El Plan General de Palma solo permite hacer planta baja y primer piso en Son Espanyolet. Las plantas bajas van siendo sustituidas por viviendas de estilos poco mediterráneos, que han generado un enorme desencanto a los vecinos de toda la vida. Los nuevos habitantes son ciudadanos europeos que no participan de las actividades de una barriada que aún conserva cierto dinamismo. La asociación de vecinos ha denunciado en más de una ocasión el exceso de alquiler turístico en manos de la empresa Alzina Living, que también se ha encargado de derribar casas tradicionales. Casi ningún edificio está catalogado y, por tanto, se pueden derribar.
De casa la abuela al ático nórdico: el dolor de Son Espanyolet
Un proyecto artístico de Maya Valencia recoge la memoria de los corrales y las tradiciones de una zona de Palma que, como otras de las Islas, va perdiendo la fisonomía tradicional a manos de especuladores y fondos de inversión
PalmaAño 1994. En Son Espanyolet, un barrio residencial de Palma caracterizado por los bajos y los corrales, la vida gira en torno a un par de ejes neurálgicos. Hay un centro parroquial, propiedad de los teatinitos, que acoge desde el club de baloncesto Espanyol hasta la ya desaparecida compañía de teatro Nostra Terra. En una esquina, en la calle de Contestí, una mercería es mucho más que una tienda: es un punto de encuentro, donde pasan la tarde muchas personas que aprenden a coser y hacer ganchillo.
La propietaria, Francisca Niell, madre de siete hijos, fue abuela aquel año. Maya, la nieta, describe la figura de su abuela y, sobre todo, el paisaje humano y de relaciones que había tejido Francisca a todos los niveles. “Todo pasaba en casa de mi abuela y en la mercería. La gente nos encontrábamos allí, hablábamos, nos contábamos la vida. Recuerdo cómo mi hermano, los primos y yo pasábamos horas en el corral de pequeños. Oías las currucas y otros pájaros, jugábamos, era nuestra base, nuestro refugio”, recuerda Maya Valencia.
Ca Sa Padrina: Carta a la casa de mi abuela, Maya Valencia ha hecho de la rabia y la frustración un proyecto,Ca Sa Padrina:Letter to my Grandmother’s House, una creación visual que presentó en el festival de Cortona (Italia), donde consiguió un premio. “Me ha supuesto recibir apoyo artístico para hacerlo evolucionar”, comenta. La exposición también ha contado con el apoyo del Institut d’Estudis Baleàrics (IEB) y ahora mismo consiste en un recorrido por los momentos de la vida de la abuela de Maya y los elementos que poco a poco van desapareciendo de un barrio como Son Espanyolet, donde todavía sobreviven muchas plantas bajas tradicionales. “Supongo que necesitaba asimilar la pérdida de lo que había sido el pilar de mi infancia y adolescencia, y he intentado retratar los sentimientos de pertenencia, amor y vínculo con un espacio, un barrio, una familia y una gente”, relata la artista.
Desde hace unos 15 años, el barrio de Son Espanyolet ha experimentado un cambio progresivo, fruto del enorme interés de los nórdicos. La conocida por algunos geógrafos como la ‘mancha de aceite’ de la elitización, que proviene de Santa Catalina, encuentra en Son Espanyolet plantas bajas con corral que poco a poco se van vendiendo y transformando en adosados. “Lo primero que hicieron en nuestro caso fue eliminar los árboles. El limonero, el naranjo… Yo veía cómo los pájaros estaban desorientados. Había un pequeño ecosistema, que conecta todos los corrales, y que este modelo destruye por mucho que después hablen de proyectos sostenibles. Es una ruptura, un quiebre con nuestra esencia y la lástima es que no sabemos cómo evitarlo”, lamenta Maya.
Reunión de vecinos
Esta joven reunió hace unos días a algunos vecinos de Son Espanyolet para comentar el proceso de gentrificación y de expulsión de la vida tradicional de este lugar de Palma, un hecho que “no es exclusivo ni de lejos de esta barriada”, asegura. Fue una convocatoria emotiva, y los participantes expresaron que quieren luchar “por no vender”. “No renunciar. No ceder a la barbaridad de dinero que te ofrecen. Pero no todo el mundo puede. Mi familia éramos siete hermanos y no veían ninguna salida. Pero mi corazón llora porque no hemos podido salvar la casa de la abuela”, sentencia.
Maya Valencia espera que su proyecto sirva para “hacer reflexionar a la sociedad, porque es cosa de todos el panorama que padecemos, unos más que otros”. “Yo vivo en Barcelona, donde tengo un trabajo, pero algún día me gustaría volver a Mallorca. Y desde aquí, desde Barcelona, veo con mucha pena cómo no podré volver, al menos si quiero tener un hogar. No somos conscientes del impacto que tiene esto para la sociedad”, subraya.
Maya considera que los jóvenes son hoy día los más afectados por el hecho de que la vivienda haya devenido un activo financiero, un espacio especulativo “donde se mueven millonadas y se generan unos márgenes enormes”. “Pero de todo esto, ¿qué nos queda a los jóvenes, a los que toda la vida hemos visto un barrio, un espacio de convivencia, unas casas donde nos reuníamos? No nos queda nada. Solo unos recuerdos, una nostalgia y una frustración enorme de ver que no tenemos futuro. Hay un modelo de grandes capitales que nos ha jodido fuera y que nos ha quitado el espacio. Es difícil de asumir”, dice.
Una de las obsesiones de los más jóvenes es saber qué será de su futuro con los precios de la vivienda. Los hijos y nietos de Son Espanyolet “en general no pueden ni soñar con tener una propiedad allí, ni comprada ni de alquiler”. “Se ha levantado una barrera, con unos precios que están pensados para otra gente. No es que no podamos comprar en Son Espanyolet, es que no podremos comprar nunca en Mallorca. Esto no nos lo imaginábamos hace unos años, pero ahora mi generación ha tirado la toalla”, continúa.
“Hay que reaccionar”
Desde que puso en marcha el proyecto Ca Sa Padrina:Letter to my Grandmother’s House, Maya ha recibido infinidad de mensajes y comentarios, sobre todo de personas que coinciden con su análisis y que se sienten “removidas, interpeladas”, señala la autora. “Es una especie de duelo colectivo y también de catarsis. La gente que viene a las visitas que hemos hecho por el barrio se emocionan, nos animamos entre todos y, de alguna manera, alzamos un poco un clamor”. “Hay que reaccionar”, asegura Maya. “No estamos solos, miles de personas queremos poner fin a este modelo. Es complejo, hay muchas causas, pero no nos podemos quedar parados”, concluye.