La diversidad desconocida
Aquello que no se conoce no se comprende, y aquello que no se entiende no se puede gestionar. Se da por hecho que todo el mundo conoce a grandes rasgos la religión mayoritaria en nuestra sociedad, pero no ocurre lo mismo con las religiones minoritarias. La diversidad religiosa es un hecho, pero más allá de las costumbres arraigadas en la tradición católica, de las otras no sabemos nada. No tenemos ni idea de qué creen, cómo viven y cómo expresan sus creencias nuestros vecinos que —parafraseando a Joan Estruch— son de “las otras religiones”.
En la escuela, la atención a la diversidad hace tiempo que es un eje central. Como mínimo, desde la aprobación de la LOGSE, hace ya 36 años. No es ninguna moda, sino un principio ético y pedagógico rector de toda la normativa y la práctica educativa. La diversidad es afirmada como un valor, estudiada para comprenderla, y clasificada para poder gestionarla. Esta evolución de la escuela es un reflejo del camino que ha recorrido el conjunto de la sociedad hacia la valoración de la diversidad como un principio democrático que favorece la convivencia. En la sociedad y en la escuela hemos avanzado en la apreciación y la atención de la neurodivergencia y la diversidad funcional, la diversidad de género y de orientación sexual, la diversidad cultural y étnica, la diversidad corporal, la diversidad de modelos familiares, la diversidad de estilos y formas de vida.
No quiero entrar ahora a discutir si en el contexto sociopolítico actual este consenso está en peligro. Eso sería motivo de otra reflexión. Me quiero centrar en otra cuestión: en el plano teórico, el consenso sobre la bondad del pluralismo y la diversidad es general, pero a la hora de trasladar estos principios al espacio público (escuelas, equipamientos, normativa), cuando la diversidad no se comprende se aborda como una fuente de resistencias, prejuicios y fricciones. Cuando la realidad diversa que hay que gestionar es suficientemente conocida, cuando los profesionales y los agentes sociales que deben tratarla han sido formados en ella, esta diversidad se puede gestionar. Pero cuando la realidad diversa es un mundo desconocido, o cuando nos pensamos que sabemos de ella, pero no somos capaces de ir más allá de cuatro tópicos, tenemos un problema.
Este es el caso de la diversidad religiosa. El sociólogo Joan Gómez i Segalà, en el libro Laïcitat, religions i prejudicis (Fragmenta, 2022) sostiene que para respetar realmente la diversidad no basta con aceptarla en la teoría. Es necesario analizar los propios prejuicios e identificar cuándo la ‘normalidad’ de la mayoría fuerza la asimilación de las minorías. A menudo sin querer, se ejerce una presión sobre las minorías para que se encuadren en patrones homogéneos más fáciles de tratar. La diversidad mola, pero la diversidad religiosa, como no sabemos casi nada sobre ella, se vive como un problema. En la escuela, y en la sociedad multicultural y multirreligiosa, no hay una mayoría de gente normal y una minoría con costumbres extrañas. La normalidad, como dice Gómez, es que Ahmed no come jamón, Joel no celebra su cumpleaños y Gagan Singh lleva dos moños en la cabeza. Pero de sus porqués no tenemos ni idea. En muchos casos ni siquiera sabemos cómo nombrarlos.
Por todo ello, recibí con satisfacción la noticia de la publicación del libro Diversidad religiosa en Menorca y sus reflejos jurídicos, de los juristas Catalina Pons-Estel y Marcos González, resultado de un trabajo de investigación becado por el Instituto Menorquín de Estudios. Si no me equivoco, es el primer estudio sobre diversidad religiosa que se publica en las Islas Baleares, más allá de algunos artículos académicos y reportajes de prensa. El esfuerzo es loable, pero el resultado no está a la altura de las expectativas. En ciertos pasajes, empezando por el texto de presentación, el texto tiene un aire ingenuo, con tópicos y clichés de marketing turístico. Un sesgo ideológico claramente conservador se manifiesta en argumentos que no aportan nada al análisis y que, por el contrario, comprometen su rigor. Y el conjunto presenta carencias respecto a los estándares de un ensayo académico, con errores impropios, como la atribución de los convenios de las administraciones con las confesiones religiosas en el ámbito legislativo, y no en el ejecutivo. Parece, además, que la investigación se ha hecho básicamente a partir de búsquedas por internet y la consulta de documentación. El resultado es una fotografía estática. Le falta vida, experiencia. No constan entrevistas a los protagonistas del pluralismo religioso menorquín. La vida de sus comunidades, sus inquietudes, su relación con la sociedad, quedan en la sombra. Paradójicamente, la mayor virtud de este trabajo es haber puesto sobre la mesa todo lo que no sabemos sobre la diversidad religiosa de Menorca. Es precisamente aquello que el libro no explica lo que habría que explicar. Y por eso sería deseable que esta carencia espolee a otros investigadores a tomar el testigo y ponerse a ello.