23/08/2026 - 08:30 h.
Jefe de redacción
2 min

PalmaMe pasé el año de Erasmus en Londres desmintiendo que fuera italiano y respondiendo las mismas preguntas en el pub donde trabajaba: no, no entendía qué hacía mi Prime Minister en la foto de las Azores; el euro nos lo había encarecido todo (ellos asentían orgullosos); Aserejé era solo la adaptación fonética al inglés de una canción disco-rap y –para su decepción– no significaba nada; y no, no frecuentaba Magaluf. A los clientes a quienes servía pintas y chupitos, pronunciar Magaluf les iluminaba la cara. Para mí, solo era un lugar que quedaba lejísimos de todas las zonas de marcha de Palma y el aliciente del cual era comer pastillas de éxtasis un sábado por la noche en BCM. Diría que ni había puesto los pies. Por lo tanto, me limitaba a asentir con una sonrisa mientras les devolvía el cambio en pounds de su Foster’s o Carling. No quería añadir otra decepción a la de las Ketchup, famosas entonces a nivel de Tony Blair.

Me gusta la British people. I must confess. Me divierte que adoren la monarquía y devoren los titulares con que los tabloides ridiculizan a sus miembros; el barroquismo estético uniformizado de la clase media (pestañas de drag para ellas; profusión de tatuajes para ellos) y una actitud vital despreocupada en la que, si salen de fiesta, lo dan todo.

Después de años sin pisar el Reino Unido, el sábado paseé por la zona del puerto de Bristol: despedidas de soltero; madres con hijas cogidas del brazo, tambaleándose con el rímel corrido; especímenes de gimnasio chocando las cervezas con gritos guturales, y todos bailando esa música estupenda que han compartido con el mundo entero. Fue entonces cuando fui consciente de que el modelo de Magaluf –que no, que no nos traguemos la cursilería elitista de Calvià Beach– no es ningún invento turístico. No hemos creado el turismo de borrachera de la nada; simplemente hemos importado exactamente los usos, las costumbres y la manera de divertirse, para que se sientan como en casa mientras facturamos. Otro debate sería qué interés tiene viajar para encontrarte lo mismo que tienes cada fin de semana en tu ciudad, pero el secreto quizá es que se trata de una versión extendida, en modo extralarge y mucho más económica. Ellos sí que pueden decir que les sale más barato pasar una semana en Mallorca que quedarse en Manchester, Liverpool y Leeds. Beben garrafón felices, pagan sin mirar la cuenta y adoran The Strip, una Punta Ballena que huele a vómito y juerga; una franquicia mejorada de su ocio y, para ellos, un win-win absoluto. Cheers!

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