El 'no a la guerra' de las mujeres

A partir del siglo XIX, en medio de un estado de guerra permanente, en las Baleares madres, hermanas y esposas no cesaron de movilizarse para evitar que sus familiares partieran a morir mediante el sistema de reclutamiento de las quintas

1. Ilustración sobre las manifestaciones contra las quintas en Zaragoza.
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PalmaLas mujeres han tenido un papel clave en la historia del antimilitarismo. Cuando los hombres estaban obligados a ir a la guerra, madres, esposas y hermanas no dudaron en movilizarse para salvar a sus seres queridos de una muerte segura. Fue durante la Edad Moderna (siglos XV-XVIII) que los ejércitos de los estados europeos se volvieron permanentes y cada vez más grandes. Entonces, la monarquía hispánica, siguiendo lo que se hacía en el resto del continente, tenía tres maneras de nutrir a sus tropas: con mercenarios (profesionales que luchaban a cambio de una paga), con levas forzosas (generalmente de marginados, presidiarios y vagabundos) y con las quintas.

El sistema de los voluntarios mercenarios se acabaría descartando, ya que suponía un gran gasto para el erario público. El Estado prefirió apostar por las quintas, en las que el reclutado salía de un sorteo que se hacía de uno de cada cinco hombres –de ahí su nombre. Durante las décadas centrales del siglo XIX el servicio duraba ocho años (cuatro activos y cuatro en reserva). En un principio los sorteables eran los solteros de entre 18 y 25 años. Si hacían falta, sin embargo, muchos soldados, el abanico se abría a los viudos y a los casados, hasta los 45 años. Estas levas representaban una tragedia para los afectados, conscientes de que tenían muchas posibilidades de morir en el campo de batalla o por enfermedades contraídas en unos destinos a menudo bastante lejanos (malaria, cólera, paludismo...).

Bastante revelador es un refrán popular de la época: “Hijo quinto y sorteado, hijo muerto y no enterrado”. Las familias no solo quedaban tocadas anímicamente, sino también económicamente, ya que perdían una mano de obra importante en tiempos de mucha hambre. El sistema de las quintas era totalmente injusto. Lo explica la historiadora Catalina Martorell Fullana: “Constituían un tributo de sangre para los pobres y un tributo monetario para los ricos. Estos tenían la opción de librarse del servicio pagando a otro joven que lo sustituyera o bien entregando al Estado la denominada redención en metálico. Así pues, los que acababan luchando por los intereses de los poderosos eran las clases populares”.

Revisión de los reclutas de reemplazo en Navarra, en 1905.

‘Contra el robo de hijos’

En 1770 el borbón Carlos III decretó que las quintas fueran anuales y no puntuales –Cataluña, Navarra y el País Vasco quedaban excluidos. Se instituía así el servicio militar obligatorio (la conocida ‘mili’), aunque los ricos continuaron teniendo muchas facilidades para no hacerlo. “Para esquivar el fatídico sorteo –apunta Martorell–, algunos optaron por emigrar, otros se autolesionaron o simularon ser hijos de una viuda o tener un padre mayor de sesenta años, que eran las excepciones que preveía la norma”.

El antimilitarismo cogió fuerza sobre todo durante el Sexenio Democrático (1868-1874). “La abolición de las quintas –afirma la historiadora– había sido uno de los lemas de la Revolución Gloriosa que en 1868 provocó el destronamiento de la reina Isabel II. La nueva clase política, sin embargo, fue incapaz de cumplir aquella promesa ante las guerras abiertas que había, como la de Cuba, la carlista y los levantamientos cantonales en 1873. La misma Primera República (1873-1974) tampoco pudo hacer nada”. El 3 de abril de 1870 tuvo lugar en todo el Estado una gran manifestación contra las quintas convocada por el Centro Federal de Sociedades Obreras. “En Palma, la movilización fue muy numerosa, con gente llegada de la Part Forana. Al frente estaban las modistas del gremio La Virtud Social. Dentro del movimiento obrero, las mujeres eran más conscientes de la tragedia que suponían las levas. No podían aguantar más el dolor de ver partir a morir a sus maridos, hermanos e hijos mientras ellas quedaban trabajando por sueldos miserables, cobrando la mitad que sus compañeros. Exhibían pancartas con lemas como ‘Contra el robo de hijos’”. A lo largo del Sexenio Democrático habría más marchas como aquella, que fueron secundadas también en muchos pueblos de Mallorca y de Menorca.

Semana Trágica

Con la aprobación de la Constitución de 1876, el servicio militar obligatorio ya sería extensivo a todo el Estado. A partir de 1895 una gran cantidad de hombres serían sorteados para sofocar las insurrecciones independentistas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. A principios del siglo XX España decidió compensar la pérdida de aquellas colonias de ultramar con una mayor presencia en el continente africano. En 1909 estalló la guerra del Rif, también llamada del Marruecos, cerca de Melilla. Entonces el palmesano Antoni Maura, del partido conservador, ocupaba por segunda vez la presidencia del gobierno español. Su intención era enviar allí a luchar a 40.000 hombres, principalmente catalanes. Aquella llamada fue vista como una vendetta del político mallorquín contra el auge del catalanismo político.

El 26 de julio de 1909 las fuerzas obreras convocaron una huelga general en toda Cataluña al grito de "¡O todos, o ninguno!" como denuncia a los privilegios que tenían las familias acomodadas de no prestar el servicio. De inmediato Maura decretó el estado de guerra. En Barcelona, los hechos desencadenaron la conocida Semana Trágica, que duró hasta el 2 de agosto. La represión dejó cerca de ochenta muertos y cientos de heridos. También hubo unos 2.000 procesados y cinco ejecuciones, entre ellas la del pedagogo anarquista Francesc Ferrer i Guàrdia, acusado de ser ‘el cabecilla de la rebelión’. Su muerte originó una gran campaña internacional de protesta que provocó la caída del gobierno de Maura y la subida al poder de los liberales.

En 1912, tres años después de la Semana Trágica, el rey Alfonso XIII ya suprimía las exenciones de las quintas para las clases adineradas. Con todo, ante la imposibilidad de mantener económicamente a los soldados durante tres años en los cuarteles, se implantó la fórmula de las ‘cuotas’. Era una opción que permitía acortar la estancia en función del dinero que cada recluta aportase a las arcas del Estado. La indignación popular, por tanto, continuaba. “En febrero de 1914 –afirma Martorell– las mujeres de Capdepera lideraron una recogida de firmas para impedir que sus hombres fueran nuevamente reclutados para ir a la guerra de Marruecos [el conflicto se alargaría hasta 1927]. Se consiguieron unas 1.300 firmas en un pueblo que entonces tenía unos 3.000 habitantes”. Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) el discurso pacifista fue enarbolado sobre todo por Menorca, la isla donde arraigó más el anarquismo.

Maria Mayol

Con la Segunda República (1931-1936) el movimiento antimilitarista volvió a revivir. Las elecciones generales de noviembre de 1933 fueron las primeras en que las mujeres pudieron votar en España después de que en 1931, por iniciativa de Clara Campoamor, se hubiera aprobado el derecho al sufragio femenino. La sollerica Maria Mayol, de 50 años, estuvo a punto de conseguir el escaño por Esquerra Republicana Balear. Durante la campaña electoral, en medio del clima prebélico que imperaba en toda Europa, pidió el voto de las mujeres apelando a su espíritu pacifista: “Yo querría que las mujeres que saben inspirar la paz dentro de la familia, la supieran inspirar en la calle, y que con su conducta señalaran la otra trayectoria de la fraternidad que saben imprimir entre sus hijos. De esta colaboración vuestra, mujeres, depende en gran parte que se restablezca esta quietud dentro del gran hogar español, porque vuestras manos son manos que aplacan las iras, son manos que calman e imprimen suavidad”.

Durante la Guerra Civil (1936-1939) las movilizaciones forzosas de soldados fueron continuas tanto en un bando como en el otro. Inicialmente solo iban al frente voluntarios y jóvenes de 21 años que se encontraban haciendo el servicio militar (era la edad estipulada entonces). En abril de 1938, sin embargo, los reclutas serían aún más jóvenes. Entre las filas republicanas, constituyeron la famosa ‘quinta del biberón’ –algunos todavía no habían cumplido los 18. El nombre fue acuñado por Frederica Montseny, la primera mujer ministra de España, al frente del área de sanidad y asistencia social (1936-1937). Al verlos desfilar, exclamó: “¿Diecisiete años? ¡Pero si aún deben tomar el biberón!”.

Maria Mayol.
Clara Campoamor.

Con la restitución de la democracia, se acabaría recuperando el sorteo de ‘quintos’ a través del excedente de contingente por el cual algunos jóvenes se salvaban de la ‘mili’. Aquello, sin embargo, no sirvió para mitigar el antimilitarismo liderado por los objetores de conciencia y por los insumisos. Muy pronto aquel movimiento volvió a interesar al colectivo femenino. Lo explica el montuïrense Joan Mas Collet, de 52 años, exdiputado de MÉS. A principios de los 90 fue el primer insumiso de la Part Forana. “Al conocer mi caso, hubo muchas madres que me pidieron información para evitar que sus hijos fueran llamados a filas. Con mi coche acompañé a cerca de una veintena hasta Palma para presentar los papeles de la Prestación Social Sustitutoria. Estaban asustadas con las noticias que salían de violencia física y de drogas que había en los cuarteles. Además, no querían que sus hijos dejaran de trabajar durante nueve meses para perder el tiempo”. En 2001, después de 231 años de vida, el gobierno del PP de José María Aznar abolió la ‘mili’.

Feminismo pacifista

El concepto pacifismo nació en el siglo XIX en medio de un mundo asolado por las guerras. En 1843 Londres acogió el primer congreso internacional por la paz. Pronto también surgiría el feminismo pacifista. Fue fundado en 1868 por un grupo de mujeres de Ginebra (Suiza). Para muchas militantes de la época, el pacifismo era consustancial a la ‘naturaleza maternal’. Uno de los grandes referentes del movimiento fue la escritora austriaca Bertha von Suttner. En 1889 publicó la novela ¡Abajo las armas!, por la que en 1905 recibiría el premio Nobel de la Paz, el primero que se concedió a una mujer.Las sociedades feministas por la paz ya hicieron oír su voz en la Primera Conferencia de Paz de La Haya, que tuvo lugar en 1899. Sus movilizaciones continuaron con más fuerza en 1914 con el estallido de la Primera Guerra Mundial. En 1915 más de un millar de mujeres procedentes de doce países ya se reunían en La Haya para fundar la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (WILFP). La entidad tuvo una enorme influencia sobre los líderes políticos del momento. Su primera presidenta, la norteamericana Jane Adams, sería recibida por el presidente de los Estados Unidos, Thomas Woodrow Wilson. En enero de 1918, casi un año antes del final de la contienda, Wilson expuso al Congreso de EE. UU. la carta de los ‘Catorce Puntos’, por los que, según él, debía regirse una paz justa, estable y duradera en la Europa de la posguerra. Nueve de los catorce puntos fueron inspirados por Adams.Aunque aquella hoja de ruta no logró evitar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), sí sirvió para cambiar la política internacional reivindicando el derecho de autodeterminación de los pueblos y la necesidad de crear un organismo que velara por la paz mundial –esta aspiración se concretaría en 1919 con la Sociedad de Naciones y en 1945, con la ONU. En 1919 Wilson recibió el premio Nobel de la Paz. En 1931 sería para la presidenta de la WILFP (fue la segunda mujer en recibirlo) y en 1946, para su sucesora, la economista Emily Green, también norteamericana.En 1981, todavía en plena Guerra Fría, miles de británicas de todas las edades y condiciones protagonizaron una de las luchas más largas de la historia reciente del antimilitarismo en Europa. Durante 19 años, preocupadas por el futuro de sus hijos, se movilizaron contra la decisión de la OTAN de instalar misiles nucleares en la base de Greenham Common, cerca de Cardiff (Gales). Lo hicieron de manera pacífica y del todo imaginativa, mediante cadenas humanas, acampadas y actos festivos. En tiempos del gobierno de la conservadora Margaret Thatcher, fueron acusadas de ser unas ‘malas madres y esposas’, unas ‘terroristas’ y unas ‘brujas’. Cientos fueron detenidas y fueron a la cárcel. Otras murieron durante las protestas. En 1991, fruto de los tratados entre los EE. UU. y la URSS, los últimos misiles abandonaron la base británica. Las movilizaciones, sin embargo, continuaron hasta el 2000. En 2002 se erigió en la zona un memorial en honor de una revuelta feminista que despertó conciencias sobre la deriva belicista de los estados.

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