Estimados amigos blancos heterosexuales

La deconstrucción masculina empieza cuando se deja de callar ante los privilegios y las actitudes machistas de los propios amigos

Si parece difícil defender a la víctima, imaginaos serlo, como La furia.
09/08/2026 - 15:51 h.
4 min

Palma‘Ojalá tener la seguridad de un hombre blanco heterosexual’ es una frase que hemos adoptado en mi grupo, y que decimos más a menudo de lo que nos gustaría. Somos mayoritariamente gays and girls y no tenemos muchísimos, de amigos hombres blancos heterosexuales. Quizás por eso, porque no estamos acostumbrados, sabemos distinguir rápidamente el exceso de seguridad de algunos. Son gestos con los que demuestran que el mundo los ama incondicionalmente, que siempre caen de pie, que no tienen que pedir permiso ni perdón, que no se tienen que cuestionar nada. Es un hacer las cosas sin haberle dado ni media vuelta a la cabeza, un consejo que dan por hecho que necesitas, un comentario o una frase inacabada con la que esperan que hagas el esfuerzo de entenderlos, en lugar de hacerlo ellos para explicarse. Es una sensación de impunidad e inmunidad que da miedo. Es una osadía, en resumen. Y los quiero igual, pero, porque son mis amigos.

Ya hace tiempo de la primera vez que le dije a mi chico que estaba harta de hacer pedagogía a los hombres y que ya no pensaba hacer más. No estaba pensando en mis queridos tres o cuatro amigos blancos heterosexuales (ni mucho menos, en mi padre), estaba pensando en los que no piensan renunciar nunca al privilegio de la ignorancia. Al principio, creo que no se lo tomó bien: le sonaba a derrota, a imprudencia e irresponsabilidad. Me decía que no llegaríamos a ninguna parte con esa actitud, que no podía ser que diéramos por perdida aquella parte de la población. Y yo le contesté que no la daba por perdida, a esa población –la que se puede permitir el lujo de parecerse más a Julio Iglesias que a Borja Iglesias–, sino que la dejaba en sus manos.

No es que no quiera hacer más pedagogía, es que no quiero hacer el trabajo que debería estar haciendo un hombre. Ha llegado el momento de que os enfrentéis a vuestros colegas, amigos blancos heterosexuales. Es una cuestión de redistribución del trabajo, de ser justas y de liberarnos a nosotras, para que podamos centrarnos en lo que es verdaderamente importante: parar vuestros golpes. Porque somos nosotras las que nos hacemos cargo de vuestros cadáveres; las que recogemos del suelo los restos de nuestras amigas, madres, primas, hermanas, en un mensaje de audio o en una copa de Pornstar Martini; las que repetimos “no, cariño, el problema no es que tú seas virgo y él, escorpión”; las que reconstruimos de cero la personalidad de aquella mujer porque nos la aprendimos de memoria por si acaso, por si llegaba ese momento. Nosotras nos encargaremos de los primeros auxilios. Vosotras intentad que nada de esto vuelva a pasar. ¿De acuerdo?

Fotograma de 'La furia'.

Estimados amigos y no tan amigos blancos heterosexuales, si queréis deconstruiros más allá del mullet, el tote bag y la suscripción a Filmin, deberíais empezar por haceros cargo de vuestros cadáveres y dejar de ser cómplices. Es de primero de feminismo saber que para entrar, tendrás que perder. Y si ni siquiera estáis dispuestos a tener una conversación incómoda con vuestro amigo, ¿qué precio esperabais pagar? Esto es como la seguridad social: ganamos todos, pero tiene un precio. Es como dejar de ser adolescente. Lo único que esperamos de vosotros es que, poco a poco, sepáis renunciar a vuestras comodidades y gestionar ciertas contradicciones.

Me gustaría que aprendierais, que lo hicierais como cuando entráis en la cocina de vuestra madre, con cara de “¿en qué puedo ayudar?”, y ella os pide que peléis las patatas o que cortéis la cebolla. Que estéis dispuestos a hacer el trabajo sucio y menos vistoso, y que no tengáis manías a la hora de darle la vuelta a la tortilla y decirle a vuestro colega que es un amargado, por ejemplo. En definitiva, que seáis empáticos y no dejéis a vuestro amigo ser víctima de su seguridad de hombre blanco heterosexual, que le animéis a tragarse el orgullo cuando le rechacen, que le advirtáis que es muy 2012 preocuparse por el body count de la chica con la que se quiere acostar, que le expliquéis de qué va la ley trans o que le hagáis sonrojar cuando le pidáis cuántas artistas le han salido en el Spotify Wrapped.

Fotograma de 'La furia'.

Quiero que dejéis de traicionarnos. Porque si nosotras todavía somos las amargadas es porque vosotras no habéis dejado de ser el padre enrollado de la relación. Nosotras somos las amargadas porque nos hacéis de contrapunto: sois la posición relajada, divertida y apaciguada ante una situación que requiere una única posición. Esperáis una realidad más laxa de la que es; sois de moralidad flexible, como diría Soy una pringada (Esty Quesada). Y necesitamos que pongáis el cuerpo, no solo cuando os tiran la copa en la discoteca, en La velada de Ibai, en un partido de fútbol o contra todo lo que consideráis fascismo. Porque, a veces, el fascismo también se esconde dentro de la connivencia de vuestro compadreo.

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