General Riera: el militar que salvaba vidas

El 16 de noviembre hace cien años de la muerte de este reformador de la sanidad en Mallorca

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Tropas españolas de Sanidad Militar, en la ‘trocha’ de Júcaro a Morón, en Cuba.
07/11/2026 - 16:45 h

PalmaTiene a su nombre una de las calles más largas de Palma. Y se lo merece, a diferencia de otros personajes a los cuales se han dedicado vías públicas. El médico Bernat Riera Alemany, el general Riera, dedicó su vida a salvar vidas. Lo hizo tratando de impulsar en Mallorca los últimos avances de la medicina y las prácticas higiénicas, exhortando a las autoridades a tomar medidas en este sentido y preocupándose por las mujeres, los niños y los sectores de la población en peor situación, además de ser un precursor del turismo y del autogobierno. Lo recordamos cuando están a punto de cumplirse cien años de su muerte, el 16 de noviembre de 1926.

Nació en Andratx el 26 de agosto de 1864, hijo del médico Josep Riera, y mantuvo este vínculo con su villa natal toda la vida. Fue presidente del Ateneo andritxol y tiene también allí una calle dedicada. Sus retratos muestran una cierta semejanza con los ilustres contemporáneos Antoni Maura y Joan Alcover, con bigote y perilla bien recortada. Era, según la prensa de la época, hombre de “verbo fluido, fácil, ingenuo, afectuoso, correcto, elegante”; “tierno en la lucha, fuerte en la ternura”, “inteligente” y “bueno”.

El adolescente Bernat estudió en el Instituto Balear de Palma, el actual Instituto Ramon Llull, el primero que se creó en el Estado. Entonces era director Francesc Manuel de los Herreros y daban clase allí otros personajes ilustres, como Josep Lluís Pons i Gallarza, Francesc Barceló i Combis y Joaquim Botia.

Retrato de Bernat Riera por Pere Caffaro Jaume.

Cursó la carrera de médico en Barcelona –no había entonces universidad en el Archipiélago, se la había cargado el centralismo–, con la inmensa suerte de que, entonces, habían ocupado las aulas un puñado de profesores jóvenes que transmitían las innovaciones llegadas del exterior, avances que después Riera aplicaría en Mallorca. Aquel culo inquieto que era el futuro general no se limitó a aprender las lecciones: hizo de secretario del Ateneo de Alumnos Internos, que organizaba actividades no solo sobre medicina, sino de arte y literatura, y asistía con los compañeros al ‘gallinero’ del Liceo, a las óperas de Wagner. Al mismo tiempo, hacía prácticas en la Academia y Laboratorio de Ciencias Médicas de Cataluña. Y aun así se graduó, en 1884, con un excelente.

El primer destino como médico fue Andratx, al lado del padre. En su localidad natal tuvo que hacer frente a una epidemia de cólera, para lo cual la Junta Provincial de Sanidad le designó como delegado en la villa. El estudio de las epidemias, con registros y estadísticas, y cómo hacerles frente, fue una de las actividades esenciales de su trayectoria.

El joven Riera se apuntó, además, a una nueva entidad recién fundada en Palma: el Colegio Médico Farmacéutico, que también publicaba la Revista Balear de Medicina, Farmacia y Veterinaria, donde se empezaron a ver artículos suyos. Llegó a ser presidente de aquella entidad y, como tal, anfitrión de Santiago Ramón y Cajal en 1910, cuando el Nobel recibió la presidencia de honor. Sería también presidente de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Palma y voluntario de la Cruz Roja, igual que su esposa, Empar Pou, y su hija, Concepción. Además, legó a esta organización sus libros e instrumental.

La guerra de Cuba

Tenía veinticuatro años el joven médico cuando tomó una decisión que marcaría el resto de su vida: opositar a una plaza en el Cuerpo de Sanidad Militar que, por supuesto, obtuvo. ¿Por qué el ejército? Como observa Josep Tomàs Montserrat, entonces hacerse militar –o capellán– era “un medio de promoción social”. Fuera como fuese, a partir de ese momento, Riera haría de militar y de médico a la vez, de manera inseparable: “El arte militar”, afirmaba, “no puede consistir solo en llevar hombres al combate, sino en hacer que los contingentes armados vivan sanos”.

El baile de destinos, habitual en la milicia, le llevó sucesivamente a Valencia y a Cartagena. En la capital valenciana se encontró con una epidemia de cólera, y su entrega fue tan intensa que recibió el agradecimiento del capitán general y el nombramiento como socio honorario del Instituto Médico.

El problema de ser militar es que te pueden enviar a una guerra y eso fue exactamente lo que pasó, en 1895, al estallar la revuelta en Cuba, entonces todavía colonia española. Le había correspondido un destino mucho más agradable y cerca de casa: Menorca. En lugar de eso, tuvo que partir hacia otra isla, mucho más lejana, mucho más grande y mucho más problemática. El Colegio les ofreció, a él y a dos médicos más que tenían que partir hacia Cuba, un banquete de despedida –quién sabía si definitivo– en Cas Català.

Al médico de Andratx le tocó una actividad muy diferente de la suya habitual, pero previsible como militar que era: tener que disparar tiros. Fue en Rebancadón, el 7 de octubre de 1895. Unos pocos días más tarde entablaron otro combate, y Riera se metió en primera línea para atender a los heridos. Por aquellas acciones sería galardonado con la Cruz Roja del Mérito Militar y la Cruz de María Cristina de primera clase.

Pero la actuación esencial de Riera en Cuba la llevó a cabo en los hospitales de campaña, haciéndose cargo de algunas de aquellas instalaciones. Él mismo cayó enfermo de fiebre amarilla. No en vano, las epidemias causaban más bajas que la contienda. Escribió crónicas periodísticas de la guerra y aprovechó para estudiar las heridas causadas por armas de fuego. En 1897 volvió a Mallorca, donde trabajaría en el Hospital Militar de Palma, del cual llegaría a ser director.

Bernat Riera, con el uniforme de Sanidad Militar, con su mujer, Empar.

Fue entonces cuando Bernat Riera inició una tarea a la que dedicaría los dos decenios siguientes: mejorar las vidas de los isleños con la puesta en práctica de medidas para cuidar su salud. Sobre todo, de los menos favorecidos: obreros, mujeres y niños. Veía, recoge Tomàs Montserrat, “como una obligación del médico incidir en el terreno político y de la opinión pública para mejorar la infausta calidad de vida de las clases más necesitadas”.

Evitar trescientas muertes cada año

Era el momento en el que se planteaba la reforma urbanística de Palma, impulsada por el ingeniero Eusebi Estada, de la cual la punta de lanza había de ser el derribo de las murallas que asfixiaban la Ciudad vieja. Riera impartió, en 1900 en el Colegio Médico Farmacéutico, la conferencia Higiene pública de Palma, en la que planteaba deficiencias tan escandalosas como el hacinamiento de las viviendas, la ubicación errónea de las fosas sépticas y un sistema de alcantarillado insuficiente, entre otras. Palma necesitaba mano de médico, nunca mejor dicho.

Solo por el tifus, calculaba Riera, se perdían en Ciudad el equivalente a 12.500 jornales. Corrigiendo aquellos desastres, era factible salvar cada año las vidas de trescientos ciudadanos de Palma. Se situaba en la misma línea de médicos renovadores de la cual formaría parte el alcalde Emili Darder.

Riera continuó su batalla con sucesivas intervenciones públicas, en las cuales no se escondió de criticar aquel pasotismo ancestral, ni tampoco las prácticas de algunos colegas. Reclamó un mejor abastecimiento de agua potable y se opuso a la ubicación del nuevo mercado municipal en la plaza Mayor, un espacio que consideraba insuficiente, salvo que, añadía irónicamente, el arquitecto dispusiera de “algún secreto de magia o encantamiento” para hacerla más amplia.

La prevención como premisa

El médico militar impartió una conferencia sobre cómo prevenir las enfermedades a los obreros de Palma –la tuberculosis hacía estragos entre ellos– y captó el ansia de conocimiento de aquellos hombres. Se preocupó por los niños y por la necesidad de protegerlos. Se mostró muy duro con el “abuso” de las nodrizas, “convertidas en materia de industria productiva”, y pidió que se regulara por ley un permiso de cuatro meses para las trabajadoras embarazadas y que se creara un consultorio específico para los lactantes y sus madres. Destacó el “lugar de honor” de las madres en la formación de los hijos, antes que la escuela, y reclamó que el Estado interviniera allí donde no llegaba la iniciativa privada –estaría encantado, con la sanidad pública de los tiempos actuales.

En 1926, al llegar a general, recibió un homenaje de sus vecinos de Andratx. El 31 de octubre de aquel año realizó la que sería su última visita a la villa: comentaba que “dondequiera que he encontrado a un andritxol, un paisano, he visto a un amigo, a un hermano, y como tal lo he considerado, tratado y servido”. Moría el día 16 siguiente, a los 62 años, este combatiente por una sociedad mejor: un hombre que fue mucho más que un par de calles.

Defensor del catalán como lengua científica, en 1899

En un entorno de centralismo férreo y de imposición del castellano, Bernat Riera, al impartir una conferencia en Palma en 1899, la hizo en catalán, convencido de que, al utilizarlo, dice Tomàs Montserrat, “podía expresar todos los matices del pensamiento científico y contribuir a acrecentar el prestigio social de la lengua propia”.

El año anterior había calificado al catalán de “lengua propia y querida, capaz de expresar todo progreso y toda felicidad” y denunciaba que había sido “menospreciada” y “sacada o poco menos de la escuela”.

Riera era un regionalista de pies a cabeza, probablemente influido por las propuestas de su amigo Miquel dels Sants Oliver. Como este, también apostó por el turismo –entonces, prácticamente inexistente en Mallorca– como una puerta abierta al progreso. La influencia debió ser mutua: en su alegato a favor de la “industria de los forasteros”, Oliver afirmaba que la humedad de Palma “se debe, según el voto de personas peritísimas, al deplorable estado del subsuelo de la ciudad, sin alcantarillado impermeable”.

Como buen militar, Riera era un firme partidario de la unidad del Estado, pero no de la uniformidad. Para él, el regionalismo era algo científico, y el centralismo todo lo contrario: así como los seres vivos evolucionan hacia formas diversas, así los pueblos, según sus circunstancias. Un estado, sí, pero con “naciones múltiples”, lo que ahora se llamaría un estado plurinacional. Su apuesta era por “el ideal autonómico”.

Información elaborada a partir de textos de Josep Tomàs Montserrat, el Colegio Oficial de Médicos de las Islas Baleares, Juan José Negreira y José Luis de Mesa, Antoni Marimon Riutort, Miquel Alenyà, Margalida Mestre y Joana Maria Pujadas Mora.

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