Abel Matutes: de alcalde de Franco a ministro de la democracia
Se cumplen 30 años de la designación del empresario ibicenco como titular de Asuntos Exteriores, la última etapa de su carrera política
Palma“N’Abel lo quiere todo”. Es lo que dijo, hace años, un veterano periodista ibicenco de Abel Matutes Juan: un hombre que, además de sus múltiples negocios, ciertamente lo fue prácticamente todo en política a lo largo de tres decenios: alcalde de Vila, figura destacada de la Transición, senador, diputado, negociador del Estatuto de Autonomía, comisario europeo, ministro... Repasamos su trayectoria cuando se cumplen treinta años de su designación, el 5 de mayo de 1996, como titular de Asuntos Exteriores en el primer gabinete de José María Aznar.
Cacique y destructor del territorio para unos, hombre de estado de talante dialogante y conciliador para otros, Matutes, como Antoni Maura –otro isleño destacado en la política española–, presenta el doble vertiente de ‘Matutes, sí’ o ‘Matutes, no’. Su actividad empresarial ha sido espectacular: banca, hoteles, construcciones, una agencia de viajes, un parque acuático, un diario –El Día de Baleares–, alimentación, ganadería, transportes, inversiones en el extranjero... Todo esto, además de profesor en la Universidad de Barcelona y jugador del Espanyol.
El apellido Matutes en Ibiza no es como decirse Marí o Tur. Hacia el siglo XVIII constan tres hermanos de este linaje y uno de ellos ya se llamaba Abel. Uno de los corsarios honrados con un monumento en el puerto de Ibiza era un Matutes. Su padrino, Abel Matutes Torres, fue el gran referente familiar: naviero, banquero y constructor del primer teatro de Ibiza y de la primera fábrica de electricidad.
La carrera política del nieto se inició bajo el franquismo. Tenía 24 años cuando, según contaba él mismo, el delegado del gobierno estatal en Ibiza lo llamaba cada día, y lo tenía dos horas en el despacho, para que aceptase ser alcalde de Vila. Se planteó decirle que sí, solo para que lo dejase en paz. Pero aún no había llegado a los 25, edad mínima, entonces, para serlo.
La medalla de oro al dictador
En 1970, tenía 28 años, y ya pudo ser alcalde de Ibiza. Pero no llegó ni a un año de mandato: dimitió –“antes de que me echaran”, decía él. En aquellos meses fue testigo de primera fila de la llegada de la estatua del conquistador medieval Guillem de Montgrí y realizó una visita al dictador, al palacio de El Pardo, en Madrid, para entregarle la medalla de oro de la Villa. También vivió un episodio surrealista: intervino en los trámites de la demolición del hotel Ínsula Augusta –ya que se ubicaba en un lugar problemático, en la cabecera de la pista del aeropuerto–, del cual era propietario. Cobró la indemnización correspondiente por el derribo.
Cinco años antes, en 1965, Matutes había conocido a un personaje que sería clave en su vida política: el entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, de visita en Ibiza. Entonces, el ibicenco ya le sugirió la creación de ‘cabildos’, es decir, consejos en las Baleares –como los que ya tenían las Canarias. Cuando hicieron a Fraga embajador en Londres, Matutes lo visitó unas cuantas veces. Una de ellas, acompañado de Ramón Tamames, de quien, por supuesto, ignoraba que ya militaba en el Partido Comunista –y, a juzgar por su trayectoria reciente de candidato de Vox, nadie lo habría dicho nunca.
Matutes volvió a la vida política justo después de muerto Franco y al iniciarse la Transición. En marzo de 1976 fue uno de los 15 fundadores de Concurrència Democràtica Balear (Codeba), un colectivo de profesionales de prestigio que apostaba por la democracia y la autonomía y que sería el núcleo de Unión de Centro Democrático (UCD) en las Islas. Pero él prefirió acercarse a Alianza Popular (AP) de su amigo Fraga: no directamente, sino con el paréntesis de la Unión Liberal, Popular y Democrática de Ibiza y Formentera, ‘Sa Unió’, que se integraría dentro de AP.
Hacia UCD quedaba una puerta abierta, ya que su hermano Antoni se decantó por esta formación. Una especie de “tú en AP y yo en UCD”, con lo cual siempre habría un Matutes a bordo, fuera cual fuera la formación que recogiera el voto moderado. Antoni Matutes se haría cargo de los negocios familiares cuando la política llevara a su hermano fuera de Ibiza.
Solo unos días antes de aquellas primeras elecciones democráticas, en Palma, la práctica totalidad de las fuerzas que se presentaban suscribieron un documento, el Pacto por la Autonomía, en el que se comprometían a reclamar un estatuto de autogobierno en las futuras Cortes. Desde las Pitiusas expresaron su protesta, por no haber sido invitados. No fue hasta el 11 de junio, a cuatro días de los comicios, que fue posible llegar a un documento definitivo e incorporar aquellas exigencias. Entre los firmantes, de Alianza Popular, Abel Matutes, que añadió de su puño y letra dos puntualizaciones: el catalán se debía usar “en régimen de cooficialidad con la lengua castellana” y “no aceptar otra nacionalidad que la española”. Recibió la felicitación de Fraga por suscribir el pacto.
Matutes era prácticamente el único candidato con cierto peso –y no poco– que Alianza Popular, núcleo del actual Partido Popular, presentaba a aquellas elecciones en el Archipiélago. Los resultados lo dejaron bien patente: la marca de AP en el Congreso obtuvo en las Pitiusas 4.891 votos y él como candidato al Senado, 8.862, casi el doble. Algún payés ibicenco se preguntaba por qué aquel hombre, tan importante, ahora quería hacerse ‘sanador’, es decir, los que castran los animales domésticos.
El rechazo rotundo del 23-F
Entonces, el antiguo alcalde del franquismo se había convertido, junto con el resto de diputados y senadores electos –todos hombres; tan habitual en la época– en la única representación democrática de las Islas: la Asamblea de Parlamentarios. De esta salió, en 1978, una especie de gobierno provisional autonómico, el Consejo General Interinsular, al que a Matutes le correspondió la cartera de Hacienda, por lo cual el sindicato Comisiones Obreras expresó su desacuerdo. En 1979 sería elegido senador por segunda vez con una victoria abrumadora: 10.265 votos para él en el Senado por las Pitiusas, 5.872 para la lista al Congreso de su partido.
El 23 de febrero de 1981 se producía el intento de golpe de Estado y, como recogen Joan Cerdà y Javier Uli, el eivissenco fue uno de los primeros políticos del Estado en salir a la palestra –de los que no estaban retenidos en el Congreso, claro está. “Todo lo que sea apartarse de la vía constitucional, pase lo que pase, no lo puedo aprobar”, declaraba a Diario de Ibiza. “Yo sabía muy bien lo que hacía cuando voté que sí a la Constitución y, por tanto, rechazo cualquier acto contrario”. El periodista le ofreció ‘congelar’ sus declaraciones, a la espera de cómo acabara aquello, pero él se negó.
En las siguientes elecciones generales, las de 1982, Matutes dejó de lado el senado para encabezar la lista popular al Congreso por Baleares. A aquella legislatura le tocó la tramitación del Estatuto y fueron Matutes y el socialista Gregori Mir los que protagonizaron una negociación ciertamente complicada: a AP no le gustaba la denominación de ‘catalán’ para la lengua cooficial y pedía la paridad, es decir, el mismo número de representantes en el futuro parlamento por Mallorca y por el resto de islas juntas. Mir y Matutes se llamaban por teléfono a las horas más intempestivas para negociar. Finalmente, el proyecto salió adelante y Mir invitó a todos los parlamentarios de las Islas a un restaurante de Madrid para celebrarlo. Y Matutes asistió.
En 1986, de esto se han cumplido cuarenta años, España entró en la Comunidad Europea, la actual Unión Europea. Se debían designar dos miembros de la Comisión, el órgano de gestión, como representantes: uno le correspondía al partido del gobierno, el PSOE, y otro a la principal fuerza de la oposición. Fraga quería este cargo para un cuñado suyo, Carlos Robles Piquer. Pero la Moncloa prefirió al hombre de negocios periférico.
Fue comisario europeo hasta 1994, sucesivamente de las carteras de Crédito e Inversión, Ingeniería Financiera y Política para la Pequeña y Mediana Empresa; Política Mediterránea y Relaciones con América Latina y Asia y Relaciones Norte-Sur; y Transportes y Política Energética. En Bruselas se le conocía como “la hormiga española”, por dedicarle muchas horas de trabajo. Si bien su puntuación, otorgada por The European, fue bastante baja: un 1 sobre 5.
En una visita a Ibiza, José María Aznar le convenció de encabezar la lista en las elecciones europeas de 1994. Fueron las primeras, a escala estatal, que ganó el Partido Popular: siete millones y medio de votos, frente a los poco más de cinco y medio del PSOE, que iba de capa caída.
La experiencia de casi un decenio en las instituciones europeas no era poca cosa. Así que no resulta sorprendente que, cuando la derecha logró, al fin, batir al PSOE, en 1996, Aznar, ya presidente del gobierno, lo designara ministro de Asuntos Exteriores. Destacó su histórica visita a Cuba en 1998, con Fidel Castro todavía en la presidencia. Si ahora a un ministro español se le ocurriera hacer lo mismo, probablemente los mismos conservadores le dirían de todo, menos bonito.
En el 2000 Abel Matutes cerró su carrera política de treinta años, en un recorrido que lo llevó desde una breve alcaldía periférica durante la dictadura hasta la representación de la España democrática en el mundo. Ningún ibicenco ha llegado tan lejos, y probablemente ninguno otro ha generado tantos comentarios, tanto a favor como en contra.
El nombre de Abel Matutes sonó como posible sucesor de Fraga cuando este dio un paso al lado, en 1986. Pero el propio Matutes pensaba que era poco probable que un banquero pudiera ser presidente del gobierno, que era el siguiente paso para un líder conservador. Tras el paréntesis de Hernández Mancha, sería Aznar quien, ya como Partido Popular, se convertiría en el ocupante del despacho principal de la calle Génova, en Madrid.En 1979, Matutes ya había accedido a la vicepresidencia de AP. También, a la presidencia del comité económico. El ‘Plan Matutes’ para la economía española preveía menos gasto público, menos impuestos, menos burocracia, menos cotización a la Seguridad Social... Muy en consonancia con lo que proponían entonces Reagan y Thatcher.Fue Matutes también quien convenció a su correligionario Gabriel Cañellas de no lanzar la toalla tras el fracaso en las elecciones de 1979 y de continuar al frente del partido en las Islas. Quien poco más tarde sería presidente del Gobierno vaticinó el destino de Matutes en unas declaraciones a la biografía del ibicenco, de Alfonso Salgado: “Podría ser ministro de cualquier cosa, de industria, de economía, de exteriores...”.
Información elaborada a partir de textos de Joan Cerdá y Javier Uli, Alfonso Salgado, Miquel Payeras, Anna Schnabel, Joan Carles Cirer Costa y Pere Vilàs Gil e información del Archivo de Imagen y Sonido Municipal de Ibiza (AISME).