A partir de los 80 comenzó a bajar la contratación de temporeros gitanos procedentes de la Península. A principios del 2000 todavía hubo quienes vinieron a recoger algarrobas. Hoy se calcula que en Baleares la comunidad romaní está formada por unas 12.000 personas. “Muchos –concluye Jurado– se dedican a la venta ambulante, a la construcción y a la hostelería. Ya tenemos, sin embargo, la primera generación de gitanos universitarios. Es gente que todavía tiene que hacer frente a muchos prejuicios”.

Explotados por el turismo

En 1749, bajo el reinado de Fernando VI, tuvo lugar la conocida Gran Redada. Fueron detenidos entre 7.000 y 9.000 gitanos de una comunidad de cerca de 12.000 en todo el Estado. Según los estudiosos, fue una de las “medidas sistemáticas más controvertidas que una monarquía europea proyectó contra un sector de sus propios súbditos”. Con la intención de hacer desaparecer la etnia del espacio social, los hombres fueron conducidos a trabajar a arsenales de diferentes puntos de la Península. En cambio, las mujeres y los niños más pequeños fueron confinados en casas de misericordia. Sin embargo, aquella operación sería un fracaso organizativo, de modo que los arrestados acabaron regresando a los lugares de origen con una serie de condiciones.

A pesar de haber sido maltratados durante siglos, los gitanos se convirtieron en todo un atractivo en la Mallorca del boom turístico del siglo XX. “Fueron presentados –apunta Laura Jurado, la autora de Mallorca romaní– como los máximos representantes del ‘folclore español’. Así, el flamenco pasó a ser una muy buena salida laboral para la comunidad”. En los años 50, cuando la actriz Ava Gardner se convirtió en una visitante asidua de la isla, su anfitrión, el escritor inglés Robert Graves, decía que en Palma ya había “demasiados lugares” donde los gitanos tocaban la guitarra y bailaban flamenco durante toda la noche. Eran los conocidos tablaos. Pronto las discotecas y los hoteles también incluyeron espectáculos de flamenco en sus programaciones. “Toda esta red de locales y escenarios favoreció la llegada y asentamiento de artistas de la Península, entre los cuales había miembros de al menos tres importantes sagas gitanas: los Crespo, los Habichuela y los Amaya”.

Los turistas también buscaron a los gitanos fuera de los tablaos. “Lo hicieron –resalta Jurado– imbuídos por la gitanofilia romántica que surgió en el siglo XIX a partir del estereotipo del gitano artista, amante de la vida nómada y de la libertad”. En 1958 Diario de Mallorca se hacía eco de una extranjera que se había fotografiado con unas mujeres gitanas a quienes había dado limosna. “¡Es lo único que faltaba a los gitanos! –denunciaba el artículo–: que fueran atracción para los turistas”. No sería un caso aislado. “Además de los pedigüeños –apunta la investigadora–, el mercadillo se convirtió en otro punto de atracción para los viajeros que querían retratarlos. A cambio de una fotografía, algunos gitanos conseguían una venta o una limosna”.

En busca de más escenas very typical, también se organizaron rutas en autocares para visitar el asentamiento gitano del barrio del Molinar de Palma. A petición de los pasajeros, no faltaron taxis que hacían la misma parada. “Enseguida –afirma Jurado– las autoridades se preocuparon por la mala imagen turística que daba aquel fenómeno y que la prensa estatal e internacional como la sueca recogió. El alcalde Joan Massanet dio órdenes a la policía municipal de interponer las denuncias correspondientes contra los tours infractores”. La polémica acabaría en 1969 con el traslado del poblado del Molinar a Son Banya.

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