El espejismo del trabajo en grupo en la universidad: ¿aprender juntos o cargar con los demás?

El trabajo en equipo se promueve como clave formativa, pero estudiantes de la UIB critican la nota compartida y los desequilibrios de implicación

Alumnos, en la universidad.
01/05/2026
4 min

PalmaEn la universidad, el trabajo en grupo se ha consolidado como una herramienta clave de aprendizaje, en línea con los principios del plan Bolonia. Pero detrás de la idea de cooperación y preparación para el mundo profesional, se esconden tensiones como desigualdades entre compañeros, sistemas de evaluación diversos y una pregunta que divide a estudiantes y docentes: ¿es realmente justo cómo se evalúa el trabajo colectivo?

La decana de la Facultad de Educación de la UIB, Carme Pinya, defiende que esta metodología es estructural. “En muchos planes de estudios, el trabajo en grupo es una competencia transversal. Aprender a trabajar en equipo es una asignatura pendiente y, por eso, se hace mucho trabajo”, explica. A pesar de ello, reconoce una realidad habitual en las aulas: “En los trabajos en grupo siempre hay alguien que se apoya en los demás”. Para ilustrarlo, Pinya recurre a menudo a un artículo que habla de “jetas y mantas”, una distinción entre quien se implica y quien evita el trabajo. Una metáfora que, según dice, ayuda a los alumnos a identificar dinámicas que se repiten y a denunciarlas.

Los que aguantan y los que amparan

De acuerdo con el testimonio de algunos estudiantes, esta desigualdad es el principal problema del sistema. Laura (nombre ficticio), estudiante de tercero de Historia, lo resume con resignación: “Siempre hay alguien que no hace nada y después sale igual de beneficiado. Acabas haciendo el trabajo para no suspender. Esto no es trabajo en grupo, es aguantar al grupo. Genera fricciones y hay profesores que se desentienden. Ponen una nota y 'ya os apañaréis'”.

En la misma línea se expresa Marc (nombre ficticio), estudiante de tercero de Economía: “Hay grupos donde una persona desaparece completamente. El problema es que la nota es compartida. Es injusto para todos, tanto para quien trabaja como para quien no hace nada”. Esta percepción se acentúa cuando los sistemas de evaluación no permiten distinguir suficientemente las aportaciones individuales, cosa que, según algunos alumnos, genera impunidad y desincentiva el esfuerzo.

Pero no todas las voces son críticas. Julia (nombre ficticio), estudiante de segundo de Psicología, defiende el trabajo en grupo como una herramienta imprescindible: “Al principio me daban pereza, pero he aprendido mucho. Te obliga a coordinarte, a escuchar otras maneras de hacer y a organizarte mejor y a conocer a los compañeros de clase”. Según ella misma, la clave no es eliminarlo, sino aprender a gestionarlo: “En la vida profesional no trabajas solo. Aunque haya gente que se implique menos, también aprendes a adaptarte y a liderar y a tomar la iniciativa”.

Esta visión encaja con el discurso institucional. En la Facultad de Derecho, la decana, Aina Salom, subraya que “el trabajo en grupo tiene connotaciones tanto positivas como negativas”. De entre las positivas, destaca que “permite mostrar al alumnado cómo funciona la vida real: muchas metas solo se alcanzan haciendo trabajo en equipo”. "Además, es una manera de hacer que se miren a la cara, que interactúen, que, si no, no lo hacen", añade.

En esta misma línea, el profesor de la UIB Ivan Solivellas defiende que el valor del trabajo en grupo depende, en gran parte, de la implicación individual. “Cualquier trabajo beneficia a quien se lo toma en serio y aprovecha el trabajo como una oportunidad de aprendizaje”, afirma. Aun así, admite diferencias entre estudiantes: “Puede haber alumnos que aportan más o menos; los hay con más capacidad que, con menos tiempo, pueden hacer más trabajo”.

Una bolsa de puntos

Uno de los puntos más controvertidos es la evaluación. En la Facultad de Educación, Pinya explica que existen mecanismos para intentar corregir desequilibrios. Uno es la conocida “bolsa de puntos”, un sistema en el que el grupo puede repartir la nota según el trabajo real de cada miembro. “En un grupo de cuatro personas, se ponen, por ejemplo, 20 puntos (cinco por cabeza), que se distribuyen según el trabajo hecho, de forma que alguien puede sacar un ocho y otro un tres. Después se firma y se entrega”, detalla. Este sistema, sin embargo, no está generalizado: “No es obligatorio. Se utiliza cuando hay problemas dentro del grupo”, puntualiza.

Solivellas pone el acento en la responsabilidad compartida y el papel activo de los alumnos. “Un trabajo, sea individual o en grupo, se tiene que entregar y tiene una calificación. Si es en grupo, la nota es para todos los miembros”, explica. Y añade: “Dados posibles problemas, es el mismo grupo el que tiene que avisar al profesor para que se puedan tomar medidas. Si una persona no hace trabajo, el profesor le avisa, pero son situaciones poco habituales”.

Más allá de las herramientas de evaluación, tanto alumnos como profesores coinciden en una idea: hacer trabajo en grupo no es simplemente dividir tareas. “Un buen trabajo en grupo no es que todos hagan lo mismo a la vez, sino que cada uno potencie sus virtudes”, explica Salom. Pinya añade que el objetivo es evitar la fragmentación: “No se trata de que cada alumno haga una parte y después se junten fragmentos”.

En este sentido, Solivellas también relativiza el debate sobre la evaluación: “Todos los sistemas de evaluación tienen aspectos positivos y negativos. No hay ningún sistema perfecto”. Según él, el peso de los trabajos en grupo varía según la asignatura: “Pueden tener un peso determinante en la nota final. En mi caso, representan aproximadamente un 20%”. Aun así, la realidad en el aula a menudo se aleja del modelo ideal. Las diferencias de dedicación, la percepción de injusticia en las notas y la gestión interna de los grupos todavía generan conflictos. “Aprendes a tirar adelante, pero también aprendes que no siempre depende de ti”, resume Laura.

Solivellas apunta también un factor recurrente: la configuración de los grupos. “A veces, los alumnos se juntan con amigos y después aparecen desacuerdos y problemas”, señala. A pesar de todo, defiende la utilidad del modelo: “Para los profesores es más fácil hacer trabajos individuales, porque se ahorran horas de gestión. Pero, si se hace el esfuerzo de impulsar trabajos en grupo, es porque son necesarios. Cuando el grupo funciona como toca, el resultado es mucho mejor que la suma de las partes”.

Desde las facultades, el mensaje es claro. “La finalidad no es solo alcanzar conocimientos, sino también desarrollar competencias como liderar, llegar a consensos y gestionar discrepancias”, recuerda Salom. Pinya, sin embargo, añade un matiz que sintetiza el dilema: “No te lo puedes jugar todo a un trabajo en equipo”. Entre la cooperación ideal y la realidad imperfecta, el trabajo en grupo es una de las herramientas más potentes y más discutidas en la universidad.

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