Pollença y la OS IB
PalmaContinúa la tradición. El Festival de Pollença, este año más orquestal que nunca, ha incorporado de nuevo la presencia en su programación de la Orquestra Simfònica Illes Balears. Es el colofón de oro a la siempre densa temporada, como un merecido regalo de prestigio. La ocasión disfrutó de la dirección de Patrick Hahn y del violonchelista Alban Gerhardt como solista interpretando el Concierto para violonchelo en mi menor op. 85 de Edward Elgar. Una obra de madurez, su última pieza orquestal, como un testamento, el de un hombre mayor y enfermo que averigua el final de su existencia y quiere explicar su estado con este intenso y doloroso gemido. Ni un brote de entusiasmo desde el lamento inicial del instrumento solista, que no hace otra cosa que presagiar y confirmar todo lo que vendrá a continuación, cuando las violas le acompañan en este primer, sombrío y profundo paseo. Un adagio moderato. Alban Gerhardt, gran protagonista, consiguió hacer surgir de su instrumento la inmensa riqueza melódica que atesora la composición, con una lectura muy introspectiva que, de alguna manera, aportaba fidelidad al espíritu del original. Patrick Hahn, el joven director austriaco, por un lado, y la Simfònica, por otro, ofrecían la imprescindible ponderación y circunspección para conseguir el idóneo equilibrio de una partitura que concentra belleza y tristeza a partes iguales. Con un Preludio de Johann Sebastian Bach, Alban Gerhardt hizo como si terminara su intervención.No fue así. Un detalle que lo honra, y no es menor. Significativo. Alban Gerhardt se incorporó a la orquesta para interpretar la pieza que coronaba la función, la luminosa Shérezade op. 35 de Nikolái Rimski-Kórsakov, basada en algunos de los cuentos de Las mil y una noches, los cuales la protagonista que da título a la composición explicaba al sultán Shariar para aplacar su ira. Pero esta es otra historia. La composición es todo un escandallo de delicadezas con que algunos de los instrumentos lucen sus mejores virtudes. Así, Spahiu, Bleuse, Miralles, Arnal y Fortea —violín, violonchelo, flauta y oboe— exhibieron muchas de sus habilidades en una pequeña gran maravilla que de tan colorista que es nunca deja de brillar, tal como sucedió en este segundo concierto del Festival de Pollença. Un segundo concierto que se inició con un Preludio de Tristán e Isolda, que, de alguna manera, sufrió el mal de las referencias, pero que en cualquier caso sirvió como buen prolegómeno de la pieza del británico. Un alemán, un británico y un ruso… nos ofrecieron otro buen concierto del nivel y prestigio del acontecimiento que nos ocupa y ocupará todo el mes de agosto.