Una gilipollez monumental
ARCAha aclarido públicamente que no es responsable de que los ultras hayan convertido el monumento fascista de la Feixina en su altar sentimental. Y la verdad es que cuesta decidir si es más extraordinario que una entidad patrimonialista considere necesario justificarse o que afirme –como ha hecho en ARA Balears– que “preservar la Feixina no ha contribuido a que devenga el punto de encuentro ‘ultra’”. Quizás la parte extrema de la extrema derecha continuaría por los siglos de los siglos celebrando ante la nada. No lo veo.
En todo caso, evidentemente que ARCA no es responsable de los grupos ultras. El problema no es este. El problema es que la entidad continúa haciendo ver que la Feixina es una pieza inocente de patrimonio urbano víctima de una injusta ‘politización’, cuando su naturaleza es solo política.
Insisto en lo que escribía aquí mismo hace apenas dos semanas –discúlpenme: la Feixina no es un puente romano, ni un lagar, ni una casa modernista con un escudo incómodo en la fachada. Es un monumento levantado por una dictadura para glorificar su victoria y los mitos fundacionales. Franco no inauguraba molinos de viento. Inauguraba símbolos de poder. Y la Feixina es uno de manual.
Por eso hace un poco de gracia –o de pena– oír ahora a ARCA decir que los ultras “no tienen ni idea de lo que hacen” cuando eligen la Feixina como lugar de encuentro. Hombre, pues precisamente si algo tienen claro es el valor simbólico de los espacios. La extrema derecha puede tener muchas carencias, pero olfato simbólico no les falta. Si se concentran allí no es porque valoren el arte déco balear que defiende ARCA ni porque se emocionen con las texturas del hormigón. Van porque reconocen lo que representa aquel monolito.
Aquí es donde la defensa de ARCA entra en territorio pantanoso. Cuando insiste en que se debe “separar la simbología de la arquitectura”, lo que hace es intentar la operación imposible de convertir un símbolo político en objeto neutro cuando, insisto otra vez, los monolitos no son neutrales. Sirven exactamente para fijar memoria, poder y relato.
Además, la obsesión por justificar que el monumento tiene valor patrimonial ya empieza a parecer una competición de excusas. Que si es arte déco, que si Aina Calvo también lo preservó, que si se le quitaron los símbolos franquistas. Magnífico. La gran ironía es que ARCA reclama despolitizar la Feixina mientras se ve obligada a emitir comunicados políticos para desvincularse de quienes la usan políticamente. Es maravilloso. El monumento está tan ‘despolitizado’ que requiere notas de prensa defensivas cada vez que la extrema derecha despliega su liturgia.
Quizás ha llegado el momento de aceptar que hay símbolos que no se pueden rehabilitar porque nacieron exclusivamente para simbolizar. Y cuando décadas después todavía convocan exactamente a los herederos ideológicos del régimen que los levantó, quizás el problema no es la manipulación política. Quizás el problema es el monumento mismo. Y el resto es una tontería monumental.