Madres, ¿quiénes sois cuando no sois madres?

Tres escenas cotidianas retratan la complejidad de la maternidad y cuestionan el mito de la madre como figura idealizada

Salve Maria nos muestra la vida que transcurre en los márgenes, cuando las madres no se comportan como tal.
03/05/2026
4 min

PalmaY estoy tumbada, en la playa, medio leyendo, medio mirando a mi alrededor, captando otras historias al vuelo. De entre las sombrillas emerge una madre, casi reptando por la arena, haciendo esfuerzos para llegar a la primera línea, cargada con todo el lote. La acompañan sus gemelas. No se sabe bien quién arrastra a quién. Pero ella se tumba, derrotada, sobre la toalla, que ni siquiera ha hecho el esfuerzo de estirar cuando la ha sacado de la bolsa. Tampoco se ha quitado la ropa. Y eso que le veo el bikini a través de su blusa blanca, tipo ibicenca. También lleva unos shorts vaqueros medio desbocados que no piensa quitarse. Y unas gafas de sol negras XXL, donde se esconde la expresión que querría descifrar. Las gemelas no se mueven mucho de su lado. Se tumban a su alrededor, adorándola, como en un cuadro de Sorolla. Le tocan el pelo, descansando sus cabecitas en distintas partes del cuerpo de su madre, mirando también el mar, en silencio. Después de un rato en reposo, las dos niñas empiezan a moverse y se animan. Quedan en bañador y parten a nadar. La madre no hace ninguna muestra de movimiento, ni mucho menos de preocupación. Que no sienta ninguna inquietud al ver a sus hijas de seis o siete años ir solas al mar me hace pensar que ya las ha salvado de algo mucho más peligroso. Sea lo que sea, la ha devastado. Siente que estoy asistiendo al desenlace de una cruzada, como si este momento fuera el último capítulo de una larga historia, la escena justo antes de los créditos finales.

II. Es un día de invierno entre semana. Se nos ha hecho tarde y estamos de vuelta hacia casa, sobre las doce de la noche. No hay nadie por la calle, a excepción de una mujer, con un cochecito, dos criaturas y otro hombre. Se nota que hace rato que han perdido la facultad de modular el tono de voz. Ambos llevan un vaso de plástico en la mano. Los habrán echado, en la última ronda, de uno de los bares que pueblan los bajos de este barrio levantado por forasteros hace décadas, de los últimos donde aún es asequible emborracharse un martes por la noche a base de mojitos. La mujer empuja el cochecito con la misma mano con la que sujeta el vaso ancho –aún lleno de hielos, lima y hojas de menta– y con la otra hace señas a un taxi. El coche se detiene y, de repente, una de sus criaturas abre la puerta, se sube a los asientos y pone los zapatos sobre la tapicería. La madre ni se inmuta, e insiste a su acompañante que no, que lo coja él, el taxi. Él se niega en redondo –“Venga ya, que tú llevas a los niños”, dice– y empieza a subir la calle, haciendo adiós y lanzando besos con la mano. “Es que es mi amigo y tiene depresión”, razona ella, perdiendo los pocos puntos que le quedaban de subir al taxi, que ya amenaza con cogerlo otra persona. Lo que no ve el conductor es la intención de su cuerpo, de salir corriendo; y su mirada, secuestrada por la duda de no haber hecho todo lo posible.

III. Como cada día, llego justo a tiempo para coger el autobús. Siempre llego tarde a todas partes. Pero aún llega más tarde otra chica, que llega atareada. Se para a mi lado y puedo observar cómo las gotitas de sudor comienzan a abrirse paso entre su base de maquillaje, demasiado oscura para su color de piel y que contrasta con el color rosa fucsia de los labios. Tiene suerte de que, como cada día, el autobús llegue tarde. Así que se enciende un cigarrillo. Fuma ansiosa, con rabia, chupando la nicotina con los labios muy apretados, agitada. Dentro del autobús, me siento unos asientos detrás de ella, en diagonal. Saca el móvil y cuando la pantalla se ilumina, veo la foto de una criatura de no más de tres años. Ella es de las que decía que quería ser madre joven. Tiene una edad indeterminada alrededor de los 30. No sé decir si es mayor o menor que yo, porque su comportamiento me envía señales contradictorias. Me la imagino llegando tarde al autobús porque tenía que dejar al niño en la escuela y que ahora se apresura por llegar al trabajo, con el que mantiene la familia. Pero cuando la tengo delante no deja de acariciarse el pelo mientras mira una serie de Netflix en el móvil: se peina con las manos y se coloca la cabellera sobre el pecho mientras observa las puntas abiertas; se estira un mechón, lo deja caer delante de la frente y de repente se lo vuelve a poner detrás de la oreja. Coquetea consigo misma, inocente; es un caos solo cuando está toda sola.

Me fascinan vuestras vidas secretas, madres. Os veo y os miro, desde el otro lado, desde la complicidad y el respeto. Intento desvelar el misterio de la maternidad y de la vida que transcurre en los márgenes, cuando dejáis de comportaros como se supone que debéis hacerlo, cuando quiénes sois emerge del fondo a la superficie, sin tapujos. Os observo, pero no para ensalzaros, ni para admiraos. Erigirnos en heroínas ha sido una de las peores guarradas que os podrían haber hecho. Dar por hecho vuestra divinidad ha supuesto negaros la mortalidad, una herramienta más para deshumanizaros. Y yo no os pienso dejar aquí, crucificadas, en este pedestal.

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