Historia

Los mallorquines que hicieron la guerra en bici

Durante la Guerra Civil, Mallorca acogió el único batallón ciclista del ejército rebelde en todo el Estado, con cerca de 700 soldados. Los insurrectos lo crearon aprovechando la fuerte afición por las dos ruedas que en 1903 generó en la isla la inauguración en Palma del velódromo Tirador. En julio de 1937 la unidad partió a combatir a la Península.

Batalla ciclista de la II República en Alcalá de Henares, mayo de 1936. ARCHIVO Batallón de Infantería Ciclista de Palencia copia
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PalmaEl mariano Miquel Ferriol Estrany, de 81 años, guarda muy buenos recuerdos de los veranos de finales de los años 70. “Era cuando TVE comenzaba a retransmitir en directo y en color la vuelta ciclista a España. Con mi padre me sentaba delante del televisor a verla después de comer. Él tenía especial interés en los paisajes. Siempre me decía: ‘Muchas de estas etapas yo ya las hice de joven durante la guerra’. Era de las pocas ocasiones en que hablaba de la Guerra Civil. Después supe que en la Península había luchado desde un batallón ciclista”.

En la Primera Guerra Mundial (1914-1918) ya se formaron batallones ciclistas. Entonces no se quiso desaprovechar un invento del todo revolucionario que había nacido en Francia en 1861, doce años antes de la aparición del primer automóvil. Aparte de ser ligera, barata y no requerir gasolina, la bicicleta era un medio que no hacía ruido, a diferencia de los que iban con motor. Tampoco se desbocaba como los caballos, que siempre estaban necesitados de forraje. Los conocidos inicialmente como velocípedos también sirvieron para llevar el correo y las líneas telefónicas e incluso para evacuar heridos. Para transportar las municiones, había vehículos auxiliares (furgonetas y motocicletas).

Tomeu Ferriol Bergas, de soldado, a la derecha.

Luchando por el bando contrario

En 1931, con la llegada de la Segunda República, Manuel Azaña, presidente del Consejo de Ministros y ministro de Guerra, creó el primer batallón ciclista dentro del ejército español. El cuartel general se habilitó en Palencia (Castilla y León) y en mayo de 1936 se trasladaría a Alcalá de Henares (Madrid). Era una unidad integrada dentro del cuerpo de infantería ligera, con cerca de 900 soldados. Su papel en la Guerra Civil ha sido estudiado por el historiador madrileño Juan Carlos Diz Monje, profesor de la UNED. “En julio de 1936 –dice– la mayoría de los oficiales del batallón ciclista se sumaron al golpe militar. Aunque se rindieron de inmediato, los jefes fueron ejecutados y el resto, encarcelados. De esta manera, aquel batallón acabó por disolverse. Con todo, hubo escuadrones de milicias obreras que constituyeron de nuevo por diferentes lugares del país, algunos con presencia de mujeres. Mallorca, que de inmediato cayó en manos de los insurrectos, fue el único punto de todo el Estado donde el ejército rebelde creó su propio batallón ciclista. Pesaba mucho la fuerte afición que había en la isla por las dos ruedas a raíz de la inauguración en 1903 del velódromo Tirador, en Palma”.

Con un aforo para más de 3.000 personas, Tirador sería conocido como la ‘catedral del ciclismo’ de España. Fue la cantera de los primeros ídolos deportivos, antes que los futbolistas. Entre las figuras destacadas se encontró el felanitxero Simó Febrer, el lloretano Josep Nicolau, el algaidino Rafel Pou, el artanense Bartomeu Vaquer y el llucmajorero Miquel Llompart. El padre de Miquel Ferriol, Tomeu Ferriol Bergas, nació en Maria de la Salut en 1911 en medio de aquel furor por los pedales. En 1932 tuvo que dejar el trabajo en el campo para hacer el servicio militar en Inca. “Años atrás –cuenta el hijo– su hermano mayor había sido destinado al norte de África. Lo pasó tan mal que pidió a los padres que hicieran todo lo posible para evitar aquel trance al pequeño. Así, mis abuelos no dudaron en pagar 1.000 pesetas para que mi padre pudiera hacer la ‘mili’ cerca de casa”.

Tal como uno de sus admirados héroes, Ferriol cada día pedaleaba los 20 kilómetros de ida y vuelta que separan Maria de Inca. Los recorrió durante seis meses. Con todo, en 1936, al cabo de cuatro años, tuvo que volver a vestirse de soldado. “Los primeros a quienes los insurrectos llamaron a filas fueron quienes habían pagado la conocida cuota para hacer una ‘mili’ más favorable. En agosto ya lo enviaron a Manacor a repeler el desembarco de las tropas republicanas del capitán Bayo procedentes de Cataluña. Mi padre era simpatizante del comunismo, pero, por las circunstancias, no tuvo más remedio que luchar por el bando contrario”.

Ciclista represaliado

En Mallorca la represió se acentuó con la llegada de la expedición catalana, que después de tres semanas caóticas optó por reembarcar. En Algaida los fascistas se ensañarían con una de las estrellas del ciclismo del momento, el algaidense Joan Bibiloni Capellà, Monet. En 1935, junto con su paisano Rafel Pou, había sido uno de los primeros mallorquines en participar en la primera edición de la Vuelta a España, que, a raíz de la guerra, quedó suspendida hasta 1940.

Milicianos republicanos del batallón ciclista de Madrid.

Bibiloni, de 31 años, fue detenido un mes después de haberse escondido en una finca de Sant Jordi. A finales de agosto de 1936 ya era asesinado en el coll de la Grava, entre Montuïri y Sant Joan. “Aquel día –apunta la historiadora de Algaida Catalina Martorell Fullana– nació su cuarto hijo. Su muerte fue por motivos personales, ya que no estaba afiliado a ningún partido político. La memoria popular recuerda cómo un falangista comentó que Bibiloni ya no le ganaría nunca más en una carrera. A su mujer le confiscaron la tienda que tenían en Algaida y que hacía la competencia directa a las familias de comerciantes ricas y de derechas de toda la vida”.

En el Diccionari vermell, Llorenç Capellà aporta detalles de la crueldad que sufrió el algaidense: “Un grupo de hombres enloquecidos bajaron a otro hombre con las manos atadas de un coche –¿quizás era Joan Monet?– y lo lanzaron vivo dentro de una hoguera. El estallido de las brasas de la leña, los gemidos del reo y el bramido de los verdugos, recuperaron gloriosamente, por unos momentos, la Mallorca de la algarabía judía. Al cabo de un par de días, el porquero, un chaval con el juicio flojo, paseaba la cabeza medio chamuscada”.

Hacia la Península

Ajeno a aquella tragedia, poco podía imaginar Ferriol que tendría la oportunidad de ponerse en la piel de sus héroes de las dos ruedas. En mayo de 1937, a 26 años, fue destinado a El Arenal, donde se acababa de crear el primer batallón ciclista del ejército rebelde. “Se conoció –afirma Diz– como el 10º batallón y estuvo formado por unos 700 efectivos, según la documentación consultada. Quizás, sin embargo, fueron menos. Se constituyó con bicicletas incautadas a la población”. El 3 de julio de 1937 el soldado tuvo que embarcar con sus nuevos compañeros rumbo a Cádiz. “Allí –apunta el hijo–, lo eligieron entre 40 candidatos para hacer de corneta de la unidad. Tenía una buena caja torácica”.

Como corneta, Ferriol pedaleaba detrás del oficial, que iba en moto. Cuando se detenían en un lugar se encargaba de tocar los pertinentes avisos. “Como encabezaba la comitiva, era el que estaba más expuesto ante un ataque del enemigo. Más de una vez oyó silbar balas, aunque no lo llegaron a herir”. Después de haber estado por la zona de Extremadura y Guadalajara, los ciclistas isleños se dirigieron a Cataluña. “Cada día hacían muchos kilómetros. Se alimentaban de lo que les daba la gente. En algunos lugares también ayudaban a trillar a los campesinos mayores, que se habían quedado sin la mano de obra de los más jóvenes que habían sido reclutados. En Barcelona mi padre vio por primera vez un semáforo”.

Sobre el historial de servicio de Ferriol, el hijo no puede hacer más que fiarse de su palabra. “A mí me dijo que nunca disparó a nadie. Una de las prioridades de su unidad era llegar a la batalla del Ebro. Se encontraron un auténtico desastre”. La ofensiva republicana en las tierras tarraconenses se inició el 25 de julio de 1938 y pretendía detener el avance franquista sobre Valencia. Se enfrentaron 250.000 combatientes. Al cabo de cuatro meses, los republicanos optaron por retirarse. Aquella fue la batalla más larga y sangrienta de la guerra. Hubo 120.000 bajas entre ambos ejércitos: 30.000 muertos, 75.000 heridos y 15.000 prisioneros.

Comunista del bando vencedor

En la zona de los Pirineos, los mallorquines tuvieron un susto. “Un escuadrón republicano los detuvo. Sorprendentemente, sin embargo, no les hicieron nada. Los enviaron a la frontera con Francia, desde donde después entraron de nuevo en España. Entonces mi padre cayó enfermo. Le dieron un mes de permiso para que volviera a su casa a recuperarse”. Los rodadores isleños participarían en la caída de Madrid el 28 de marzo de 1939. “Una vez acabada la guerra –apunta el historiador Juan Carlos Diz–, el batallón ciclista del Arenal inspiraría la creación de tres más en El Escorial (Madrid), Jaén y Barcelona. Con todo, en 1943 todos se suprimieron, incluido el de Mallorca, por falta de interés de los mandos militares”. La isla, sin embargo, continuaría dando grandes héroes de las dos ruedas, como el sineuense Francesc Alomar, el palmesano Miquel Bover, el algaidino Andreu Trobat y el felanitxense Guillem Timoner.

De vuelta a Maria, siendo de ideología comunista, Ferriol se encontró formando parte del bando de los vencedores. “Enseguida –recuerda el hijo– se casó con mi madre. Yo nací a los seis años. Ella siempre decía que, después de estar dos años pedaleando por la Península, mi padre estaba más fuerte que nunca. No dejó de moverse en bici para ir a trabajar al campo. En la década de los 60, junto con otros soldados ciclistas, recibió un homenaje en Palma. Murió en el 2000, a los 89 años”.

Los 'moros' de Franco

El batallón ciclista de Tomeu Ferriol Bergas también estaba integrado por marroquíes que los insurrectos habían reclutado para la causa. “Fue –asegura el hijo– la primera vez que estuvo en contacto con los conocidos ‘moros’. Decía que siempre cantaban en árabe”. La presencia de musulmanes dentro de las filas rebeldes ha sido estudiada por el historiador aragonés Miguel Alonso Ibarra, profesor de la UNED. En 2025 publicó el libro Cruzados sin gloria. El ejército de Franco en la Guerra Civil (Editorial Pasado y Presente).“Los soldados magrebíes –apunta Alonso– procedían del protectorado español en Marruecos, que fue donde se inició la insurrección militar el 17 de julio de 1936. Los insurgentes no dudaron en incorporarlos a sus filas. Lo hicieron en un ejercicio de propaganda totalmente funambulesco. De considerarlos los enemigos históricos de la España cristiana, los presentaron como los buenos salvajes que, como creyentes en su dios Alá, ayudaban a combatir a los ‘rojos’, que eran vistos como ‘los sin Dios’. Sin embargo, fruto del racismo de los españoles, estos soldados ocupaban el último peldaño dentro del estamento militar”.Durante los tres años de guerra, en un ejército de cerca de un millón 200 mil efectivos había unos 60.000 reclutas magrebíes, lo que representaba el 5% del conjunto. “A diferencia de los soldados del bando republicano y del rebelde –afirma el historiador–, se apuntaron a la guerra de manera voluntaria. Fueron a cambio de una paga que les iba muy bien para mantener a sus familias, que vivían en la absoluta precariedad. Para fomentar su reclutamiento, los insurrectos respetaron sus costumbres, como por ejemplo las pausas y los ayunos durante el Ramadán. Nunca intentaron reconvertirlos al catolicismo”.Se calcula que de los 60.000 soldados musulmanes, murieron 20.000 en el campo de batalla. Otros lo hicieron a causa de enfermedades. Fueron enterrados de cualquier manera en fosas comunes, sin seguir los preceptos del Islam. En 2006 el testimonio de algunos de los supervivientes fueron recogidos en el documental Los perdedores, del melillense Driss Deiback. “Nos metieron –recordaba uno de ellos que volvió mutilado– como gatos en un saco, nos soltaron en España y nos dijeron: ‘¡A disparar o a morir!’”.La dirigente comunista Dolores Ibárruri habló de “morisma salvaje, borracha de sensualidad, que se aboca en terribles violaciones de nuestras jóvenes en los pueblos que han sido pisoteados por la pezuña fascista”. Mientras tanto, Franco no se cansó de hacer promesas a aquellos hijos de Alá. “Volveréis a vuestros pueblos con babuchas de oro”, les decía. La verdad, sin embargo, es que acabaron cobrando unas pensiones ridículas. El dictador tuvo su propia guardia pretoriana formada por magrebíes, la conocida ‘guardia mora’. A partir de 1980 algunos de sus hijos y nietos recalaron en Mallorca para trabajar en las marjales de sa Pobla, que habían quedado abandonadas con el boom turístico.

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