Historia

Mallorca, el paraíso de los relojes de sol

La isla es una de las regiones del mundo con más aparatos solares para contar el paso del tiempo, cerca de 1.300. El más antiguo conservado es del siglo XVI. La gran mayoría están en muy mal estado de conservación. Hoy la entidad ARCA lucha por su protección arquitectónica

Los dos relojes de sol de la iglesia de Sant Feliu de Llubí.
08/08/2026 - 17:11 h.
6 min

PalmaLos inicios de la humanidad estuvieron marcados por el Sol. La gente trabajaba ‘de sol a sol’ para poder ganarse un jornal, palabra que deriva del adjetivo latino ‘diurnus’ (‘diario’). Al hacerse sedentarias, diversas culturas de la antigüedad ya se propusieron seguir los movimientos del astro rey para organizarse mejor. Lo hicieron midiendo sus sombras con un palo clavado en el suelo. En griego, este palo se conocería como gnomon, de donde proviene el término ‘gnomónica’, el arte de construir relojes de sol. Se iniciaba así el proceso para domesticar el tiempo. A nosotros aquel invento astronómico nos llegaría con el nombre de reloj también a partir de otra voz griega, ‘horológion’ (‘indicador de horas’).

Durante el tránsito del Sol de este a oeste, la sombra proyectada a través del gnomon, que en el antiguo Egipto también podía ser un obelisco, iba cambiando, lo que permitió dividir el tiempo en tres partes (alba, mediodía y ocaso). Con los romanos, fue cuando los relojes de sol se popularizaron en las fachadas de los edificios. En Mallorca hay cerca de 1.300, 112 de los cuales se ubican en Palma. Son datos del inventario que en 2006 elaboró Miguel Ángel García Arrando, un delineante ya jubilado de 72 años, miembro de ARCA (Asociación para la Revitalización de los Centros Antiguos). “Nuestra isla –dice– es una de las regiones del mundo donde hay más relojes de sol por metro cuadrado. Esto es así porque somos un territorio superpoblado. Desde la conquista catalana en el siglo XIII, Mallorca se fue llenando de construcciones, tanto en Palma, con los casales señoriales, como en el campo, con las conocidas posesiones. No pasó lo mismo en Menorca y en Ibiza. Muchas de estas construcciones acabarían incorporando un reloj de sol, orientados generalmente hacia el sur. Con todo, el más antiguo conservado es del siglo XVI y se encuentra en Santa Margalida. De épocas anteriores no queda ninguno”.

Las horas babilónicas mallorquinas

Como mínimo, en los edificios solía haber dos instrumentos solares: uno en la fachada principal para la gente que trabajaba en el exterior y otro en el claustro, para los internos. “Allí –apunta el investigador– donde hay más es en Palma y en el Migjorn de la isla, sobre todo en Llucmajor y Felanitx. De muchos se desconoce el autor”. Colgados en las paredes, los relojes de sol cambiarían la horizontalidad de sus inicios por la verticalidad. Un gnomon perpendicular proyectaba su sombra sobre una superficie, llamada cuadrante, que estaba dividida en 12 partes iguales. Esta división, que también se extendió a la noche, provenía de la enumeración duodecimal de los sumerios, para quienes la mano fue la primera calculadora. Con el dedo pulgar contaban las falanges del resto de los dedos de una mano. La suma total era de doce. Con los cinco dedos de la otra mano llevaban la cuenta de aquella operación, lo que pondría las bases del sistema sexagesimal (5 x 12 = 60), el esqueleto de los futuros 60 segundos y 60 minutos.

Reloj en posesión de Son Coll, en Banyalbufar.
'La última sombra para muchos', inscripción en Lloseta.

“En Mallorca –asegura García– los relojes de sol tenían un sistema horario peculiar, las conocidas horas babilónicas mallorquinas. Las 24 horas del día no se contaban de un alba a la siguiente, como se hacía en otros lugares, siguiendo el modelo de los habitantes de Mesopotamia, ni de ocaso a ocaso, a la manera de los italianos (horas itálicas). Era un sistema mixto. Durante las horas solares se empleaba la enumeración babilónica y durante la noche, a través de los campanarios, la itálica. La población nunca llegó a entender aquella clase de cómputo, que variaba en función de si era verano o invierno. Lo demuestra la expresión: ‘¡Esto es más complicado que las horas mallorquinas!’”.

Durante la Edad Media, los relojes de sol de algunos conventos e iglesias tenían solo marcadas las horas correspondientes a los momentos de los rezos. Eran las conocidas horas canónicas, que estaban en sintonía con la regla benedictina ‘ora et labora’ (‘reza y trabaja’). Inicialmente había la ‘prima’ (cuando aparecía el alba), la ‘tertia’ (a media mañana), la ‘sexta’ (al mediodía, que era la franja de más calor en la que se aprovechaba para hacer la siesta o el descanso) y la ‘nona’ (hasta la puesta de sol, de donde proviene la expresión ‘ir a hacer nones’ para indicar a un niño que debe ir a dormir; el término inglés ‘afternoon’ remite a la misma antigua franja horaria). Por la noche se añadirían otras cuatro: ‘matines’ (hacia las 3 de la madrugada), ‘laudes’ (al amanecer), ‘vespres’ (a la puesta de sol) y ‘completes’ (antes de ir a dormir). Al no haber sol, estas horas nocturnas se contaban con otros instrumentos como una vela –la hora venía marcada por su consumición– o la clepsidra (‘ladrón de agua’ en griego), formado por un recipiente de agua que caía sobre otro –la hora venía marcada cuando este se llenaba.

‘El sol me rige a mí, a vosotros, la sombra’, en Esporles.

‘Así huye la vida’

En Mallorca, la mayoría de relojes de sol indicaban la hora con cifras arábigas, que a partir del siglo XV desplazaron a las romanas. Los había de dos tipos: los que se situaban por encima de los tejados, que eran más pequeños, y los que estaban esculpidos en las paredes. Algunos de estos iban acompañados de dichos latinos, que principalmente recordaban la fugacidad de la vida: ‘sic vita fugit’ (‘así se escapa la vida’), ‘morior cum sol moritur’ (‘yo muero con el sol’), ‘ultima multis umbra’ (‘la última sombra para muchos’) y ‘brevis sunt dies hominis’ (‘breves son los días del hombre’), entre otros. En la Península el repertorio era más clásico: ‘omnes vulnerant, ultima necat’ (‘todas las horas hieren, la última mata’), ‘mors certa, hora incerta’ (‘muerte cierta, hora incierta’), ‘memento mori’ (‘recuerda que has de morir’), ‘tempus fugit’ (‘el tiempo se escapa’), ‘carpe diem’ (‘aprovecha el momento’)... También los había en catalán como ‘qui dia passa, any empeny’ y ‘hores passen, obres resten’.

Los relojes de sol presentaban una serie de problemas. “Siendo el verano el momento de más luz solar –apunta García–, no había doce horas diurnas, sino quince. Además, la hora local podía variar mucho de un punto a otro en función de su ubicación. En el caso de los dos extremos de Mallorca, Artà y Andratx, la diferencia se notaba mucho”. Situado al suroeste, Andratx tiene un sol en su escudo para indicar precisamente que es el último pueblo de la isla que ve el Sol antes de que se ponga. Sóller también tiene uno, aunque su presencia se relaciona con una etimología popular del topónimo.

En el campo, los jornaleros que trabajaban lejos de las posesiones no podían ver los relojes de sol ni oír los toques de campana. Calculaban, sin embargo, la hora por las diferentes posiciones del astro rey respecto a peñas, farallones, rocas, cuevas o vegetación. La principal referencia horaria natural era el mediodía. Así lo refleja la toponimia en nombres como puig del Migdia (Andratx, Calvià); penyal del Migdia (Fornalutx, Valldemossa, Banyalbufar, Andratx, Calvià); penya del Migdia (Puigpunyent, Pollença, Alcúdia, Bunyola, Selva, Escorca); roca del Migdia (Estellencs); cova del Migdia (Algaida) y comellar del Migdia (Esporles).

Ritmos vitales rotos

En el siglo XVIII, en la era de la Ilustración, los relojes de sol serían todo un símbolo de conocimiento y de progreso. Pronto, sin embargo, serían sustituidos por los mecánicos. Fue el triunfo del conocido tiempo solar medio (artificial) sobre el tiempo solar verdadero –era el que respondía a la transición de la Tierra alrededor del Sol y a la inclinación del eje de rotación respecto del plano de la eclíptica. Durante la Revolución Industrial, los relojes mecánicos presidirían las paredes de muchas fábricas. El proletariado, que trabajaba por turnos –de día y de noche– no lo perdía de vista. Desde la óptica capitalista, las horas eran fuente de beneficio. No había, por tanto, tiempo que perder. Fue así como nació la máxima ‘el tiempo es oro’.

En el siglo XIX la llegada del tren a Mallorca también impuso relojes mecánicos en las fachadas de muchas estaciones –entonces Europa ya había adoptado un sistema horario común, sincronizado. Los viajeros debían estar bien pendientes. ‘El tren no espera a nadie’, decía una expresión popular. A principios del siglo XX la irrupción de la electricidad ya rompería para siempre los ritmos vitales de la gente, que antes, cuando se guiaba por la hora solar, no dormía de una tirada, sino en dos fases, en lo que se conoce como sueño bifásico. Después de una larga jornada laboral, se iban a la cama poco después de la puesta de sol y se despertaban de manera natural a medianoche, momento que aprovechaban para rezar, conversar o hacer pequeñas tareas domésticas. Un par de horas más tarde, volvían a dormir hasta el alba, con el canto del gallo.

En los años 80 del siglo XX algunos puntos de Palma como el Portitxol y el paseo Marítimo se decoraron con monumentales relojes de sol, mientras que los antiguos caían en el olvido. Hoy su protección arquitectónica es una prioridad para ARCA. “Más de la mitad –concluye García– están en muy mal estado de conservación. Cuando se ha reformado alguna fachada, han quedado ocultos o se han reconstruido de cualquier manera. Ahora, después de 30 años de trabajo, nuestro objetivo es inventariar también los relojes de sol de Menorca y las Pitiusas. Tenemos un patrimonio gnómico impresionante que debemos reivindicar”.

Campanarios, la voz de Dios

Antiguamente muchas iglesias solían tener en sus fachadas un reloj de sol que actuaba de complemento a sus campanarios. Los toques de las campanas eran considerados la ‘voz de Dios’. No solo, pero, sirvieron para anunciar las horas canónicas para rezar, sino también para regir la vida ciudadana. Se trataba del principal canal de comunicación en una época en la que no había ni móviles ni redes sociales. Los toques eran diferentes según el aviso que se quería transmitir: la muerte de un niño menor de 7 años (los conocidos niños albatos), la celebración de un funeral y de las fiestas populares, la alerta de cualquier emergencia, como ataques de corsarios, incendios, tormentas, etc.En cada pueblo había un campanero. Cada uno tenía su manera peculiar de tocar. El oficio se fue perdiendo en el siglo XX con la progresiva electrificación de las campanas. Con la sofisticación tecnológica también murió todo un rico patrimonio sonoro que había marcado las vidas de tanta gente. En 2022 la Unesco declaró el toque manual de las campanas como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Hoy, en algunos pueblos en los que es eléctrico, se han dado casos de turistas que, por la noche, se han quejado de que el sonido de los campanarios no les deja dormir.En 1283 se instaló en la abadía de Dunstable (Inglaterra) el primer reloj mecánico del mundo. Conectado a la campana del templo, no mostraba la hora, sino que solo la hacía sonar. De esta época, en francés nacería la palabra ‘cloche’ (‘campana’) para reloj, que también se reproduciría en inglés y alemán, con ‘clock’ y ‘glocke’, respectivamente. Fue a partir del siglo XIV cuando se pudo visualizar la hora gracias a la introducción de una aguja dentro de una esfera numérica, ideada por el astrólogo italiano Jacobo Dondi. En el siglo XIV también fue cuando se comenzaron a construir campanarios con relojes mecánicos en los edificios civiles. El primero en el estado español fue el del Ayuntamiento de Palma, en 1386. Su campana se llamó en Figuera por su constructor, el platero Pere Joan Figuera.La burguesía del siglo XIV también rivalizaría con la Iglesia por el monopolio del tiempo. No dudó en construir sus propios campanarios con relojes mecánicos para que sus trabajadores tuvieran bien presentes los toques de campana que debían marcar su jornada laboral. Fue así como el tiempo no solo se independizó del Sol, sino que también se ‘secularizó’.En la actual sociedad capitalista los relojes son omnipresentes: de pulsera, en los móviles, en los ordenadores... Se ha impuesto la cronocracia, la dictadura del tiempo, que hace que tengamos que rentabilizar cualquier hora de nuestras vidas, incluso las del ocio –ya hay gimnasios abiertos las 24 horas los siete días de la semana. Es una denuncia que en 1871 ya hizo el escritor británico Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas (1871). Aparece un conejo blanco que, atormentado por las prisas, mira constantemente su reloj de bolsillo y se queja de no tener tiempo.

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