Los campesinos que cantaban en las fábricas

A partir del siglo XIX se incorporaron al tejido industrial de Mallorca y Menorca campesinos que no concebían trabajar sin cantar. Esta práctica se acabó en los años 60 con la generalización de la radio

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Grupo de zapateros en Ciudadela alrededor de 1900.
07/11/2026 - 17:07 h

PalmaEl economista catalán Ernest Lluch, asesinado por ETA en el año 2000, consignó que, antes del boom turístico, Mallorca y Menorca fueron las únicas islas industriales de todo el Mediterráneo. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, las Baleares se subieron al carro de la Revolución Industrial, iniciada un siglo antes en Gran Bretaña. Mallorca destacaría en los productos textiles (Palma, Buñola, Esporlas, Santa María, Sóller y Pollensa), los muebles, la bisutería (Manacor) y el calzado (comarca del Raiguer y Llucmajor). En estos dos últimos sectores también despuntaría Menorca. Ibiza, en cambio, tendría una producción fabril más modesta con epicentro en Can Ventosa, dedicada a la elaboración de calcetería.

Aquel nuevo motor económico se sirvió mayoritariamente de mano de obra de campesinos, que no concebían trabajar sin cantar. Así ya lo pudo constatar el musicólogo palmesano Baltasar Samper, que entre 1924 y 1932 dirigió las misiones de investigación en las Baleares para la Obra del Cançoner Popular de Catalunya. Lo explica su biógrafo, el etnomusicólogo Amadeu Corbera: “En Mallorca, los cantores que grabó no podían recordar las tonadas sin reproducir con el cuerpo la acción precisa de la tarea agrícola. Había quienes cogían un bastón y lo hacían deslizar por el suelo como si fuera un arado y, justo iniciada esta simulación, se ponían a cantar”. En sus misiones, Samper también se dio cuenta de que, en los años 20, en algunos pueblos mallorquines más industrializados existían prohibiciones explícitas sobre cantar en las fábricas. En Alaró se encontró con un cartel que decía: El buen obrero entra puntual y trabaja sin cantar. “Sin embargo –asegura el investigador–, la mayoría de empresarios fueron bastante permisivos con la vena musical de sus trabajadores”.

Costureros en la cadena de montaje en la fábrica Gavino Sintes.

Cantar a voces

Entre 2015 y 2016 Corbera se interesó por radiografiar el antiguo paisaje sonoro de las fábricas de las Islas. Por cuestiones logísticas, sin embargo, solo se ocupó de las de Menorca con la ayuda de la también etnomusicóloga Eulàlia Febrer, natural de Ferreries. Gracias a una beca del Instituto Ramon Muntaner (IRMU) y del Instituto Menorquín de Estudios (IME), ambos entrevistaron a más de una cincuentena de trabajadores en activo y jubilados del sector del calzado y la bisutería. Los resultados se plasmaron en la memoria Música popular e industrialización en Menorca. El trabajo se enmarca dentro del campo de la musicología industrial, que inició en los años 70 en Irlanda la antropóloga estadounidense Betty Messenger. En las tierras de habla catalana el camino lo abrió en 2001 el valenciano Josep Vicent Frechina con el artículo Allà a la fabriqueta. En 2008, el vigatano Jaume Ayats le tomó el relevo con el libro Cantar al coro, cantar a la fàbrica, centrado en la cuenca del Ter medio.

En Menorca, antes de la implementación del capitalismo fabril, imperaba la producción doméstica en pequeños talleres conocidos como fabricons. Los zapateros trabajaban en grupos de una treintena de hombres distribuidos alrededor de unas mesas bajas y anchas llamadas banquetas. En una misma banqueta podían coincidir hasta cuatro zapateros y los respectivos aprendices. “En estos entornos –señala Corbera– cantar era una forma de entretenimiento que también servía, sin embargo, como reafirmación de pertenencia a una misma comunidad laboral. Los trabajadores cantaban a voces de acuerdo con la jerarquía. Lo mismo pasaba en el campo, donde, a la hora de trillar, quien dirigía las bestias desde el medio de la era cantaba, mientras que los que giraban la paja con una horca se limitaban a gritar órdenes para animar a los animales”.

La práctica de cantar a voces también fue seguida por las mujeres, que trabajaban por separado. Fue el caso de las embauladoras, que se encargaban de limpiar el zapato al final del proceso. “El hecho de encontrar a un hombre cantando con un colectivo femenino –asegura el investigador– era visto como una manera de cortejo que no se podía producir si él estaba casado. Así pues, a través de cantar se construían los límites de las relaciones laborales dentro del espacio de trabajo”.

Los gustos musicales de la clase obrera isleña incluían boleros, habaneras y, sobre todo, zarzuelas españolas. En Menorca, la lírica tenía una fuerte tradición. Inaugurado en 1823, el Principal de Mahón es el teatro de ópera más antiguo del estado español. Con todo, los registros de representaciones de ópera en la ciudad se remontan a finales del siglo XVIII. Además, durante todo el siglo XIX y XX, por toda la isla, se abrieron teatros más pequeños en casinos y sociedades mutualistas, donde corales obreras representaron otras piezas de música lírica. “A principios del siglo XX –explica el etnomusicólogo– muchos campesinos menorquines empezaron a cantar estas mismas piezas en sustitución de las tonadas tradicionales del campo, las cuales sí que se mantuvieron, en cambio, en Mallorca porque era una isla más grande y más poblada”.

Cantar en silencio

Hacia finales de los años 50, Menorca pasó de un modelo productivo más artesanal y a pequeña escala al de tipo fordista, en cadena y en serie. “En las nuevas jaulas de hierro –apunta Corbera–, cada trabajador estaba aislado y se encargaba de un paso específico del proceso de manufactura. De trabajar de sol a sol en el campo, los nuevos asalariados con sueldo fijo pasaron a someterse a la dictadura del reloj, en la mayoría de los casos con un operario llamado cronometrador que les marcaba el tiempo que tenían para hacer la tarea”.

La película Tiempos modernos (1936), de Charles Chaplin, describe magistralmente aquel nuevo modelo capitalista que irrumpió con la consigna ‘el tiempo es oro’. “Es memorable –dice el estudioso– la escena del trabajador, interpretado por el mismo Chaplin, que enrosca absurdamente los tornillos de la cadena de montaje, sin ningún minuto para descansar o para distraerse. Al final de la secuencia, Chaplin es literalmente engullido por la máquina, toda una metáfora de la deshumanización del progreso”. La industria fabril desbancó para siempre el hábito de trabajar la tierra siguiendo los ritmos de la naturaleza. “Cantar, concebido como un hecho social, dejaba de tener sentido como forma de interacción grupal en el contexto de un nuevo modelo laboral individualizado y de fabricación en cadena y temporizada. Divididos en el espacio, los trabajadores no se oían entre ellos por culpa del ruido de las máquinas y muchas veces ni se veían los unos a los otros”.

Trabajadores a la antigua en la fábrica Mascaró, en Ferreries.
Embaladoras de Alaior.

Sin embargo, hubo obreros que no estuvieron dispuestos a reprimir sus latidos musicales. “Algunos –afirma Corbera– se pusieron a cantar siguiendo el ritmo de una máquina. Otros optaron por hacerlo en silencio, moviendo los labios o, como si fueran sordos, a través de signos, comunicando las canciones al resto de compañeros con gestos expresivos”. Con todo, el investigador deja clara una cosa: “Si los obreros cantaban en las fábricas no era porque fueran felices en el trabajo. Lo hacían para ser felices en un contexto más bien hostil”.

Transición a la escucha pasiva

A partir de los años 60 tuvo lugar el conocido proceso de silenciamiento. La irrupción de la radio dentro de las naves industriales supuso la transición del canto a la escucha pasiva. “En Menorca –resalta Corbera– hubo trabajadores que empezaron a llevar sus propias radios al trabajo. Muchos escuchaban el programa de más audiencia de la época, Verde Campo, dedicado a obreros y campesinos. Se emitía desde Radio Popular de Menorca, embrión de la COPE, con sede en Ciudadela. La gente escribía a la conductora, Juanita Roca, pidiendo canciones de moda (rancheras, boleros, zarzuelas) para dedicar a un amigo o familiar”.

Pronto, las radios individuales serían sustituidas por sistemas de difusión centralizados, tal como, desde los años 40, ya se había implementado en las fábricas británicas y norteamericanas. Altavoces distribuidos por todo el recinto permitían que se pudieran escuchar las canciones que sonaban no solo en las radios, sino también en los tocadiscos. “Entonces –asegura el etnomusicólogo– trabajadores y patrones negociaban la música que se tenía que reproducir. En muchos casos, los trabajadores podían llevar discos de su casa o elegían cuáles querían que sonaran, y los cambiaban ellos mismos”.

Aquella decisión comunitaria no estaba exenta de polémica. “Los gustos del personal de más edad y de los más jóvenes no siempre coincidían. Mientras los primeros se decantaban por el género operístico, los segundos preferían los grandes hits estatales e internacionales del momento: Lluís Llach, The Beatles, Bob Dylan... No era habitual que a las mujeres se les dejara elegir la música, de manera que sus melodías preferidas, canciones y boleros románticos, quedaban excluidas del repertorio industrial”. Corbera lamenta la pérdida del patrimonio sonoro que supuso el proceso de silenciamiento en las fábricas: “Se perdió toda una estética del canto y una manera de entender la voz”. Ahora, para evadirse de la realidad, los obreros que pueden continúan cultivando la escucha pasiva con discretos auriculares sin cables pegados a las orejas. Ya nadie recuerda que hubo un tiempo en el que cantar era un acto consustancial al trabajo.

Cuando cantaba la tierra

La palabra folclore nació en el siglo XIX a partir de las raíces inglesas folk (‘pueblo’) y lore (‘sabiduría’). En las Baleares, un folclorista destacado fue el franciscano Rafel Ginard (1899-1976), natural de Sant Joan. Entre 1966 y 1975 publicó el Cançoner Popular de Mallorca, en cuatro volúmenes. Es la compilación de canciones tradicionales más extensa en lengua catalana, con cerca de 20.000 registros y numerosas variantes.

Con motivo del 50º aniversario de la muerte de Ginard, el musicólogo Francesc Vicens acaba de publicar Quan cantava la terra. Les músiques del Cançoner Popular de Mallorca (Edicions UIB). El libro recupera la dimensión sonora de la monumental obra del sanjuanero, que solo pudo recoger los textos de las canciones sin las melodías. Lo hace a partir de dos conjuntos documentales conservados en el legado etnopoético del franciscano: 32 tonadas registradas en una carpeta y 21 transcripciones musicales procedentes de los cuadernillos del Calendari Folklòric de Mallorca, que elaboró Ginard en la década de los 50. El repertorio incluye romances, tonadas de trabajo –de arar, segar, trillar, podar y esquilar–, canciones infantiles, tonadas de fiesta y otras expresiones musicales vinculadas a la vida cotidiana de la Mallorca tradicional.

En Quan cantava la terra, Vicens no se ha limitado a reproducir los manuscritos localizados. Ha hecho la edición musical y los ha organizado mediante un sistema de catalogación muy preciso. El libro nace de la voluntad de recuperar no solo unas melodías, sino el entorno cultural que les daba sentido. “Ginard –explica el musicólogo– había crecido en el mundo rural de Sant Joan y sus primeros recuerdos musicales estaban unidos al paisaje y a las formas de vida campesinas: las tonadas de trabajo y de siega, los cantos de la era, las xeremías de los días de fiesta y los flabiols de los pastores. Para él, cantar formaba parte de la vida cotidiana y la música tradicional era una manera de expresar y transmitir la experiencia colectiva”. En 1934 Ginard ya escribió: “Cuando paseáis por el campo y oís una canción popular, aquello es el genio de la tierra que canta, es la música que ha producido la tierra”.

En Ibiza, el encargado de recoger el latido musical del pueblo fue otro religioso, mossèn Isidor Macabich (1883-1973). En su caso, sin embargo, se ocupó de los romances, poemas narrativos cantados. En 1954 reunió 26 en el Romancer tradicional eivissenc, 11 de los cuales ya habían quedado incluidos en el Romancer popular de la terra catalana (1893) del lingüista palmesano Marià Aguiló. Dada su condición de clérigo, Macabich descartó las baladas de contenido erótico o subidas de tono. En Menorca, los sonidos de la tierra se reivindicaron mucho antes que en Mallorca y las Pitiusas. Del 1912 es la obra Folklore menorquí: de la pagesia, del médico y folclorista Francesc Camps i Mercadal, del Migjorn Gran, conocido con el seudónimo de Francesc d’Albranca.

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