Contra la cancelación del futuro, la reivindicación del deseo

16/05/2026
Activista ecologista
3 min

Muy a menudo y más recientemente, dentro de los círculos del pensamiento crítico, los ecologismos que pretenden la transformación ecosocial de nuestra realidad económica, los espacios que trabajan los imaginarios –desde el arte, la filosofía, la literatura y los activismos– surgen multitud de preguntas y reflexiones en torno al deseo. En un mundo donde parece que el horizonte está cancelado, en el cual parece que ante la magnitud y la aceleración de la catástrofe no hay ninguna otra posibilidad que la resignación y la resistencia, el deseo parece anulado. Efectivamente, en un mundo que colapsa, generar alternativas deseables se hace cada vez más difícil, incluso de imaginar. Deseo y esperanza van muy ligados, y la realidad que nos rodea parece cada vez más obstinada a arrebatarnos ambas cosas.Se piensa y se reacciona desde el miedo. El miedo al futuro, el miedo a los cambios inevitables, el miedo generado por la incertidumbre del abismo vivido o presentido, el miedo a lo que desconocemos… Y el miedo es una mala consejera, sobre todo cuando se aferra a lo conocido desde la desesperación porque lo considera supuestamente ‘seguro’. Pero lo conocido no es necesariamente ni seguro, ni mucho menos deseable. De hecho, aquello conocido requiere una revisión crítica siempre, para no reproducir, precisamente, aquello nefasto que nos ha traído hasta aquí.El miedo induce al odio, a la búsqueda de culpables, a destruir para tener la falsa sensación de 'control'. El miedo niega la vulnerabilidad y se aferra a una fortaleza ficticia que busca poder, reconocimiento y aliados. Es lo que Alicia Valdés comentaba en una entrevista que le han hecho estos días por la radio a propósito de la publicación de su libro Auge: la extrema derecha manipula el miedo para atizar los discursos de odio contra 'el otro' y siempre encuentra a otro (individual o colectivo) más débil, diferente o transgresor, al que convierte en amenaza contra la que apuntar. Y es una dinámica que no solo reproduce la extrema derecha, sino que malauradament se instala también en otros entornos y explica cómo, incluso en espacios de los movimientos que deberían ser transformadores, nos encontramos con la reproducción de estas dinámicas activadas desde el miedo (un miedo, evidentemente, nunca reconocido).Si en lugar del miedo, la amenaza permanente y la construcción y señalamiento de culpables se abogara por apelar al deseo, quizás podríamos generar presentes habitables. Desde los cuales establecer los vínculos y las complicidades afectivas y efectivas necesarias para dibujar los horizontes deseables de transformación y emancipación de una realidad que se nos impone a golpes de violencia, que acabamos reproduciendo a todos los niveles y entornos. Una realidad que en el presente, y precisamente por ello, se nos hace cada vez más invivible, que nos aboca a futuros que parecen ya desde hoy cancelados.Quizás la catástrofe más profunda de nuestro tiempo no es ninguna de las que ocupan titulares –ni la crisis climática, ni la guerra, ni el colapso democrático, ni tan siquiera la desigualdad obscena–, sino aquella que se esconde detrás de todas: la destrucción del deseo y de la esperanza colectiva en la transformación (deseable) de la realidad actual. La degradación de los vínculos sensibles con los demás, con el mundo y con nosotros mismos. La incapacidad progresiva de sentirnos interpelados por el deseo de transformación que históricamente ha inspirado todas las revoluciones (grandes y pequeñas, históricas y cotidianas, reconocidas y anónimas) y la disputa de las posibilidades (deseables) que el mundo de hoy se empeña en clausurar.Quizás una de las victorias más profundas de todos los movimientos reaccionarios instaurados por el miedo sumado a la nostalgia acrítica es hacernos creer que lo que nos hace fracasar son nuestras osadías, ingenuidades o errores por el hecho de desear algo diferente. Desear los (im)posibles. Y, mientras tanto, el marco de lo posible se continúa encogiendo.Con todo esto no quiero decir, en absoluto, que no debamos asumir la magnitud de la crisis o colapso del mundo global de hoy. Sin autoengaño. Sin consuelo fácil. Sin romantizar resistencias que también acumulan cansancio, fracturas, límites y, a veces, la reproducción de las mismas dinámicas de cancelación del miedo. Lo que sí quiero reivindicar, sin embargo, es que la mayor resistencia es negarnos a entregar del todo nuestra capacidad de sentir, de vincularnos, de imaginar, de disfrutar y, sobre todo, de desear. Porque si los movimientos reaccionarios aplican, sobre todo, una política de desensibilización, cualquier política emancipadora del futuro deberá empezar, antes que nada, como una política de re-sensibilización y reconstrucción del deseo.

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