Tríptico aterrizado (III): … y la complejidad bellísima de vivir
Un par de alas bien deseadas, exhibidas (a punto para volar cuando se necesite o se tengan ganas), en un estante del estudio que Joan Miró se construyó en Mont-roig del Camp, después de haberse enamorado del paisaje a los dieciocho años. La fotografía, que se expone en la Fundació Miró de Palma, es de Jean Marie del Moral: en blanco y negro, retrata las extremidades atrofiadas –pero posibles–, con todos los grises que nunca decimos. Cortar las alas, segar la hierba bajo los pies, cerrar todos los caminos. La lengua alerta contra el mal sistemático y el artista se rebela: valiente, se automutila para convivir con los otros mutilados, mientras conserva con mucho cuidado las extremidades ancestrales para moverse con libertad por la obra.
En las fotografías de La vía Láctea que Joan Fontcuberta expone en la Fundació Toni Catany, el almendro consumido por la xilel·la se vuelve una estrella que constela en nebulosa; las texturas de los líquenes extremófilos, resilientes, tapizan el próximo planeta que habitará nuestra especie; el paso inexorable del tiempo se graba en los anillos y los cruces de una cepa que se convierte en el misterio del agujero negro. Como si todo pasara por algo. Porque los ojos humanos solo son dos, pero hay un tercero (sin pupila ni párpado) que ve más allá, adentro, y escruta los ángulos muertos de las fronteras que señalan la norma impuesta y los límites que se aprenden.
Hoy paseo con la mirada triple y las alas a la espalda por las ruinas de una cultura que se extinguió. Estoy en Menorca, en el poblado talayótico de Torre d’en Galmés, y el latido de mi corazón y el movimiento de las extremidades marcan un ritmo –natural, orgánico–, que no se compagina del todo ni de golpe con los otros que voy descubriendo. Con los Nueve elogios de lo impar (H&O, 2025), del músico y periodista Edi Pou, he constatado que hay otro movimiento a tener en cuenta, otra cadencia: la pulsación del cerebro. Una polimetría que sintoniza (y se sincroniza) con los ritmos del entorno: con el deslizamiento ahora lento, ahora fugaz de la lagartija italiana, con el pisoteo pesado de la tortuga terrestre, con la estridulación de la langosta verde y el zumbido de la anthophora balear, con el tam-tam de la abubilla, y los balidos, mugidos y relinchos de los animales de las granjas cercanas. He comprobado que mis neuronas no han perdido la capacidad de improvisar: la habilidad que nos permite adaptarnos a los cambios constantes –al caos precioso y magnífico del cual, desprovistos de los prejuicios y binarismos, nos atascamos en una cuadrícula estéril.
De la polimetría y la polifonía que habla el libro, ya hemos discutido en algunos artículos, explorando La gran orquesta animal, de Bernie Krause. En ambas se intuye un conjunto sin director, un orden sin concierto. El caos que se atribuye al inmenso desorden aparente de la biofonía terrestre es, de hecho, señal de que la vida allí resuena. La bellísima complejidad del vivir y de la convivencia se sienten tanto en los ecosistemas –donde, cuanta más biodiversidad hay, más exuberantes y espléndidos son los paisajes sonoros–, como en el vivir y en el arte –donde, cuanta más variedad de caminos y trayectos, de ojos y miradas (de pensamientos), más exitosa la improvisación. Lo ensayamos durante ‘La nit de les espines’, el pasado Sant Jordi, primero en el bar Flexas de Palma y después en Can Lliro de Manacor, un grupo de poetas y músicos que quisimos re-encontrar el ritmo ‘primigenio’ en la festividad: al llegar, todos más o menos asustados y excitados por la aventura; una vez habíamos entrado (de cabeza y de corazón, sin pretensiones ni barreras), todos emocionados y vibrantes, divertidísimos, entre nosotros y con quienes se arriesgaron igualmente a venir a escucharlo.
Otro lenguaje, la palabra, se comporta de la misma manera: paradójicamente, cuanta más polisemia, más ocasión y azar y potencia para ensanchar y transformar la cotidianidad y lo desconocido. Un ‘trast’ es una viga que sostiene una estructura concreta, y al mismo tiempo las varillas del mástil de una guitarra que hacen surgir los sonidos diferentes; es un espacio delimitado, clasificado y privatizado, y al mismo tiempo el corral descubierto y adyacente a la casa; es la escasez del pobre, y también la insumisión del saltimbanqui. “En la mano hay / veintiséis huesos treinta y cinco / músculos / más de dos mil células / nerviosas / en cada palpado de los dedos. / Con esto puedo escribir / cualquier cosa que sostenga / el sentido / entre el cielo y el mar / entre la vida y la muerte / entre tú y yo / de repente”. La voz de Biel Mesquida, personalísima pero trabajando siempre con la coral humana–, ha estudiado los sentidos diversos del vocablo para su Trast (Labreu, 2026), y los abraza en un libro escrito activamente (triple-mirada, alado, polimétrico y polifónico), que da lugar a una lectura de ritmos múltiples y una intensidad grandiosa. En sus versos está la herida –y la cura. Aterrizo: con espinas, las rosas –y la complejidad bellísima de vivir.