Hablamos de una condición o de una decisión?

En un mundo donde cada vez hablamos más de lo que comemos, es curiosa la facilidad con que a menudo se confunden dos conceptos que, tanto filológica como fisiológicamente, hay que precisar: si la condición viene determinada por la biología, la decisión es fruto de la cultura, la ética, el gusto o la salud.

Hablamos de una condición o de una decisión?
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PalmaLa biología clasifica los seres vivos en reinos. Esta clasificación no es arbitraria: describe formas de vida con características metabólicas y estructurales diferentes. A partir de aquí, la zoología utiliza términos como ‘herbívoro’, ‘carnívoro’ y ‘omnívoro’ para describir condiciones alimentarias. No hay ningún juicio moral en estas palabras: solo describen adaptaciones fisiológicas.

Una vaca es herbívora porque su biología lo determina. Un gato es carnívoro estricto porque necesita nutrientes que solo se encuentran en tejidos animales. Un oso pardo es omnívoro porque puede digerir fuentes vegetales y animales. No hay deliberación, ni dilema, ni ideología. Es condición.

Cuando alguien dice que las vacas son vegetarianas no habla con precisión. Las vacas son herbívoras. No lo han decidido, son por condición biológica. Las vacas no eligen comer hierba: simplemente, así es como su especie ha evolucionado.

Herbívoros y carnívoros

El vocablo ‘herbívoro’ proviene del latín hĕrba (‘hierba’) y vorare (‘devorar’). Los herbívoros son organismos adaptados para obtener energía principalmente de las plantas. Su aparato digestivo, los dientes, la flora intestinal e, incluso, el comportamiento alimentario están orientados a esta función. Dentro de este orden, los rumiantes –como las vacas– aún son más especializados. La palabra ‘rumiante’ deriva de rūmĭgare,(>*‘rumiar’ con intercambio de la ‘u’y la ‘e’; metalepsis favorecida por influencia del prefijo ‘re-’), es decir, volver a masticar. Su sistema digestivo, dividido en cuatro compartimentos, permite descomponer la celulosa gracias a microorganismos presentes en el rumen –el primer estómago de los rumiantes–, vocablo procedente del radical latino rūma.

Los gatos, en cambio, son carnívoros estrictos. El término ‘carnívoro’ también nos llega del latín: carnis (‘carne’) y vorare. Su biología necesita nutrientes que se encuentran principalmente en la proteína animal. Tienen un intestino corto, dientes adaptados para desgarrar y una fisiología pensada para metabolizar carne. Pueden mordisquear una planta de vez en cuando –muchos lo hacen–, pero eso no los convierte en omnívoros, igual que una persona no se vuelve músico porque silbe en la ducha.

Entre estos dos extremos encontramos a los omnívoros, del latín omnis (‘todo’) y vorare. Los humanos lo somos. También los cerdos, los cuervos o los osos. Un omnívoro es un organismo capaz de obtener nutrientes tanto de fuentes vegetales como animales. Eso no significa que coma absolutamente de todo ni en cualquier proporción, sino que su cuerpo tiene la capacidad biológica de aprovechar recursos diversos.

Ahora bien, que una especie sea omnívora no implica que todos los individuos coman igual. Y es aquí donde entramos en el terreno de la cultura, de las creencias, de los gustos y de las ideologías. La psicóloga social norteamericana Melanie Joy acuñó el término ‘carnismo’ para describir el sistema de creencias que considera normal, natural y necesario consumir determinados animales. Su aportación es interesante, porque pone nombre a una idea a menudo invisible: mientras etiquetamos quién es vegetariano o vegano, raramente etiquetamos quién come carne, como si fuera una opción neutra. Esta contribución terminológica es relevante: cuando ponemos nombre a una práctica, la hacemos concebible. Y cuando la podemos concebir, también la podemos cuestionar.

Joy sostiene que las sociedades establecen jerarquías simbólicas entre animales: amamos a los perros, comemos cerdos y nos vestimos con la piel de las vacas. El ‘carnismo’, según esta teoría, no describe una necesidad biológica –ya hemos dicho que el ser humano es omnívoro– sino un marco cultural que condiciona qué consideramos comestible, aceptable o impensable. No hay nada biológico que explique por qué en muchas casas europeas un conejo es cena, pero un gato es familia; eso pertenece al terreno de la cultura.

El DIEC2 define ‘vegetariano’ como la persona que practica el vegetarianismo, es decir, un sistema de alimentación que excluye los productos cárnicos –una definición bastante escasa. ‘Vegano’, por su parte, hace referencia a quien adopta un estilo de vida que excluye totalmente el uso y el consumo de productos de origen animal. Aquí hay una voluntad, una conciencia y, a menudo, una reflexión ética detrás. Por eso, un animal no puede ser vegano ni vegetariano: no hay una decisión moral o cultural, sino una adaptación evolutiva.

Del mismo modo, tampoco podemos decir que una zanahoria sea vegana. La zanahoria es vegetal. El veganismo es una práctica humana, no una propiedad intrínseca de los alimentos. Puede parecer una cuestión anecdótica, pero el lenguaje crea marcos mentales. Cuando confundimos condición y decisión, también desdibujamos la relación entre naturaleza y cultura.

Hay todavía otro matiz importante: las alergias e intolerancias forman parte de la condición de una persona. Quien es intolerante a la lactosa o celíaco no lo elige.

Imprecisión lingüística

Si no distinguimos entre condición y decisión, no estamos siendo precisos. Esta imprecisión lingüística nos lleva a una confusión conceptual. Cuando el lenguaje es preciso, el pensamiento también lo es. Cuando conceptualizamos la realidad, podemos decidir.

Las palabras no solo describen el mundo: también lo construyen. Confundir condición y decisión no es únicamente una cuestión terminológica, sino también conceptual. La precisión lingüística nos ayuda a ordenar el pensamiento y a entender mejor aquello que somos, aquello que podemos elegir y aquello que, sencillamente, forma parte de nuestra naturaleza. Cuando afinamos los conceptos podemos reflexionar con más claridad y tomar decisiones conscientes.

En definitiva, comer no es solo ingerir nutrientes; es también explicarnos. Pero conviene recordar que las palabras importan. Una vaca no es vegetariana: es herbívora. Un gato no hace dietas cetogénicas ni paleolíticas: es carnívoro. Y una persona puede ser vegana porque, precisamente, es humana y puede decidir.

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