El fin de semana que viene vuelve ‘Ferreries floreix’, y ya van quince ediciones. Como cada año, las calles del casco antiguo volverán a tapizarse de composiciones florales, y los vecinos harán lucir las fachadas con ramilletes, labores de artesanía y trabajos manuales cargados de imaginación. Como cada año, más de uno se admirará del gran trabajo que se ha tenido que hacer para preparar esta obra efímera de creación colectiva. Para Bep, la parte mejor de ‘Ferreries floreix’son justamente los preparativos: “Lo que más me gusta son los días de antes de la inauguración, cuando los vecinos casi vivimos en la calle. Son los días del año que nos vemos y charlamos más. ¡Eso hace pueblo!”. Y añade, todavía: “Si mucho conviene, te diría lo mismo de Sant Bartomeu: disfruto más de los días que preparamos la fiesta que de la fiesta en sí. Tal vez sea la edad”.Es posible que la edad haga ver y vivir la fiesta de otra manera, pero los comentarios de Bep me han reavivado a raíz de la experiencia de otra gente que de edad tiene poca, y que ha sido protagonista de otra fiesta cívica justo hace dos semanas: la pandilla de jóvenes de Ferreries que han organizado el paso del Correllengua Agermanat por el pueblo. Se animaron hace meses, respondiendo a la invitación de los Joves de Mallorca per la Llengua. A medida que los preparativos avanzaban y la meta se veía más cerca, crecían la ilusión, la confianza, el compromiso, la energía, el coraje, las ganas de hacerlo bien para que todo saliera bien. Y lo han conseguido. Vaya si lo han conseguido.La jornada del primer de mayo comenzaba temprano, con los juegos infantiles preparados por el Agrupament Escolta Sant Bartomeu. Después hubo el baile popular con el grupo folclórico Aires des Barranc d’Algendar. A las doce, el glosado, hasta que llegó la llama de la lengua que venía de Ciutadella, celebrada por las canciones del alumnado de la Escola d’Adults y los veteranos del Club de Jubilats. A la una y media, una buena paella, cocinada por la gente de Cas Vesins, que fue demasiado justa y todo: el éxito fue tan grande que si hubieran preparado para cincuenta más, habrían hecho limpieza. Habiendo comido, bingo musical y campeonato de truc, y a las cinco, el concierto del grupo Res a dir, mientras la llama de la lengua continuaba el camino hasta Maó. Bravo por tejer múltiples colaboraciones con otros grupos y entidades. Para hacer piña, para sumar por la lengua, para hacer pueblo. El éxito de la jornada, merecidísimo, fue la coronación del trabajo hecho desde mucho antes. Mucho trabajo, y muy bien hecho. Amar la lengua es un oficio, dice Antoni Bassas en el manifiesto que ha escrito para el Correllengua Agermanat de este año, dedicado a Josep Maria Espinàs. Como todo oficio, requiere aprendizaje, quiere horas de taller, pide aprender a coger las herramientas y a usarlas. En Ferreries, la juventud ha cogido las herramientas con una naturalidad y un empuje que nos ha dejado admirados. En Ferreries, como en todos los mil quinientos kilómetros recorridos, el Correllengua Agermanat ha sido una demostración festiva y rotunda de la vitalidad de la defensa de la lengua catalana, y del relevo generacional de los que abanderan la lucha: como la antorcha con la llama de la lengua, que pasaba de mano en mano, el compromiso con la lengua también va pasando de generación en generación y hace enmudecer los cantos de sirena de los profetas de malos augurios. Lo más importante es que esta fiesta no ha sido flor de un día. El Correllengua ha sido el detonante para que Ferreries florezca todo el año. Insisto: los meses de trabajo previo han creado comunidad, han puesto en marcha una complicidad entre la juventud implicada que, ahora que el Correllengua Agermanat ya es historia —¡y qué historia!—, las ganas de continuar son irrevocables. No lo podemos dejar aquí, dicen. Una chica dice que conocía a aquella otra del instituto, pero que nunca se habían cruzado más de dos palabras, y que ahora será diferente. Aquel otro cuenta que trabaja en Girona, pero pide que lo tengan en cuenta si organizan otro sarao: le responden que ya están hablando para hacer algo este verano. Y otro, que ahora está de profesor en prácticas en el instituto del pueblo, se ha convertido, seguramente sin querer, en un ejemplo y un referente en quien se miran los demás. Digámoslo fuerte y celebrémoslo: de Salses a Guardamar y de Fraga a Mahón hay una savia nueva que no entiende de fronteras administrativas, ni de quiebres generacionales, ni de desánimos nostálgicos. Jóvenes que se miran a los ojos y se reconocen como parte de un proyecto común, para quienes la lengua, más que una gramática, es un hermanamiento.