Crisis del combustible

Dos hermanos pescadores de Andratx: “Ya no sabes a quién llorarle”

Armadores de una barca de bou del Puerto de Andratx explican cómo la escalada del gasóleo se ha comido parte del jornal: unos 400 euros menos al mes para cada pescador

Blai y Joan Ferrando en su barca en el Puerto de Andratx.
21/09/2026 - 09:46 h.
3 min

PalmaCuando Joan y Blai Ferrando llegan un miércoles al Puerto de Andratx ya llevan doce horas de jornada encima. Los cajones van llenos de pescado y una furgoneta ya espera para cargarlos. La mayor parte de las capturas se va hacia Palma, donde se venderán en la Lonja la madrugada siguiente. Una pequeña parte se reserva para el punto de venta de la misma cofradía del Puerto de Andratx, que abre una o dos horas cada día.

Son armadores, llevan toda la vida en el mar y en este momento no tienen prisa por contar grandes historias de pescadores. Tienen prisa por acabar, dejarlo todo a punto e irse. “Esto se ha puesto imposible”, resume Joan. El combustible centra buena parte de la conversación. “Hace nada lo pagábamos a 0,80 euros y ahora ya lo he pagado a 1,41. ¿Dónde llegaremos?”, se pregunta. El gasóleo pesquero ronda ya los 1,40 euros el litro en las Baleares, y la Federación Balear de Cofradías advierte que en algunas embarcaciones representa más de la mitad de los gastos operativos directos.

El encarecimiento no afecta solo al armador. Los Ferrando comparten ingresos y gastos de la embarcación con sus trabajadores, un modelo muy implantado en el sector, de manera que cuando el gasóleo sube, el recorte llega a toda la tripulación. Según Joan, con los precios actuales del combustible, “cada uno de nuestros pescadores, nosotros incluidos, acaba cobrando unos 400 euros menos cada mes”.

La suya es una de las cuatro barcas de arrastre que quedan en el Puerto de Andratx, donde la cofradía cuenta también con seis embarcaciones de artes menores, una flota que no ha dejado de reducirse en los últimos veinte años. No es que no haya trabajo. Precisamente esta es una de las cosas que más les desespera. “Es un oficio maravilloso, pero ahora mismo no nos da casi ninguna alegría. Se trabaja, se mueve pescado, se mueve dinero y, cuando haces los números, es para salir corriendo”.

Blai reafirma lo que explica su hermano y deja claro que el problema no es el esfuerzo. “A nosotros no nos da miedo el trabajo, de hecho nos gusta mucho. Lo que pasa es que todos tenemos que poder vivir de esto y si no cambia la situación actual, es muy difícil poder sacar adelante una barca”.

Un precio que no deciden ellos

Al gasto que sube se le suma otra dificultad: no pueden decidir libremente cuánto cobrarán por el producto que llevan a puerto. “Nosotros tenemos unos costes fijos y sabemos lo que nos cuesta salir. Y vemos con desesperación cómo sube semana tras semana. Pero como vendemos el pescado en la subasta, otros ponen el precio”, explica Joan. “Todo el mundo nos pone el precio de todo, de los costes y de las ventas. Es difícil defenderse”.

Salir al mar es asumir lo que cuesta, ver cómo todavía sube y no saber qué se sacará. El ingreso no se conoce hasta que el pescado pasa por la subasta: los cajones que hoy suben a la furgoneta no tendrán precio hasta la madrugada, en la Lonja de Palma. “No basta con aguantar jornadas fuertes, el mal tiempo en invierno... Después tienes que esperar a ver qué quiere pagar cada día el mercado por tu pescado. Esto no es aguantable”.

Una protección que no llega

Las cofradías han recibido ayudas del Estado y del Gobierno para compensar una parte del encarecimiento. Según explica al ARA Balears el secretario de la cofradía del Puerto de Andratx, Miquel Alemany, la ayuda estatal puede haber supuesto entre 2.000 y 2.500 euros por barco. La Consejería abrió una convocatoria de 750.000 euros, pero compensa la actividad entre el 9 de marzo y el 14 de junio, es decir, antes de la última subida. El precio ha vuelto a subir con fuerza después del verano y los pescadores temen quedar nuevamente por detrás de la escalada.

Lo que reclaman los Ferrando es un sistema de protección que no les deje tan expuestos a los cambios de precio que provocan los conflictos internacionales. Lo piden con el cansancio de quien acumula jornadas de más de 12 horas y encima tiene que hacer frente a incrementos repentinos de los costes. “Lo estamos aguantando todo como podemos, pero ya no sabemos ni a quién protestar. Antes montabas un poco de movilización y parecía que servía para algo, te escuchaban, tenías la sensación de que les importabas. Ahora, entre Europa, el Estado, las comunidades, todo es un conjunto de filtros y burocracia y es que ya no sabes ni a quién llorarle”, sentencia Joan.

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