Insatisfacción poscapitalista
Nota antes de entrar en materia: este es, claramente, el titular menos sexy que he puesto en mi vida.
Puntualizado esto, comenzamos.
Hace tiempo que me ronda por la cabeza esta idea: el capitalismo ha dejado de ser un sistema satisfactorio para la mayoría de la población. Ya no es solo que cada vez el número de privilegiados que salen ganando de esta máquina de generar desigualdad que es el neoliberalismo sea más reducido, es que directamente muchos de aquellos que supuestamente formaban parte de los teóricos beneficiarios de este sistema están cada día más lejos de sentirse satisfechos con lo que reciben a cambio de cumplir su parte del contrato: trabajar, consumir y no hacer muchas preguntas.
Pero la sensación de que algo no funciona es cada vez más difícil de ignorar. A medida que la rama financiera ha tomado el control de todo el sistema, los servicios son cada vez más pobres; los productos, peores; el trato, más vejatorio. Basta coger un avión o ir a tomar un café a alguna de estas nuevas franquicias donde el personal rota tan rápido que no tiene ningún tipo de incentivo para comprometerse, porque, además, muy probablemente no podrá pagar el alquiler, ni las extraescolares de los niños, a pesar de que haga 8 horas de trabajo cada día o incluso alterne dos trabajos.
Muchos de nosotros, simplemente, no podemos permitirnos las casas donde vivimos, ni las vidas que llevamos, que son las que un día nos prometieron si jugábamos según las reglas. Pero es que ya no podemos ni posturear: algunos de los productos del capitalismo están tan fuera de nuestro poder adquisitivo que tenemos que pagar las Nike en tres veces vía microcréditos. Igual es hora de admitir que si tienes que pagar a tres plazos unos zapatos para no parecer pobre es que eres, de hecho, pobre.
Este tipo de tácticas son la manera que tiene el sistema de mantenerte dando vueltas a la rueda como un hámster y un gran ejemplo de aquello que el capitalismo ha hecho siempre mejor que ningún otro sistema: convertir el deseo en motor. No el deseo satisfecho, sino el deseo perpetuo, el anhelo sin destino, el delirio de que siempre hay algo más, mejor, más grande, más potente, que algún día pasarás la última pantalla y te sentirás realizado, un triunfador, un Dios del Olimpo.
La trampa, sin embargo, es tan obvia que a veces es más fácil ignorarla: aquí no hay línea de meta y si la hubiera y fueras el primero, al cruzarla te sentirías tan vacío como te sientes ahora.
El problema es que este vacío ya lo sentimos en la barriga y es un agujero negro que nos consume y amenaza con hacernos enloquecer como sociedad.
Aquí, sin embargo, se abre una posibilidad para la izquierda, una izquierda que hace años está convencida de ser aquello que el turbocapitalismo la acusa de ser: una fuerza a menudo cargada de tics puritanos y que tradicionalmente ha tenido problemas a la hora de manejar el deseo como expresión de la coindividualidad. Hay que deshacerse de este marco conceptual de una vez, empezar a reinventarse. Si el capitalismo es una política del deseo, su alternativa debería ser una política de la satisfacción. No la satisfacción como conformismo o resignación, sino como liberación: la idea radical de que es posible tener una vida que parezca suficiente y digna.
A mí algo así me suena bastante bien. O como decía una vieja pintada que vi una vez por las calles de Berlín: ¡Ponis para todos!