Cómo era, Miquel Oliver, según su madre: "Tan tranquilo como él no ha habido ningún otro"

Joana Gomila, madre del político y alcalde de Manacor, nos explica los secretos mejor guardados de su infancia

Miquel Oliver, de pequeño
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PalmaHizo el servicio militar con poco entusiasmo. Estudió Informática de sistemas en la UIB. A los 15 años se aficionó al vóley con tanta intensidad que, cuando ya vivía en Palma, volvía a Manacor un día a la semana para entrenar. A solo catorce meses ya hablaba con claridad. No era de aquellos niños que se enredan con la lengua de retales: rápidamente desarrolló la capacidad de expresarse con precisión. Lo cuenta Joana Gomila, madre del alcalde de Manacor, Miquel Oliver Gomila. Cuesta sacarle palabras a Joana. Al final de la conversación desvela el porqué: “Una madre, de los hijos, siempre habla bien. ¿Qué vamos a decir, si no? Y yo… no solo quiero tirarle flores”. Las habrá alguna, pero tampoco tantas.

Miquel Oliver nació en Manacor el año que Las Grecas sacaron el álbum Gipsy Rock, que incluye el éxito ‘Te estoy amando locamente’, y Los Diablos cantaban ‘Acalorado’. Era 1974. Joana estrenaba maternidad con Miquel, que fue lo que se llama un ‘niño trampa’ (porque es tan bueno de llevar que a todos les suben por la tripa unas curiosas ganas de tener uno): “Fue un niño tranquilo y observador que nunca dio mucha guerra. Tan tranquilo como él no ha habido ninguno otro. Era dormilón, poco llorón y con una calma que lo distinguía”.

Como cuando tenía un año y medio llegó su hermano Toni, Miquel comenzó bien pronto la escuela, en Sant Francesc de Manacor. Después continuó en el Simó Ballester, y Joana dice que no le daba ninguna pereza ir a la escuela: “Todo lo contrario. Hacía el trabajo que le mandaban y nunca tenías que rogarle”, recuerda. De pequeño ya mostraba una clara inclinación por “hacer de manitas”: “Pasaba horas montando y desmontando aparatos, probando cables y bombillas, y arreglando, o estropeando, cualquier objeto que le cayera en las manos. También le gustaba dibujar y pintar”, cuenta Joana, que para resumir dice que “con nada se entretenía”. La madre aún guarda un cajoncito lleno de cables, herramientas y piecitas con las que Miquel pasaba el tiempo de pequeño.

Un lugar donde le encantaba pasar las horas era en la finca familiar, en Son Macià: pasaba atardeceres enteros observando y persiguiendo animalitos y pájaros. “Los conocía todos, los cantos de los pájaros”, recuerda. Incluso insistía a su padrino y a su padre para que mantuvieran la garriga (matorral) limpia cuando se descuidaban. Y, como cualquier chaval, también le gustaba jugar en la calle con los amigos a lo que fuera, aunque prefería más que los amigos fueran a su casa a jugar con “cosas”.

Cuando tiene que responder si en algún momento Miquel mostró interés por la política, Joana dice de inmediato que en casa “jamás se ha hablado de política” y que cuando dijo que sería concejal, “fue una gran sorpresa”. No obstante, destaca el gran sentido de la justicia que siempre ha tenido Miquel y las ganas de ayudar a los demás. Para explicarlo, cuenta una anécdota: “Esto él no me lo contó nunca, le tuve que preguntar yo si era verdad. Cuando tenía 16 o 17 años, circulaba con su Vespino por Manacor y vio un grupo de jóvenes alrededor de un hombre. Pensaba que le pegaban, y no se lo pensó dos veces: paró el vehículo para intervenir. Pero la situación no era la que parecía: aquellos chicos ayudaban al hombre, que estaba enfermo y sufría algún tipo de ataque. El gesto de mi hijo muestra su impulso de ayudar ante una posible injusticia, incluso asumiendo un riesgo”.

Joana admite que no es fácil tener un hijo político: “Me habría gustado más que no se metiera”, confiesa. Pero el sentimiento que predomina es el orgullo. “Mis hijos son responsables. ¿Qué más puedo pedir?”. Sabe, sin embargo, que la exposición pública tiene un precio: las críticas de gente que no sabe cómo son realmente. “Esto es lo que me duele”, afirma.

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