El agua encuentra su camino y Leonardo ya lo sabía

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27/10/2026 - 07:47 h
Periodista

En el Códice Leicester, Leonardo da Vinci dirigió su talento para entender el mundo al estudio del agua. Observaba sus remolinos, sus corrientes y la capacidad de erosionar la tierra para comprender cómo una misma fuerza podía crear la vida, modelar el paisaje y provocar catástrofes. Y aquí es a donde quiero ir, a las catástrofes. Porque cinco siglos después, ante la última dana que ha afectado a las Baleares y ha despertado torrentes olvidados nos podemos preguntar qué estamos haciendo para adaptarnos a una situación climática que ya no es ninguna sorpresa. Y quiero decir qué estamos haciendo además de limpiar imbornales, retirar hojas y arreglar torrentes para prevenir inundaciones. Por cierto, de la diferencia entre limpiar torrentes y dejarlos muertos se podría escribir otro Códice. Pero vayamos por partes.

La borrasca Adam ha dejado centenares de incidencias e imágenes todavía poco habituales en el Archipiélago –carreteras cortadas, casas inundadas, cascadas en los acantilados de Formentera y playas desaparecidas– y ha batido récords de precipitación de un mes de octubre en las Pitiusas, con el volumen más elevado registrado en 75 años. Las imágenes que me han parecido más significativas son aquellas de torrentes desbordados que han arrasado playas, se han llevado tumbonas, pasarelas de paseos costeros y torres de vigilancia por delante. Playas enteras han perdido la arena. Estas imágenes son las que me dan la medida de la enorme distancia que hay entre aquello que hoy sabemos sobre el cambio climático y la manera como respondemos a él. Y lo son porque sé perfectamente que, cuando toda el agua se haya filtrado a las capas freáticas o haya llegado al mar, cuando vuelva la calma, cometeremos los mismos errores de siempre; reconstruiremos paseos, incluso construiremos otros nuevos, y continuaremos pensando que podemos seguir viviendo como si no pasara nada.

Leonardo no se conformaba con contemplar el agua, sino que quería entender su movimiento y sabía que los obstáculos modificaban las corrientes y que las formas del lecho y de las orillas condicionaban la erosión. Un torrente no es un accidente geográfico que podamos ignorar porque durante meses, años o décadas no haya circulado agua. Es una parte del sistema natural que recoge y conduce la escorrentía hacia el mar y cuando llega una precipitación extraordinaria, el agua recupera su espacio y encuentra el camino al mar. Tanto si te gusta como si no. Y si, para limpiarlo, al torrente le arrancamos toda la vegetación que ralentizaría la velocidad del agua, ya lo estamos haciendo mal. Pero hay más, porque a menudo en estos torrentes o antiguos cursos hídricos hemos construido y hemos instalado cosas. Lo que sea. Cosas. Y el agua no reconoce licencias urbanísticas ni concesiones.

¿Qué parte de las consecuencias de Adam depende del mismo fenómeno meteorológico y qué parte, de la manera como hemos transformado el territorio?

Hemos impermeabilizado suelos, ocupado llanuras inundables, multiplicado infraestructuras y sobresaturado la costa en nombre del turismo. Todo sin asumir las consecuencias hidrológicas de estas acciones. Y lo más preocupante es que seguiremos el mismo camino imprudente porque los lobbies de presión de las Islas no dejarán que se pare la maquinaria, aunque nos destruya a todos.

Los modelos climáticos nos advierten de que el Mediterráneo es especialmente vulnerable al calentamiento global. Una atmósfera más cálida puede contener más vapor de agua y favorecer precipitaciones más intensas cuando se dan las condiciones adecuadas. Combustible. Esto no significa que cada dana sea atribuible exclusivamente al cambio climático, ni que la ciencia pueda anticipar con exactitud los detalles de cada episodio; significa que debemos hacer lo posible, por una parte, para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y potenciar los sumideros de carbono naturales protegiendo los ecosistemas y, por otra parte, adaptarnos a los efectos que ya no podemos evitar, como los temporales catastróficos. Debemos renaturalizar las costas, para empezar, y entender que, sea por el oleaje de un temporal, la subida del mar o el agua de los torrentes, las instalaciones litorales tienen los días contados.

Pero ni reducción ni mitigación. No hacemos ni una cosa ni la otra. Mientras los científicos nos señalan el meteorito, las Islas aumentan las conexiones aéreas, el número de pasajeros, los vuelos privados, la construcción, la presión sobre los recursos… Aún más, por si todo esto no fuera suficiente, ahora construiremos viviendas con el dinero de la ecotasa. Es decir, un dinero que se tendría que destinar a reparar los destrozos que provoca el turismo lo invertiremos en continuar construyendo en unas islas donde sobra el cemento y falta cultura medioambiental. “Más madera”, que diría Groucho Marx.

No nos adaptaremos a un clima cambiante si nos obstinamos en mantener intacto el modelo de crecimiento que multiplica nuestra vulnerabilidad.

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