Una Renacimiento perpetua
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El pasado 25 de octubre, en el seminario que cada año celebra el Grupo Blanquerna, Damià Pons dijo unas palabras que todavía me dan vueltas por la cabeza. Aunque se suponía que participaba en una mesa sobre los cuarenta años de la Ley de normalización lingüística de 1986, nos acabó hablando (ahora no sé muy bien por qué, pero tenía todo el sentido del mundo) de las dificultades que históricamente ha tenido el mallorquinismo político para tomar vuelo. Nuestra suerte, dijo, fue contar con la circunstancia excepcional de que, entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, coincidieran en este nuestro país algunas de las mentes más brillantes que hemos tenido nunca: Miquel dels Sants Oliver, Joan Alcover, Gabriel Alomar, Antoni Maria Alcover y Costa i Llobera.
Y tenía razón. ¿Cómo se explica en una sociedad como la mallorquina de aquel tiempo? Con unos niveles de analfabetismo que rozaban el 80% y unas élites políticas perfectamente integradas en las estructuras de poder del Estado. Si eras una persona formada, acomodada y bien situada dentro de la sociedad mallorquina, reivindicar la personalidad política propia de Mallorca no solo era una actitud difícil de explicar sociológicamente, sino también en términos de incentivos individuales. ¿Por qué tenías que cuestionar un sistema en el cual, como periodista, abogado o intelectual de prestigio, podías vivir perfectamente?
Estos intelectuales, desde posiciones ideológicas diversas, compartían la convicción de que Mallorca no solo estaba sometida a unos intereses que le eran externos, sino que había asumido esta subordinación a fuerza de haber perdido la memoria de su pasado y de interiorizar un autoodio cultural que hacía que los mallorquines quisieran ser una cosa que no eran. Así las cosas, superar aquella alienación política y cultural era indispensable.
Pero mientras ellos se afanaban por popularizar estas ideas, predicando en un desierto, poetas y escritores mallorquines triunfaban en los Juegos Florales de Barcelona sin que aquel esplendor literario se tradujera necesariamente en una reivindicación política. Una cultura que alcanzaba prestigio más allá de la isla podía convivir perfectamente con una sociedad y unas instituciones plenamente integradas en la españolidad política dominante.
De esto se lamentaba el demasiado poco reivindicado Miquel dels Sants Oliver cuando criticaba la falta de un impulso militante en las letras mallorquinas, una actitud que relacionaba con aquello que llamaba el temperamento insular. No era que faltaran buenos escritores, sino que aquella vitalidad literaria no acababa de convertirse en una voluntad colectiva de transformación política.
Si me lo permiten, creo que hoy vivimos una situación que tiene muchas semejanzas con aquella. La cultura catalana en Mallorca atraviesa un momento de una vitalidad extraordinaria, en ámbitos muy diversos y con una producción editorial que, y también lo dijo el mismo profesor Pons, ha alcanzado cifras nunca vistas. Pero esta efervescencia cultural convive con una dimensión política escasa y desesperanzada. Y no hablo solo de partidos políticos: hablo también de la falta de consensos amplios sobre el autogobierno, la lengua y el futuro del país.
No todo es igual, por supuesto. Ahora muchos sabemos leer y escribir nuestra lengua. También los que vemos Mallorca como algo más que una «roqueta» somos un grupo que trasciende la intelectualidad y que, aun siendo minoritario, es consciente y militante. Pero el reto de fondo sigue siendo el mismo que hace más de 120 años, ¿cómo podemos evitar la disolución de nuestra personalidad colectiva y acabar convertidos en una gran urbanización de playa? ¿Cómo podemos aprovechar este momento cultural sin seguir los pasos de nuestros hermanos occitanos? Ellos también vivieron un gran renacimiento literario, con un premio Nobel de literatura incluido, que no impidió el retroceso posterior de su lengua hasta una situación de gran fragilidad. En definitiva, ¿cómo podemos ser un país?
De la misma manera que Miquel dels Sants Oliver, hoy yo también me lamento de esta “Renaixença” cultural mallorquina que no acaba de trasladarse a la política. Y no culpo a los escritores, que hoy son de los pocos sectores que tenemos claramente a favor. El problema es más profundo: una sociedad que, pese a tener una cultura propia extraordinariamente viva, aún tiene muchas dificultades para reconocerse como sujeto político. Para asumir que Mallorca es algo más que un territorio sobre el cual deciden los demás y que sin esta conciencia colectiva difícilmente podremos defender nuestros intereses.
Mientras no demos este paso, continuaremos viviendo la política como algo lejano, nos hundiremos más en la desesperanza y nos empobreceremos. Pero hay una vía que todavía no hemos explorado ampliamente, la de superar las imposturas españolistas y abrazar un proyecto renovador mallorquinista que nos permita pensar el país desde aquí. Desviando la mirada que tenemos todos hacia el continente y valorar lo que tenemos aquí sin pensarnos constantemente como un apéndice.
Es con esta voluntad que impulsamos Xaloc, una nueva revista que quiere contribuir a este enderezamiento ideológico y ofrecer un espacio desde el cual pensar Mallorca y su futuro. Ahora mismo estamos haciendo una campaña de micromecenazgo en Verkami para hacerla posible.
Hay trabajo por hacer y todavía estamos a tiempo.