Si una sociedad es consciente de lo que provocan los cambios demográficos, esta es la sociedad isleña. Se ha dicho muchas veces y es bien verdad: Mallorca, por ejemplo, ha sido una especie de laboratorio social donde se han podido experimentar muchas de las ideas económicas que han acabado dando perfil a muchísimas partes de Occidente. Una sociedad pequeña, cerrada, inmensamente abocada a una economía de supervivencia o agraria, de golpe entraba en un ciclo de expansión, construcción, cambio demográfico, llegada masiva de inmigración, turistas, etc., que deshacía los viejos vínculos, jerarquías y culturas. La literatura se ha hecho bastante eco de esta problemática, mientras la política se encargaba o bien de negar que pasara nada de demasiado grave, o de mirar de encauzarlo para el mayor beneficio, en teoría, de todos, pero en la práctica, de las élites políticas y económicas.Una sociedad que no es capaz de garantizar sus estructuras básicas de supervivencia está abocada al suicidio, o a una crisis perpetua de identidad, que comienza a notarse como crisis de continuidad, y también obviamente, como crisis económica. Ahora es en el resto del estado español donde se está experimentando un crecimiento brutal de población, sobre todo esta última década. El modelo económico necesita mucha mano de obra, y una población envejecida, que depende de los cuidados y una muy baja natalidad entre nosotros, han acabado de arreglar el pastel.La crisis inmobiliaria del 2008 frenó la expansión, pero a partir del 2015 vuelve a crecer, ahora con más europeos, ucranianos refugiados (más de 300.000), trabajadores digitales, etc. En ningún momento ha habido una manifestación explícita del deseo político de aumentar la población, pero; los ciudadanos han visto cómo llegaba la oleada sin que esto se les hubiera consultado, o que se hubiera planificado políticamente de una manera clara.Sin embargo, las reformas de las leyes de extranjería del año 2022, y las facilidades exigidas al mismo tiempo por la UE, que es consciente de que Europa envejece y de que la economía necesita sangre nueva, han abocado ahora a un punto en el que se tiene la impresión de que se roza el colapso, y ya no solo en las comunidades con lengua no española, sino en todas partes. Una ola así pedía planificación, además de capacidad de integrar a la gente y hacerle hablar la lengua del país que la acoge. Desde España saben que la gente acaba por obligación hablando el castellano, qué remedio, mientras que los catalanohablantes inclinan la cabeza y ceden la lengua, cosa que a la larga solo hace que engrandecer en millones de hablantes del castellano. Es una manera como otra de poner fin a las lenguas no castellanas, diluirlas, y negar que la demografía es una herramienta para llegar a este objetivo, más que recurrente en la historia del españolismo, es una forma de hacerle el juego o de blanquearlo. El mismo españolismo se lleva las manos a la cabeza cuando encuentra que el castellano deja de oírse en ciertos barrios o zonas de las grandes capitales, un escándalo que cuando venía de los catalanohablantes siempre era escarnecido y estigmatizado. Ahora se verá más que nunca a favor de qué lengua –no de qué lenguas– está el estado español. El dinero siempre ha hablado la lengua de quien lo maneja.