El enderezador

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28/10/2026 - 07:30 h
Escritor

A raíz de una concepción inconvenientemente hedonista de la lectura, las conocidas como ‘lecturas obligatorias’ en escuelas e institutos empezaron a tener mala fama. Parafraseando a Borges, se decía que ‘lectura obligatoria’ era un oxímoron, porque toda lectura implica placer, y no hay nada obligatorio que dé disfrute de verdad. Pero en los centros educativos todo es obligatorio: lo son las tablas de multiplicar, o la tabla periódica de los elementos, o la gramática, incluso los horarios. Aprender implica ceder y ponerse al servicio de unos conocimientos, o de unos saberes que se deben imponer como se imponen siempre las verdades; estas se supone que no obedecen a nadie, sino que somos nosotros los que tenemos que ir detrás. El fin de las lecturas obligatorias no significó más que ya no eran obligatorias por ley y comunes en todo el país, sino que se dejaba a los centros la elección de las obras. En mi tiempo se compaginaban los clásicos de la literatura catalana y castellana con libros más actuales y accesibles, a menudo incluso comerciales, finalmente de una calidad más que cuestionable, que hacían brillar por contraste las obras importantes o canónicas que, a menudo a contrapelo, nos teníamos que tragar.

Que fuera difícil, en principio, leer ciertos libros escritos muchos siglos atrás o que tenían un lenguaje y una narrativa que no era la, para nosotros, convencional, lo convertía todo en un reto, en una clave importantísima para nuestro aprendizaje y formación. Si no hubiera sido por aquellas ‘lecturas obligatorias’, hay mucha gente que no habría leído nunca ciertas obras –o nada–; a menudo encuentro a viejos compañeros de estudios que todo lo que recuerdan de los años de instituto son las horas de lectura de obras que quizás no les gustaron mucho, pero que de alguna manera les hicieron abrir horizontes, o pensar y sentir cosas que han sido importantísimas, y ahora lo agradecen, aunque todo sea para poder decir que tienen cierta cultura.

Una sociedad sin unos referentes literarios compartidos también es una sociedad sin memoria, sin un pasado literario común en el cual nos podemos mirar. Ahora todo es inmediato, frívolo y ligero, cosas –libritos– que se leen para pasar el rato o para educar no el gusto literario sino determinadas formas de moralidad.

En la escuela no te han de dar lo que te gusta, sino enseñarte aquello que no sabes que te puede gustar. El mundo del conocimiento y del saber a menudo no se deja conquistar sin un cierto esfuerzo. Si un rasgo tienen los clásicos es que continúan diciéndonos cosas que quizá no queremos oír, porque vienen acompañados de extrañeza y de dificultad, además de un contexto que tal vez ahora no es ‘políticamente correcto’. En nombre del placer o de la facilidad empobrecemos la vida de nuestra juventud, que todavía no sabe que aquello que hará su vida mejor son los placeres que habrá tenido que aprender a apreciar. No podemos obligar a los jóvenes a amar la literatura. Pero ya vemos qué mundo tenemos, forjado por sus menospreciadores. Nos convenía mucho más a todos que se hubiera llegado a la edad adulta habiendo pasado por el filtro de tener que leer alguna cosa valiosa.

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