Literatura y silicio
Este verano, en las fiestas de Can Picafort, durante el piromusical con el que se rematan las celebraciones de la Virgen de Agosto, hicieron sonar una pieza de música rock que estaba compuesta por una IA.
Se ha puesto de moda desde hace una década o más compaginar los fuegos artificiales con música, todo para darle a todo ello un aire más épico, magnífico y emocional, pero no esperaba que ya se hubiera llegado al extremo de ‘componer’ música con IA, solo por hacer la gracia de escuchar una canción que habla de nuestro pueblo en concreto, y de las fiestas y la playa y el calor y la juerga, y además en catalán, en unas fiestas, por cierto, donde los actos públicos suelen tener un presentador que se dirige a la gente en forastero.
La pieza era más o menos horrorosa, pero hacía gracia por eso de escuchar un rock que habla de tu pueblo; la máquina se debe haber compuesto, gratuitamente, en pocos minutos, mientras que una pieza por encargo, hecha por un grupo de rock de la tierra, podría haber sido mejor, es cierto, pero también más cara.
De lo que se trata es de llenar vacíos, espacio o contenidos, como se dice ahora, y la IA puede hacer eso en cuestión de segundos; nadie de Can Picafort, todo sea dicho, pareció muy escandalizado por la tontería.
Pero quien se ha llevado las manos a la cabeza ha sido la sociedad literaria cuando ha visto que ciertas novelas premiadas y ya tenidas por medianamente buenas podían ser fruto del trabajo de la IA, por mucho que sus autores lo pretendan todavía negar con argumentos que no acaban de ser convincentes, al menos visto de qué manera la sociedad literaria los ha marginado. Una cosa curiosa en ambos casos (un haitiano y un peruano) es que las dos novelas tratan de las miserias del mundo, el periplo de un profesor por todo tipo de países que lo maltratan hasta llegar a Canadá, o la explotación de los trabajadores agrícolas en el caso del peruano.
La literatura parece que no es muy relevante: pueden ser libros más o menos mal escritos, pero revelan buenas intenciones morales, denuncias, pobrezas, explotaciones, y por supuesto, resistencia, oh. Y esto gusta más que la buena prosa o el dominio de unas formas narrativas exigentes. Aquí en casa tenemos también esta tendencia a valorar mucho la pobre artimaña de la literatura de la víctima, por encima de un arte literario que solo con que sea un poco eficiente ya puede terminar un triste robot.