El 'Réquiem' en el Liceo
La constatación de que todo aquello que se presuponía tuvo lugar apenas escuchar las sosegadas primeras notas de la orquesta
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PalmaEs imposible encontrar el adjetivo idóneo para calificar el monumental espectáculo que ofreció el Gran Teatre del Liceu con tan espectacular Réquiem de Verdi. Ver a la gran orquesta y al coro sobre el escenario ya era un claro presagio de las dimensiones de lo que vendría a continuación. Una impresión que aumentó exponencialmente cuando aparecieron Lise Davidsen, Aigul Akhmetshina, Freddie de Tomasso y Christian Van Horn, junto con el conductor de esta gran y exquisita multitud, Nicola Luissoti, un especialista verdiano que de alguna manera y sin duda se convirtió en otro de los grandes protagonistas de la apoteósica velada. Control absoluto, tempos milimétricos, precisión en cada indicación, pero, sobre todo, pasión, la que contagió desde el primer momento y mantuvo a lo largo de tan explosiva y gigantesca partitura, esta “ópera con vestiduras eclesiásticas”, como la definía Hans von Büllow, no precisamente como un halago, aunque hoy sí que lo es.
La constatación de que todo aquello que se presuponía tuvo lugar apenas escuchar las sosegadas primeras notas de la orquesta, pero que todo sería mucho mejor que cualquier otra conjetura anterior se hizo evidente con la primera intervención del coro, el Kyrie introductorio, de una transparencia infinita. No era todo. El Réquiem de Verdi fue ganando enteros a cada nueva intervención de cualquiera de los protagonistas, que fueron todos y al mismo nivel. Coro y orquesta se convertían en el envoltorio perfecto para cuatro solistas de una solvencia y prestigio incontestables, que exhibieron desde el Kyrie eleison, Christe eleison, con el que iniciaron su intervención. Una intervención que daba paso al abrumador Dies irae, y a partir de aquí todo hacia arriba y hasta el infinito, como por ejemplo y a continuación con el poderoso Tuba mirum
Lise Davidsen, en todo momento, mostró todas y cada una de sus virtudes, que aunque parezca imposible mejoran en cada nueva actuación. Así los filati sonaban como deben ser, como un hilo estirado y sin el más mínimo obstáculo, de una pulcritud excelsa y una duración que quedaba claro que podía ser aún más extensa. Por su fraseo o potencia, tampoco hay adjetivos. Freddie de Tomasso brilló con el exigente Ingemisco, mientras que la mezzo Aigul Akhmetshina, de voz opaca, pero sutil y poderosa, sin tenerlo fácil, mostró delicadeza en cada una de sus intervenciones. Christian Van Horn, el bajo que nunca decepciona, sino todo lo contrario, cumplió con creces y con la facilidad con la que siempre parece cantar. Para redondear tan mayúscula función, qué mejor que un Libera me sin mácula, a cargo de Lise Davidsen y el coro que tampoco olvidaremos jamás.