Turistas en Palma, este agosto.
23/08/2026 - 08:16 h.
Subdirectora
2 min

Este verano que no acaba nunca ha sido una época de lamentos y letanías. Estamos más saturados que nunca y hemos protestado más que nunca. Pero las concentraciones, las manifestaciones, las cenas al aire libre y las reivindicaciones solo han servido para constatar el abismo que hay entre la calle y los despachos de quienes deciden sobre nuestras vidas, una brecha que se empezó a abrir legislaturas atrás y que ahora ha alcanzado unas dimensiones grandiosas. Esta no es tierra de políticos valientes y los que mandan de verdad no suelen presentarse a las elecciones.

Todo esto lo sabemos. Pero la pérdida de calidad democrática no es fácil de asumir. Y los procesos de desdemocratización son silenciosos. Para ser eficaz, el control de la ciudadanía debe operar desde la discreción.

El Gobierno nos repite una y otra vez que ya ha tomado medidas contra la saturación. Pero esta no es la cuestión. Lo que debemos valorar es si las medidas sirven para algo en concreto, si nos han mejorado la vida y si se han elaborado al servicio de la ciudadanía. Las respuestas a estas tres preguntas son no, no y no. La afirmación entonces se podría reformular: el Gobierno ha perdido el tiempo publicitando medidas que han revelado su inutilidad contra la saturación.

También nos hemos dado cuenta de que el verano ha desaparecido tal como muchos lo vivíamos en el pasado. Hemos soportado unas condiciones meteorológicas extremas y, lo peor de todo, es que son las mejores posibles de todos los veranos que vendrán. Es difícil imaginar lo que puede llegar a pasar, pero intuimos que no será nada bueno, mientras los aviones que deben aterrizar en nuestros aeropuertos y los coches que colapsan las carreteras se encargan de que continúe el festival de las emisiones.

Intentamos ser responsables: reciclamos, nos autotorturamos usando el transporte público, buscamos las estanterías de producto local en el supermercado... Mientras tanto, un solo jet privado que llega desde Berlín se encarga de destrozar todo nuestro esfuerzo. Intentamos no achicar agua mientras los visitantes nadan en las piscinas de los chalets rústicos que han alquilado.

La cuestión es que este será el mejor verano de todos los que recordaremos cuando estemos a punto de partir de este mundo. La desgracia no conoce límites, siempre se puede caer más bajo, nunca se toca fondo. Nos han quitado el poder de hacer que quien tiene las riendas se vea forzado a cambiar. No nos respetan.

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