"Ponen en verde sitios que los turistas no conocen y acabarán masificándolo todo"
Calles masificadas, colapso en la carretera, residentes expulsados, comercios tradicionales que desaparecen... La única novedad en Sóller es que los vecinos están cada vez más enfadados
PalmaBasta con pasar unos minutos en la calle de la Luna de Sóller para comprobar lo difícil que es encontrar algún 'indígena'. No hay guía turística que no recomiende visitar este lugar del pueblo, y se nota. También cuesta caminar sin tropezar con alguien y encontrar una tienda tradicional ya es casi imposible. “Cierran unos cuatro negocios al año en esta calle. Mi madre tiene una mercería y, cuando se jubile, nadie la cogerá. Pondrán otro souvenir. Cerró la tienda de fotografía, y la de ropa orientada a la gente de la isla. De hecho, antes podía comprar un libro en Sóller. Y ahora no hay librería”, explica Bartomeu Miró, vecino del pueblo y portavoz de SOS Sóller, un movimiento ciudadano que no ha parado de denunciar que la situación es insostenible.
En la estación Intermodal de Palma, sí que es fácil encontrar el bus para ir a Sóller. Basta seguir una cola larga, llena de turistas. Todavía faltan 20 minutos para que salga, el conductor no ha llegado, y todo hace pensar que el vehículo se llenará con la gente que espera. Al entrar, una pantalla recuerda que no se puede subir al transporte público en bañador, una práctica que los mallorquines no suelen hacer. El bus arranca y, efectivamente, hay pasajeros que tendrán que hacer el trayecto de pie.
Medidas que no funcionan
“La situación está igual que otros años, con la diferencia de que cada vez hay más cansancio acumulado”, dice Miró. En cuanto a las medidas que ha puesto en marcha el Ayuntamiento, solo hay una que funciona, y lo hace a medio gas: la zona verde de aparcamiento para los residentes. “Muchos turistas que vienen en coche están desesperados y acaban aparcando allí”, explica Elvira, una sollerica que soporta la masificación con resignación. “Soy la primera a la que después me gusta viajar”, dice, rodeada de gente que va de un lado a otro de la calle de la Luna.
Otra iniciativa ha sido implantar una Zona de Bajas Emisiones (ZBE), que ha perjudicado más a los mallorquines que a los turistas, para controlar el acceso al centro. “Los extranjeros ven el cartel y les da igual. Además, los coches de alquiler son nuevos y de bajas emisiones. Si estás empadronado, tienes un pase, pero la gente que no está empadronada y es de la isla no puede entrar”, comenta Miró y pone ejemplos: gente que vive allí desde hace poco y aún no se ha empadronado y profesionales que no son de Sóller, pero que tienen que ir al pueblo a hacer un trámite o un trabajo.
Después están los rótulos luminosos que “muestran el estado de los aparcamientos, pero no del pueblo” –mucha gente va a Sóller en tren y bus. “Es un sistema poco fiable. Lo hace un funcionario, y pone en verde lugares que los turistas no conocían, como Cala Tuent. Lo acabarán masificando todo”, lamenta Miró.
Después de hacer cola un rato, el autobús deja a los pasajeros cerca del centro. Caminan en fila, como si fueran a un lugar de peregrinación. Las tiendas de souvenirs van apareciendo a medida que se acercan a su destino. Y también hay cada vez más inmobiliarias, con fotografías de viviendas en los escaparates y unos precios que ningún trabajador de la isla podría pagar. “Finca de ensueño en un entorno impresionante, con licencia ETV [de alquiler turístico]”, se explica sobre una casa de una habitación que vale 870.000 euros. Otro anuncio, remarca que la vivienda está en la Serra: “Una oportunidad única en la sierra de Tramuntana, protegida por la Unesco”. En este caso el precio sube, porque el precio es de 13 millones de euros. En todas las casas que se muestran predominan las mismas palabras: “charming” (encantador), “timeless” (atemporal), “elegant”, “jewel” (joya) y “exclusive” (exclusivo), entre otras. Las descripciones siguen las mismas fórmulas y las fotografías están muy cuidadas.
La fila de recién llegados se funde con los miles de turistas que ocupan de arriba abajo la plaza de la Constitución. En la iglesia de Sant Bartomeu hay un gran cartel en cuatro idiomas (castellano, inglés, alemán y francés) con una propuesta peculiar: apadrinar un tubo del órgano. Justo enfrente, en las oficinas de la Policía Local también se explica en cuatro idiomas cómo evitar que nos roben las pertenencias personales. Un poco más arriba, donde se para el tranvía, decenas de personas esperan bajo el sol, con algunos niños que no están para nada. Al final, se oye el silbato del tranvía, con un montón de móviles que salen por las ventanas para hacer un vídeo de la llegada.
De vuelta en la calle de la Luna, llaman la atención unos calcetines con limones dibujados, con la marca ‘Islas Baleares’. Los visitantes que no han encontrado sitio en una terraza para comer, comen paseando o sentados en algún portal. Joan llega desde una calle adyacente y responde de inmediato y con contundencia: “Tenemos muchas molestias. Estamos hasta los cojones, dicho rápido y mal”, exclama, mientras coge el carro para ir al supermercado. No se ve ninguno en el centro. Antes de partir, explica que el otro día tardó “50 minutos desde la rotonda de Bunyola a Sóller”. “No hay descanso. Es así de lunes a domingo”, sentencia antes de partir.
Los conflictos entre los residentes y los turistas van a más, admite Bartomeu Miró. ¿Qué esperan los sollerenses de las instituciones? “En el Ayuntamiento son una panda de incompetentes. El problema es que no saben nada, tienen poca capacidad. Lo hacen tan bien como saben y no es suficiente. Las instituciones son quienes lo tienen que arreglar y ahora mismo no tienen ni la capacidad ni la voluntad política. Todo el mundo se pasa la pelota”, concluye.