De la españolización izquierdista a la reforma PP-Vox del Estatuto

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28/10/2026 - 07:45 h
Periodista

Que la política balear cada vez se hace más en clave nacional es un hecho indudable. Lo cual explica los resultados electorales. No solo los de las urnas generales, sino también los de las regionales. Esta tendencia —los pocos nacionalistas que quedan lo llaman “españolizar”— va a toda máquina, y en cada período de gobierno español en manos del PSOE se incrementa con mucha fuerza. Esto siempre ha sido así. Pero nunca tan intensamente como ahora. Y tiene toda la pinta de ser irreversible. Sobre todo, porque es llover sobre mojado.

A primera vista se ve con la recentralización de hecho que el ejecutivo socialista y neocomunista practica sin tapujos en las grandes cuestiones de interés nacional. Sin complejos, que decía aquel —que era de derechas, pero que los gobernantes izquierdistas de ahora han asumido. Y he aquí que los que decían que la defensa del autogobierno isleño era la esencia de su política e ideología también ya aplauden o, al menos, no se oponen a la invasión de competencias autonómicas, hasta el punto que piden la corrección o la intervención en materia de desmemoria franquista, vivienda... Una extraña manera de defenderlo. En el fondo, responde a la firme convicción de que el autogobierno solo es deseable si sirve para aprobar lo que a mí me gusta, pero, si no, que le den.

La nacional-españolización de la izquierda viene de hace bastante tiempo atrás. El movimiento llamado 15-M y la traducción orgánica que fue Podemos de él, fue un excelente ejemplo, en su caso, desde la ultraizquierda conservadora. También el PCE-IU-Sumar siempre estuvo en la misma línea, ahora bien, esta formación antes tenía cierta voluntad de al menos parecer que era diferente del PSOE, pero hoy ni disimula, es una mera sucursal del partido de Sánchez, y bien orgullosa que está, como no deja de demostrar.

Todo esto era bastante conocido. La novedad, a efectos regionales nuestros, la aporta la sección delegada del PSOE en Baleares. Porque los actuales dirigentes se foguearon en la línea contraria. Históricamente, el Partido Socialista local se dividía entre los ‘oficialistas’, que seguían al pie de la letra las consignas de la sede central —los Fèlix Pons, Ramón Aguiló, etc.—, y los críticos o ‘autonomistas’ —Joan March, Josep Moll...— que más tarde se llamaron ‘federalistas’. Entre estos últimos estaba —a mediados de la década de 1990— Francesc Antich, que creó el eslogan ‘Debemos ser más PSIB que PSOE’ con ocasión de las primeras elecciones internas para elegir cabeza de lista para las autonómicas de 1999. Todo el mundo lo entendía: apuestas a fondo por el autogobierno. Nadie hasta entonces había apostado, dentro de uno de los dos grandes partidos, por una opción tan autonomista. No queda ni el recuerdo.

Francina Armengol era discípula de Antich. Concordaba con él porque hacía gala de un verbo en extremo autonomista, en su caso, fruto de la evolución ideológica desde el independentismo de los años de estudiante en Barcelona —militaba en el Bloc d’Estudiants Independentistes— hasta el pragmatismo por el poder. Lo que nadie se imaginaba era que la aplicada alumna federalista de entonces acabara por convertirse —la necesidad obliga— en abanderada del PSOE más centralista.

No es solo el PSOE isleño el que ha cambiado. Tampoco MÉS había tenido nunca —desde los tiempos en que eran los respectivos PSM— una práctica —otra cosa es el discurso— tan poco favorable al autogobierno isleño como ahora. Resulta llamativo que ellos, autotitulados ‘soberanistas’, militen con tanto entusiasmo sin complejos en las filas socialistas a través de la mencionada delegación PCE-IU-Sumar-Front: cualquier cosa vale, incluido el centralismo, si es para defender al PSOE frente al PP-Vox. O sea: el autogobierno puede ser secundario, o, incluso, prescindible.

Estas actitudes han ido creando un ambiente político local en el que los grandes temas del debate político son —cada vez más— los mismos que los nacionales. Cosa que llega a manifestarse de manera esperpéntica, como el caso de la acampada a la moda madrileña de la plaza de España, en Palma.

Por descontado, cada uno hace lo que puede, quiere o le dejan hacer. Sobre todo para sobrevivir y comer. Pero no deja de llamar la atención que la izquierda —tanto la progresista como la conservadora— haya jugado tan a fondo a favor de la nacional-españolización de la política balear, especialmente porque ha creado un escenario perfecto para la derecha. No consta si se da cuenta o no, pero tanto da a efectos del resultado.

Un ejemplo potencial: imagínense que en medio de este ambiente el PP y Vox sacan el mes de mayo 40 diputados —ahora están cerca— del Parlamento, en sintonía con la intención de voto nacional. Mayoría cualificada. O sea: la necesaria para cambiar a voluntad la ley electoral o reformar el Estatuto como quisieran —el catalán, para empezar—, que con una mayoría derechista en el Congreso se aprobaría sin problema y, ni de broma, la izquierda podría soñar con tener un día suficiente fuerza para revertirla.

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