Y si el problema no fuera hablar catalán, sino qué catalán creemos que podemos hablar?

El Correllengua atraviesa los Países Catalanes y pone en evidencia que la lengua cambia en cada pueblo, en cada plaza y prácticamente en cada conversación, pero que todo sigue encajando con naturalidad. La normativa catalana lo tiene asumido desde hace tiempo. Los hablantes, en cambio, no siempre lo tienen tan claro.

02/05/2026
4 min

PalmaHay una situación muy concreta que quizás hayáis vivido alguna vez: escribís un mensaje de correo electrónico en catalán, lo releís justo antes de enviarlo y, casi sin pensarlo, cambiáis un 'som' por un 'soc'. O un 'pensàssim' por un 'penséssim'. Quizás ni siquiera tenéis muy claros los motivos del cambio, pero lo modificáis igualmente, porque hay una intuición extraña (pero mucho más extendida de lo que parece) que asocia determinadas formas a una idea de catalán más formal, más neutro o, simplemente, más “correcto” cuando la situación se pone un poco seria.

El problema no es estrictamente lingüístico: en los casos ejemplificados, el cambio no es una cuestión de gramática ni tampoco de normativa, sino que tiene mucho más que ver con el prestigio, con los imaginarios lingüísticos y con esta idea un poco difusa pero persistente de lo que “es correcto”.

Sin filtros

Durante el recorrido del Correllengua por los diferentes territorios de habla catalana pasa algo muy simple pero muy interesante: la variación lingüística se hace visible y audible sin filtros. Basta mirar cualquier vídeo colgado estos días en redes: cuando la llama pasa por Alicante, Perpiñán, Reus o Inca, la lengua va cambiando ligeramente en cada lugar. Cambian los pronombres, las vocales abiertas, algunos tiempos verbales, la entonación de ciertas frases y determinadas palabras cotidianas. Así, unos dicen ‘açò’ y otros, ‘això’. Unos ‘berenen’ por la mañana, otros ‘esmorzen’. Unos dicen ‘canto’, otros ‘cante’, otros ‘cant’ y otroscanti’. Unos utilizan ‘idò’ y otros usan ‘doncs’. Y no pasa absolutamente nada: la comunicación continúa fluyendo con naturalidad.

En este sentido, una de las cosas que hace el Correllengua es poner en evidencia una idea que la lingüística hace décadas que considera absolutamente normal, pero que socialmente aún genera una cierta incomodidad. El catalán es una lengua internamente diversa, exactamente igual que cualquier otra lengua con una cierta extensión territorial. El castellano no suena igual en Sevilla que en Bogotá, el francés no suena igual en Marsella que en Montreal, y el italiano, directamente, vive instalado en la variación permanente. La diferencia es que el catalán continúa arrastrando una relación bastante insegura con la diversidad propia.

Y aquí aparecen dos palabras que suenan más difíciles de lo que realmente son: composicionalidad y polimorfismo. Dicho sin tecnicismos filológicos, significan algo bastante simple. Por un lado, que el estándar catalán no está construido a partir de un único modelo convertido en patrón universal, sino que incorpora formas de diferentes territorios (es decir, es composicional). Y, por otro, que la normativa admite diversas formas correctas según la variedad geográfica o el contexto (es decir, es polimórfica). En definitiva: el catalán normativo no funciona exactamente con la idea de que solo hay una manera buena de decir las cosas.

El problema es que socialmente continuamos imaginando el estándar como una especie de catalán neutro, homogéneo y bastante abstracto que, casualmente, acostumbra a coincidir con determinados modelos mediáticos o académicos. Esto acaba generando una situación bastante curiosa: hablantes que no tienen ningún problema en usar formas propias en la conversación espontánea, pero que se convierten en una especie de autopolicía lingüística cuando tienen que escribir, hablar en público o, simplemente, sonar ‘formales’.

La sociolingüística lleva décadas estudiando este mecanismo y le pone un nombre muy concreto: inseguridad lingüística. William Labov, en los años sesenta del siglo XX, la definía como la distancia entre las formas que los hablantes utilizan habitualmente y las formas que perciben como prestigiosas. A menudo, las formas que generan dudas son perfectamente normativas, lo que hace que el conflicto no sea realmente normativo, sino simbólico.

En las Islas Baleares, esta tensión se ve especialmente clara en la relación entre formalidad y variedad propia. En la conversación cotidiana, la mayoría de hablantes usan espontáneamente formas baleares sin ni pensarlo: ‘tenc’, ‘som’, ‘anam’, ‘pensàssim’. La duda aparece cuando el contexto cambia un poco, como una exposición oral, un trabajo académico, una reunión formal o, simplemente, un correo electrónico enviado a alguien que no conocemos mucho.

Esto pasa porque a menudo los hablantes tendemos a identificar registro formal con alejamiento de la variedad propia. Ahora bien, muchas de las formas que algunos hablantes perciben como ‘demasiado dialectales’ forman parte plenamente de la normativa. ‘Som’, ‘pensàssim’ y ‘tenc’ son formas normativas, igual que ‘canto’, ‘cante’, ‘cant’ y ‘canti’ son formas igualmente válidas para la primera persona de ‘cantar’, según el lugar de origen del hablante.

La cuestión, por lo tanto, no es si las lenguas deben tener registros formales (los tienen y los deben tener), sino por qué tantos hablantes sienten que, para sonar formales, deben alejarse de las formas que les salen de manera natural.

Legitimidad lingüística

La cuestión de fondo, pues, no es si el catalán es diverso (todo el mundo sabe que el catalán de Maó no suena igual que el de Tortosa, y que el de Montblanc no suena igual que el de Xàtiva), y ni siquiera si la normativa recoge esta diversidad, porque sí que lo hace. La cuestión es si los hablantes sienten que esta diversidad continúa siendo compatible con la idea de legitimidad lingüística.

Al fin y al cabo, la inseguridad continúa pesando bastante más de lo que a menudo nos gusta admitir, pero no porque la normativa sea rígida, sino porque los imaginarios sociales acostumbran a serlo mucho más que las gramáticas.

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