'Homo tecnologicus': ¿propietarios de la herramienta o esclavos del algoritmo?
A mediados de marzo, desde la Federación de Enseñanza de CCOO en colaboración con la Federación de Movimientos de Renovación Pedagógica y Ecologistas en Acción, llevamos a cabo el congreso Tecnología y Educación: una visión Ético-Crítica con ponentes de altísimo nivel. Este congreso no fue por simple inercia académica, ni una cita más en el calendario, sino el resultado de una preocupación creciente por el rumbo que han tomado las nuevas tecnologías en la última década. Ya que estamos inmersos en una revolución digital, comparable a la revolución industrial del siglo XIX. Una revolución que está reconfigurando el ser humano en lo que podríamos llamar un Homo tecnologicus. No obstante, esta evolución parece no ser neutra, y debemos hacernos la pregunta: ¿Somos nosotros los que manejamos la herramienta, o es ella la que nos modela?Es fundamental entender que nada en el mundo digital es neutral, tanto en internet como en la nueva inteligencia artificial, se producen sesgos de información. Esto significa que los resultados que vemos dependen de fuentes que no siempre son objetivas, y hoy este poder está concentrado en manos de unas pocas empresas privadas, que de manera casual o causal, están entre las más ricas del planeta: Meta, Google, Apple, Microsoft y Amazon (AWS).Unas empresas cuyo modelo de negocio no es el servicio, sino la extracción y almacenamiento de datos susceptibles de ser vendidos; porque a menudo caemos en la trampa de creer que sus servicios son gratuitos. Sin embargo, en la economía digital, si no pagas por el producto, es porque el producto eres tú. Estas empresas han creado auténticas 'granjas de información' a través de algoritmos –esos códigos invisibles que deciden qué vemos y qué no– donde recolectan cada uno de nuestros datos, movimientos y gustos para después vender estos datos a terceros. Bases de datos diseñadas para controlar nuestros gustos y dirigir nuestro consumo de manera continuada, inducida y compulsiva; aprovechando que prácticamente todo el mundo tiene a su disposición un teléfono inteligente las 24 horas del día.La falta de transparencia en los algoritmos no es tan solo un problema comercial; puede suponer un riesgo democrático. Esta vigilancia digital puede tener consecuencias reales en campos tan delicados como el derecho, la economía, el mundo laboral..., ámbitos que deben ser regulados de manera urgente. No podemos permitir que un código informático sea una fuente de discriminación; si no fiscalizamos estos procesos, los algoritmos pueden convertirse en armas de manipulación y sesgos, en lugar de ser instrumentos de progreso. Necesitamos un marco legal que garantice que los procesos tecnológicos sean transparentes, controlables por el usuario y, sobre todo, respetuosos con los principios éticos. El almacenamiento de nuestros datos debe estar bajo la vigilancia de instituciones sociales representativas, y no exclusivamente en manos de intereses privados.Pero el impacto no es solo virtual, es físico y ambiental; el desarrollo tecnológico no solo queda en nuestras pantallas; tiene una huella física y dolorosa en nuestro planeta. Este desarrollo desmesurado a menudo ignora que recursos básicos como el agua y la energía son limitados. Son necesarios miles de kilómetros cuadrados para almacenar servidores conectados 24/7 con la refrigeración necesaria para que estos centros de datos funcionen, con la emisión de CO₂ que supone y la necesaria utilización de energía nuclear para el funcionamiento continuo.Para fabricar las baterías y los mismos dispositivos, se explotan materiales como el coltán, el cobalto, el níquel, el litio y otras 'tierras raras'; materiales que se extraen mayoritariamente en minas donde se fomenta la explotación infantil y se generan vertederos de residuos tóxicos que contaminan gravemente el medio ambiente; una factura que la están pagando principalmente los países subdesarrollados. Y solo puede ser una verdadera evolución si es sostenible y respetuosa con los derechos humanos en toda su cadena de producción. Es imprescindible gestionar de manera responsable los residuos, el consumo de los recursos y la huella hídrica. La ética digital debe ser, necesariamente, una ética ecológica.Uno de los puntos más críticos de esta revolución digital es cómo la tecnología afecta a los más vulnerables, y esta vulnerabilidad se hace más evidente en los menores y especialmente en la infancia. Las plataformas digitales utilizan la seducción para atraparnos, el diseño del scroll infinito –esta pantalla que nunca acaba y que carga contenido sin parar– está pensado para capturar nuestra atención y generar lo que hoy conocemos como adicción digital. Este comportamiento compulsivo nos hace perder la noción del tiempo, nos genera estímulos de recompensa inmediata y un consumo abusivo de estos. Los síntomas ya están contrastados: ansiedad al no estar conectado, aislamiento social, descuido de las responsabilidades, falta de sueño, trastornos de la conducta, problemas de aprendizaje, falta de concentración... evidencias más que suficientes para abordar esta problemática de manera inmediata.Como educadores, vemos con preocupación cómo estos efectos derivados de la saturación de pantallas se manifiestan en las aulas; informes globales como el PISA o el GEM confirman un retroceso generalizado en las competencias del alumnado desde la implantación masiva de la tecnología en los centros educativos. Al pasar de lo analógico a lo digital de manera tan abrupta, se han perdido procesos de construcción y relaciones neuronales esenciales para desarrollar las capacidades cognitivas en la infancia. En muchos lugares del mundo ya se está planteando la vuelta al papel, al lápiz y al libro de texto. Y es que parece que hemos cometido un error de concepto: hemos confundido educar en competencia digital con educar mediante competencia digital.No se trata de criminalizar la tecnología, sino de exigir que esté al servicio de las personas, la justicia social y la pluralidad cultural. Es urgente legislar, tan nacionalmente como internacionalmente, para que nuestros datos estén protegidos y los procesos sean transparentes. Necesitamos recuperar el papel de la tecnología para construir un mundo mejor, y no como una herramienta que condicione nuestra libertad y el futuro.Es imperativo que dejemos de ser espectadores pasivos de esta transformación, necesitamos una legislación valiente y una regulación estricta que garantice que la tecnología sea un motor de justicia social, pluralidad y sostenibilidad, y no una herramienta de manipulación. La tecnología debe ser un puente hacia el conocimiento y la igualdad; es hora de que el Homo tecnologicus recupere la soberanía sobre sus datos, que exija un entorno digital que proteja la infancia y respete los límites del planeta. Solo así conseguiremos que las máquinas trabajen para nosotros, ser propietarios de la herramienta y no esclavos de sus algoritmos.