Historia

Círculo Mallorquín: más que un club

Hace 175 años de la fundación de la entidad que reunió a lo largo de decenios a la alta sociedad mallorquina

Fiesta en la sala de las Cariátides del Círculo Mallorquín.
Historia
22/08/2026 - 17:30 h.
6 min

PalmaEl lector que haya pasado por lo que ahora es el Parlament puede imaginárselo, cuando era la sede del Círculo Mallorquín, como una especie de esos clubes británicos de las novelas y las películas, donde distinguidos caballeros comparten tertulia, mientras toman un café, fuman un habano y juegan a las cartas. Ciertamente, se parecía bastante. Pero el Círculo, fundado el 25 de agosto de 1851 (hace 175 años), fue mucho más que eso: escenario de bailes y fiestas, foco de iniciativas culturales, lugar de encuentro de personalidades y, sobre todo, referente esencial de la alta sociedad isleña, a lo largo de decenios.

El Círculo nació de la fusión de dos entidades: el Liceo Mallorquín y el Casino Balear. Este último, gracias a un número de la lotería premiado en 1847, había puesto en marcha un proyecto ambicioso: la construcción de un edificio en la actual calle del Conquistador de Ciutat, en un solar de lo que antes había sido el convento de Santo Domingo. Esta sería la sede del Círculo desde su nacimiento hasta 1983, cuando fue vendido al Parlament, entonces apenas recién constituido.

Como observa Román Piña Homs, el Círculo nacía del encuentro de dos sensibilidades diferentes: la más progresista del Casino y la del Liceo, “de más prosapia”. El Casino debía “mostrar una imagen de grupo elitista”, para estar a la altura de sus compañeros de fusión.

El 25 de agosto de 1851, los presidentes de cada una de las entidades firmaron la fusión. Agustín Sorà, del Casino, y Pedro Le Senne – este linaje bien seguro que les suena, a los lectores–, del Liceo. Se acordó como nueva denominación común Liceo Balear, pero enseguida quedó apartada por la de Círculo Mallorquín.

La identificación que siempre se ha dado por buena del Círculo con las posiciones más conservadoras no es muy exacta. Entre los socios fundadores había demócratas y republicanos. Fue uno de los presidentes Antoni Villalonga Pérez, referente esencial de las ideas republicanas en Mallorca, y otro, el abogado Miquel Ignasi Perelló i Socies, quien se opuso con firmeza a la restauración de la monarquía borbónica en 1875. El precursor del autonomismo Miquel dels Sants Oliver fue socio.

El futuro alcalde de Palma Emili Darder fue bibliotecario de la entidad, aunque es cierto que tuvo que dimitir por el desacuerdo de la junta con algunas de sus adquisiciones. En el proceso de Darder, que concluiría con su asesinato en 1937, se utilizó en su contra que había comprado obras en catalán para la entidad. La profesora feminista Cèlia Viñas fue también auxiliar de la biblioteca, en los años cuarenta.

La biblioteca, con 20.000 volúmenes, fue un puntal de la entidad: un espacio amplio, iluminado por una claraboya. Joan Alcover iba cada día a leer la prensa. Llorenç Villalonga fue otro habitual. Ernest Gaubert escribió allí parte de su novela La mallorquina, con un exceso de imaginación, según Màrius Verdaguer: relataba cómo los socios del Círculo lanzaban florecitas verbales a las mujeres que pasaban por delante, cuando eran “señores ya maduros, sosegados”, que no iban de galanteos.

La política y las mujeres

El Círculo no se buscó muchos problemas con los vaivenes políticos. En sus salones fue recibido con todos los honores Alfonso XIII –dos veces–, pero también Niceto Alcalá Zamora, presidente de la II República, y el dictador Franco. Las visitas reales ocasionaron tantos gastos que de aquí viene la célebre expresión “se hará lo que se deba y se deberá lo que se haga” de un miembro de la junta. Pero la situación del 36 sí que envenenó el panorama: el 18 de julio, el Círculo fue objeto de un intento de asalto por parte de los partidarios de la República, y aquella misma noche fue también uno de los lugares de concentración de los golpistas.

Aunque entre los presidentes del Círculo abundan los apellidos de la aristocracia mallorquina, la entidad admitió socios de la burguesía, e incluso xuetes, aquellos de los 15 apellidos considerados como los únicos descendientes de judíos conversos a causa de una falsa construcción que funcionó siglos, cuando muchos más mallorquines lo eran y lo son. Probablemente a ellos hace referencia la señora Obdúlia de Mort de dama, de Llorenç Villalonga, cuando lamenta: “En el Círculo, no va más que gente menuda (...) Yo no digo que, al cielo, no podamos ir todos, ya lo veremos, pero en el Círculo no deberían admitir más que a personas decentes”.

La leyenda urbana afirma que el contrabandista Joan March no había sido admitido como socio del Círculo y que habría construido su palacio justo al lado para vengarse. Pero, como puntualiza Munar, en ‘Verga’ no solo fue socio, sino que dio apoyo económico a la entidad. Su hijo Joan y su mujer, Carme Delgado, se conocieron en una fiesta de disfraces organizada por el Círculo.

En consonancia con el machismo imperante en la época, el Círculo vetaba el acceso a las mujeres. Solo podían acceder al vestíbulo, a excepción, claro está, de las fiestas, bailes y actividades culturales. En 1928 se presentó una propuesta para su admisión, con el objetivo de aumentar los ingresos gracias a sus cuotas, pero no se llegó ni a debatir. Eso sí, existía la categoría honorífica de socia de mérito.

Cuando se replanteó la admisión de mujeres en los años 70, un socio, el escritor, periodista y editor Lluís Ripoll, expresó su desacuerdo con un argumento irrefutable: los hombres justamente iban al Círculo para huir un rato de sus esposas, y ellas podían estar tranquilas, porque allí no se encontrarían con otras mujeres. En 1981 por fin fueron admitidas, y actualmente representan el 50% de los asociados.

Sala de billares del Círculo Mallorquín antes de 1908. Gabriel Nadal Clar. Cortesía de Pablo Nadal Arizaga.
La sede actual del Círculo Mallorquín.

Carme Riera en una posada de largo

La historia del Círculo, como explica Jaume Munar, fue una constante alternancia entre etapas de bonanza y otras de penurias económicas. Aun así, la construcción de la emblemática sala de las Cariátides, con decoración de Ricard Anckermann, salió adelante, aunque fue objeto de críticas del diario El Áncora por “ciertas figuras que son para vestir, y hacen temer que espanten de aquel lugar la virtud”. Hacia finales del siglo XIX, la entidad abordó una remodelación en profundidad, con la construcción de una nueva fachada.

La sala de las Cariátides, que hoy acoge los plenos parlamentarios, sirvió de escenario para fiestas y bailes, entre ellos, las puestas de largo, presentaciones en sociedad de las jovencitas de buena familia en los años 60. Entre ellas, la de la escritora Carme Riera, entonces de solo 17 años: “Me lo pasé muy bien”, rememora. “Tengo un recuerdo positivo” de aquella experiencia.

El Círculo desarrolló también una actividad cultural bastante significativa: conferencias, exposiciones y un concurso de pintura, y conciertos. Tenía una sección filarmónica y otra de literatura. Se rindió homenaje a autores como Oscar Wilde y Arthur Rimbaud; si bien el de Rimbaud, celebrado en 1954, se tuvo que cambiar de fecha, porque coincidía con las matanzas en casa del poeta Guillem Colom. En cambio, personalidades de la cultura como Antoni Maria Alcover y Miquel Costa i Llobera, como eran al mismo tiempo curas, no ponían los pies en el edificio de Palau Reial, por su carácter demasiado mundano.

En 1919 se montó cierto revuelo cuando expuso Bartomeu Ferrà y lo anunció con un cartel en catalán, por lo cual fue acusado de “separatista” por algunos socios y el cartel fue retirado. Poco después, sin embargo, en los años 20 el Círculo acogió actividades de la Asociación para la Cultura de Mallorca y, hacia los 50, en pleno franquismo, intervinieron nombres destacados en favor de la cultura en catalán, como Josep Maria Llompart, Bernat Vidal i Tomàs, Blai Bonet y Manuel Sanchis Guarner.

Otro aspecto significativo de la entidad eran las donaciones a causas y entidades benéficas. Alguna tan previsible como la que se hizo en plena guerra para el monumento al crucero Baleares en la Feixina de Palma. Y otras tan curiosas como la otorgada, años atrás, a los Obreros Albañiles Huelguistas.

Con las rápidas transformaciones sociales, el Círculo entró en decadencia y, con una importante deuda, vendió en 1983 la sede histórica y se trasladó a un nuevo local, Can Sancho, en la calle de Concepción de Ciudad. Aquí continúa sus actividades, actualmente bajo la presidencia de Ignacio Deyá Frutos, con 375 asociados y la herencia de una larga y agitada historia que ya se acerca a los dos siglos de trayectoria.

¡Qué escándalo! ¡Aquí se juega!

Los juegos de azar, como recoge Jaume Munar, fueron una práctica constante en el Círculo a lo largo de su historia. Por un lado, se trataba de una práctica no muy bien vista, si no directamente prohibida. Pero era factible practicarla de manera discreta tras las paredes del Palau Reial. Por otro lado, eran una fuente de ingresos esencial para la entidad.La junta directiva del Círculo andaba con cuidado para propiciar la vista gorda de las autoridades: los hacían socios de honor, los invitaban a las actividades y aportaban dinero a sus iniciativas. Aun así, la tolerancia no era completa. Ya en 1887 hubo una redada en su sede, se confiscaron el dinero y las barajas. Hacia 1904, cayó una multa de 500 pesetas, mucho dinero entonces, por aquella actividad prohibida.En otros momentos, el panorama era muy diferente. Socios de la entidad relatan que un gobernador civil era un jugador empedernido y visitante habitual, hasta el punto de que fue su mujer quien interpuso una denuncia. Esta situación surrealista recuerda al capitán Renault de Casablanca, cuando espeta aquello de “¡Qué escándalo! ¡He descubierto que aquí se juega!”, cosa que hacía todo el mundo en el café de Rick, empezando por él mismo.El nuevo régimen franquista miró hacia otro lado en materia de juego. En 1977, se instaló en el Círculo un bingo, cuyo mobiliario se aprovechó en un primer momento para la sala de sesiones, cuando se instaló allí el Parlament.Verdaderas fortunas cambiaron de manos en el Círculo. El abuelo de un socio actual perdió 35 fincas jugando a la ruleta y otros, tierras, casas, negocios y joyas. Eso sí, con rigor: algunos cuando iban ya llevaban las escrituras de las posesiones que se jugaban.

Información elaborada a partir de textos de Jaume Munar Arrom, Màrius Verdaguer, Julio Sanmartín Perea, Román Piña Homs, Catalina Martorell Fullana, Dolors Ladaria, Catalina Ensenyat, Josep Pla, Maria Antònia Perelló Femenia, Josep Massot i Muntaner y Félix Pons.

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