El turismo: ¿regeneración o decadencia?
¿Qué pasa cuando un destino turístico llega a la madurez?
En el año 1980, el geógrafo Richard Butler publicó en The Canadian Geographer un trabajo sobre la evolución de los destinos turísticos. Describía cómo nacen, crecen, se consolidan y llegan a la madurez. A partir de aquí pueden regenerarse o entrar en decadencia. Han pasado más de 40 años y me pregunto si no deberíamos releer a Butler antes de continuar alabando cada nuevo récord turístico.
No creo que nadie pueda discutir seriamente la prosperidad que el turismo ha aportado a las Baleares. Durante décadas, cada nueva inversión abría oportunidades que iban más allá de la empresa que la realizaba. Conexiones mejores, más servicios, nuevos mercados y trabajo para mucha gente. Pero me pregunto si las condiciones que hicieron posible aquella prosperidad siguen siendo las mismas.
Chao, Hazari y Sgro estudiaron en Research in International Business and Finance (2004) cómo el crecimiento turístico podía acabar perjudicando el bienestar de los residentes a causa de las externalidades sociales y los efectos sobre los precios. Tchetchik y otros investigadores mostraron en European Review of Agricultural Economics (2012), al estudiar el turismo rural, que un destino podía llegar a tener más alojamientos de los que convenían al conjunto de la sociedad, aunque continuasen siendo rentables para los propietarios. Más recientemente, Calveras y Sákovics, en SERIEs (2026), han estudiado los efectos de la congestión turística y cómo una tasa bien diseñada podría mejorar el bienestar de los residentes sin perjudicar necesariamente los beneficios empresariales. Es decir, podemos continuar haciendo buenos negocios con el turismo cuando ya hemos superado el nivel de actividad que más nos conviene como sociedad.
Desde la economía del bienestar sabemos cómo plantear este cálculo. Deberíamos valorar qué aporta una actividad turística adicional y qué nos cuesta realmente, incluyendo lo que no aparece en ninguna factura. No es un estudio sencillo, pero tampoco partimos de cero. Y quizás descubriríamos que con menos turismo, e incluso con un PIB más bajo, viviríamos mejor. Me sorprende que, con todo lo que nos jugamos, este ejercicio todavía no ocupe un lugar central en el debate sobre el futuro turístico de las Baleares.
Pienso en el agua. Hace 50 años, construir un chalet con piscina podía parecer una decisión sin mucha trascendencia. Después construimos cientos, miles, y ahora casi parece que una casa sin piscina sea una casa inacabada. Si puede ser grande, mejor. El problema es que los acuíferos no han crecido al mismo ritmo. Una piscina más ya no tiene las mismas consecuencias que hace 50 años. La piscina no ha cambiado; ha cambiado la escasez del agua.
Y con el suelo pasa algo parecido. Cada nueva inversión tiene que competir por un espacio que también necesitamos para otras cosas. Podemos continuar encareciendo el metro cuadrado tanto como queramos. Lo que no conseguiremos es que las islas tengan más metros cuadrados. Por eso pienso que recursos como el suelo o el agua no pueden quedar sometidos únicamente a quien ofrece más dinero. Primero deberíamos garantizar las necesidades básicas de los residentes. Y si después hay recursos para satisfacer otras demandas, incluidas las del turismo, que pague el coste real quien los consuma. No deberíamos continuar pagándolo entre todos. Solo faltaría.
En economía hay un punto de inflexión a partir del cual una actividad adicional puede costar a la sociedad más de lo que le aporta. Y este punto no coincide necesariamente con el momento en que deja de ser rentable para las empresas. Esta diferencia es importante. Podemos continuar inaugurando hoteles y haciendo buenos negocios mucho después de haber superado el nivel de actividad que más nos conviene.
Pienso que Mallorca y las Pitiusas hace años que han dejado atrás este punto. Y no por poco. Basta mirar qué pasa con la vivienda, con lo que nos cuesta llenar la cesta de la compra y con cosas que antes hacíamos sin tener que pensar mucho: ir tranquilamente a una playa, visitar a unos amigos de otro pueblo o subir a Lluc sin encontrar una caravana de bicicletas. Mientras tanto, seguimos alegrándonos de los récords. Menorca todavía puede evitar algunos de estos errores, pero también avanza por el mismo camino.
Ahora bien, hay una cuestión que me preocupa especialmente. ¿Qué pasa cuando ya hemos ido demasiado lejos y una buena parte de la economía depende precisamente de mantener este volumen de actividad? Los negocios funcionan, las inversiones todavía son rentables y los gobiernos pueden presentar buenas cifras. ¿Quién tiene interés en reconocer que quizás nos convendría tener menos actividad turística?
Aquí es donde la madurez se convierte en un problema difícil de gobernar. Lo que nos ayudó a prosperar hace 50 años no tiene por qué ser bueno todavía hoy. Recuperar un nivel de actividad que beneficie al conjunto de los residentes puede exigir renunciar a inversiones que todavía darían mucho dinero. Y no nos engañemos: habrá quien no quiera renunciar. Sobre todo si los beneficios son suyos y las consecuencias las tenemos que soportar los demás.
Por eso creo que la discusión pendiente no es cuántos turistas más podemos recibir. Es qué cantidad de turismo nos conviene realmente. Y si ya la hemos superado, cómo volvemos a un nivel que nos permita vivir mejor. No será sencillo, pero tampoco veo por qué deberíamos continuar facilitando actividades que nos pueden acabar empobreciendo como sociedad.
Butler no decía que la madurez tuviera que acabar necesariamente en decadencia. Pero tampoco aseguraba que un destino se regenerase por sí solo. Podemos tener hoteles llenos, más visitantes que nunca y una economía turística que continúe facturando millones mientras la vida de los residentes se hace cada vez más difícil. Y llegará un momento en el que tendremos que decidir si queremos corregir este camino o continuar como hasta ahora.
Podemos aumentar las inversiones, los hoteles, las piscinas y los visitantes. Pero hay una cosa que no podemos aumentar: las Islas Baleares.
¿Seremos capaces de regenerar nuestro modelo turístico para que vuelva a contribuir al bienestar de la gente de nuestras islas, o dejaremos que la suma de los intereses particulares nos lleve, poco a poco, hacia la decadencia?