La temporada turística 'vacía' las aulas de la UIB

Trabajo, IA y nuevos hábitos de aprendizaje alimentan un absentismo creciente que obliga a repensar el modelo de presencialidad universitaria

UIB, Estudiantes, Campus, Universidad
11/06/2026
4 min

PalmaLas aulas de la Universidad de las Islas Baleares (UIB) se vacían cada vez más pronto. Después de Pascua, coincidiendo con el inicio de la temporada turística, el absentismo se acentúa especialmente en los cursos superiores, donde muchos estudiantes compaginan estudios y trabajo. “Entre un 30 y un 40% de los alumnos pueden dejar de venir a clase porque trabajan”, asegura el profesor David Abril, que considera esta tendencia “estructural” y estrechamente vinculada a la realidad del mercado laboral y a la necesidad de pagar los estudios de manera autónoma. Con todo, el absentismo en aumento de los estudiantes a lo largo de todo el curso es un tema que ocupa a la comunidad universitaria.

La UIB no dispone de datos sobre la asistencia porque no es obligatoria, pero aporta una perspectiva: "El absentismo es un fenómeno cada vez más habitual en los campus del Estado, aunque varía según la titulación, el peso de las prácticas y la cultura docente. La postpandemia ha normalizado la flexibilidad y el acceso remoto a los contenidos, mientras que la tecnología ha transformado los hábitos de estudio y ha desplazado parte del valor de la clase magistral. Ante esto, las universidades afrontan un reto de adaptación", exponen fuentes oficiales de la universidad. “No tenemos una cuantificación exacta, pero sí que es verdad que la asistencia de los alumnos a clase ha bajado bastante”, añade, por su parte, Biel Cardona, director de la Escuela Politécnica Superior.

Cardona expone que el fenómeno del absentismo no se entiende sin el cambio en la manera de acceder al conocimiento. Si hace unas décadas ir a clase era prácticamente imprescindible, hoy este monopolio se ha diluido. “Hubo un momento en que el estudiante iba a clase porque era una fuente de conocimiento a la que no podía acceder de otra manera”, recuerda. Ahora, en cambio, “el trabajo del profesor de adaptar el conocimiento también lo hace la IA”.

Dar valor añadido

El cambio tecnológico obliga a redefinir el sentido mismo de la presencialidad. “La clave es encontrar la manera de que el estudiante reciba valor añadido yendo a clase”, defiende Cardona. Por eso, considera que ya no funciona la lógica de la asistencia por obligación o por inercia cultural. “Ahora la idea de ir a clase por quedar bien cada vez se va diluyendo más”, lamenta, y alerta también de un “efecto llamada” entre estudiantes: si algunos dejan de ir, otros también lo hacen.

La situación preocupa porque se da incluso en estudios con notas de corte elevadas. “Hay carreras como Medicina en las que la asistencia también es baja”, señala Cardona. En algunos casos, explica, los estudiantes se organizan para reducir aún más la presencialidad: “Tienen montadas comisiones de apuntes: un día va uno, un día otro...”.

Para muchos estudiantes, la presencialidad pierde sentido cuando la clase se limita a reproducir contenidos que ya tienen disponibles. Un alumno de segundo de Historia considera que muchas asignaturas continúan demasiado centradas en la clase magistral. “Hay profesores que simplemente leen durante dos horas. Si el contenido ya está en los libros de la guía docente, me sale a cuenta si estudio por mi cuenta”, explica.

Clases magistrales densas

Abril coincide que el sistema necesita una revisión profunda. “Aún abunda el profesor de clase magistral infumable”, afirma. Según él, el problema es estructural: la universidad prioriza la investigación por encima de la docencia. “El plan Bolonia considera la docencia casi un castigo. Si publicas mucho y tienes proyectos, te quitan horas de clase; si no, te las aumentan”, critica. Esto, añade, acaba derivando en profesores poco motivados y clases repetitivas.

A pesar de todo, tanto Abril como Cardona coinciden en que la solución no implica hacer obligatoria la asistencia. “Si la única manera de conseguir que vengan es pasar lista y decir ‘si no vienes, suspendes’, no es la solución”, sostiene Cardona. La normativa de la UIB prevé que, en el marco de la evaluación de las asignaturas, algunos elementos de evaluación vinculados a los créditos prácticos pueden incorporar un determinado porcentaje mínimo de asistencia a las sesiones prácticas correspondientes. Este requisito, en su caso, debe definirse y concretarse explícitamente en la guía docente de la asignatura.

En la Facultad de Derecho, el vicedecano Josep Horrach explica que solo una asignatura evalúa la asistencia, y representa aproximadamente un 10% de la nota. No puede restar, solo sumar. “Lo que tenemos que hacer como profesores es incentivar la implicación de los alumnos”, defiende. En esta línea, la facultad ha introducido cambios metodológicos: horarios más concentrados, actividades asíncronas, pódcasts, foros y uso intensivo de recursos digitales. “Hemos hecho horarios más flexibles y conciliadores, que favorecen el trabajo autónomo”, explica.

Precisamente la conciliación es uno de los factores más repetidos entre los estudiantes. Una alumna de primer de Educación Primaria explica la dificultad de compaginar estudios y trabajo. “Los horarios están pensados como si la universidad fuera una escuela y no como un lugar donde hay gente que trabaja. Abril lo contextualiza: “Muchos de estudiantes priorizan inevitablemente el trabajo porque es una necesidad económica. No se lo ponemos fácil”, resume. En este sentido, apunta que modelos más flexibles y virtuales ganan peso porque responden mejor a la realidad.

Poca asistencia, de siempre

Jesús Revelles es vicedecano de Filosofía y Letras y coincide en que el perfil de alumnado ha cambiado. “Aproximadamente un 25% de los alumnos del grado en Filología Catalana son estudiantes que hacen segundas carreras o mayores de 25 años, gente que trabaja y que no puede venir cada día”, explica. Él mismo añade que, a pesar de la alarma actual, el absentismo no es un fenómeno nuevo. “Cuando nosotros estudiábamos también había absentismo, y tanto”, recuerda.

Un alumno de tercer de Derecho defiende una visión más pragmática. “Hay profesores muy buenos que hacen debates, casos prácticos y sesiones que realmente valen la pena. Pero también gente frustrada que querría no ser esto”, explica. Por eso considera que la universidad “no ha de ser obligatoria” y que cada estudiante ha de poder decidir cómo aprende mejor.

La irrupción de la IA añade aún más presión sobre la renovación universitaria. “Los profesores hemos de ser conscientes de que competimos", resume Abril. Esto obliga, según él, a repensar el modelo docente y a ofrecer una experiencia que no sea sustituible. “Hemos de encontrar una fórmula que no se pueda sustituir”, coincide Cardona. El reto ya no es llenar las aulas, sino hacer que haya motivos para querer estar en ellas.

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