Una escuela.
15/05/2026
Dirección del semanario
2 min

PalmaEl Gobierno de Marga Prohens creará un Bachillerato de la Excelencia –nombre elegido por ellos mismos, con toda la carga ideológica que implica– y levantará un instituto específico para reunir a los alumnos “excelentes”. Cuesta encontrar una iniciativa más antipedagógica. O peor aún, más profundamente reaccionaria.

Hace décadas que el mundo educativo trabaja por una escuela inclusiva. Se han invertido esfuerzos inmensos en integrar a los alumnos con más dificultades, a evitar segregaciones por origen social, por capacidades, por lengua o por situación económica. Se entiende que la convivencia entre diferentes enriquece a todos, que la escuela no es solo un lugar donde adquirir conocimientos, sino también un espacio donde aprender a vivir con los demás. Y ahora resulta que tenemos que separar a los “excelentes”.

¿Qué es exactamente un alumno excelente? ¿El que saca mejores notas? ¿El que memoriza más? ¿El que encaja mejor dentro de un sistema de evaluación concreto? ¿Y qué pasa con el estudiante brillante en creatividad, en sensibilidad artística o en inteligencia emocional, pero mediocre ante un examen de Física? ¿Qué pasa con los alumnos que necesitan más tiempo o más apoyo?

La escuela, como la sociedad, debería incluir tanto a los que sobresalen por habilidades académicas como a los que sobresalen por las dificultades que tienen que superar cada día. Debe haber atención específica, refuerzos y estímulos para todos. Para que nadie se quede parado, para que nadie se quede atrás. Pero esto se tiene que hacer dentro de un mismo ecosistema humano, no construyendo compartimentos estancos. Porque los guetos siempre son una mala idea. Tanto si se crean por pobreza como si se crean por privilegio.

Este instituto de la Excelencia recuerda aquellas urbanizaciones cerradas donde los más ricos se aíslan de la realidad para no contaminarse con el resto del mundo. O aquellos vagones de primera clase donde parece que el valor de una persona depende del billete que puede pagar. Es un modelo educativo que enlaza con el elitismo, con una idea profundamente clasista de la sociedad y con aquel viejo aroma de escuela para elegidos, tan propio de determinados ambientes confesionales y conservadores. Un modelo Opus Dei, dicho raso y corto.

Sinceramente, dan una cierta lástima estos adolescentes convertidos en hijos oficiales de la excelencia. Pobres alumnos excelentes. Se perderán una de las experiencias más valiosas de la vida: crecer entre la diversidad. Compartir aula con quien piensa diferente, con quien tiene otros ritmos, con quien viene de otros mundos. Aprender que la inteligencia no siempre da matrícula de honor y que hay lecciones esenciales que no entran en Selectividad.

Quizás tendrán notas impecables, pero también puede ser que sean un poco repelentes, educados dentro de la burbuja confortable de saberse seleccionados. Y una democracia decente no puede educar a sus jóvenes dentro de la idea de que hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Esto no va de separar a los mejores. Va de garantizar oportunidades para que todo el mundo pueda llegar tan lejos como sea capaz.

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