Dulzura y bondad no han de dar vergüenza

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23/09/2026 - 07:46 h
Poeta, traductora y música
Traducción CAST automática
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Si admiramos las últimas imágenes que la NASA ha publicado en un artículo sobre la forma de la Tierra, nos sorprenderá que no es una esfera perfecta y lisa; y, si leemos la información de la investigación, nos enteraremos de que tampoco es un tubérculo nudoso y brotado. Cuando te retiras un poco, ves que esta casa es un geoide deforme con todo tipo de rugosidades, en vez de la bala perfectamente pulida y con iridiscencias claramente azules, verdes, blancas y marrones. Desde el espacio, no se parece en nada a ninguna geometría pura, sino más bien a una fruta silvestre –una imperfecta delicia.

Miro y remiro esta imagen alternativa a través de la pantalla del móvil y pienso en los cráneos humanos y su superficie nada fina, que contrasta con las casi sedosas calaveras de fotos y filmes. Y me acuerdo del inciso de una compañera traductora, en una conversación sobre lengua: “Ahora todo tiene que deslizarse”, decía, refiriéndose a las demandas de los editores respecto a los textos. Qué aventura sin sustancia, cuando no hay ni un punto y coma para tropezar, ni un fragmento de sintaxis para perder el aliento o una palabra que haga apretar los dientes. Con el pretexto de que la simplificación facilita la comprensión y el entendimiento, en los libros también hemos representado muy desproporcionadamente la composición de la roca que llamamos Tierra. Habiéndola delimitado y habiendo señalado y nombrado los trozos que forman los continentes, la hemos ilustrado a imagen de nuestro desconocimiento y nuestros deseos: una África más pequeña, sometida; una Europa más grande, sometiendo; más agua de la que en realidad corre por ella. Este verano, mientras unos leían textos untuosos en playas y piscinas (textos que dan masajes y se venden como ejercicios de mística) y la ONU aprobaba una revisión del retrato planetario, otros sembraban discursos tradicionalistas, terraplanistas, neo-religiosos, en las calles desarboladas y sobrecalentadas de las ciudades. El misterio que va de la mano con la ignorancia es terrorífico, pero, a la mayoría, todo ‘le resbala’.

Me acerco al globo terráqueo de lo alto de un estante, muevo la mano con el gesto de pasar página y gira suavemente, mostrando países que ya no existen. La Tierra sobrevive porque se mueve con un movimiento que no es siempre exactamente igual, que es inexacto; en cambio, el globo conserva un falso equilibrio, artificial, gracias al eje que lo sujeta (metáfora de las estrategias de dominio humanas o de un dios controlador). Sirve como recuerdo de los abuelos, y lo uso como una bola de médium que funciona a partir de la memoria histórica y del conocimiento científico; como una pantalla de baja definición que, mediante la conexión con el pasado, permite crear futuros de alta imaginación. Una surgencia de raíces y ramitas desde los miles de objetos metálicos que hemos puesto en contacto constante con el espacio exterior, con la alteridad del planeta, crece suspendida allí donde no hay oxígeno. De repente, choca con una nublada de eritrulosa, hecha de los mismos azúcares que contienen las frambuesas rojas y nosotros. La especie humana en extinción porque ha extinguido los bosques de frambuesas silvestres. Miro hacia arriba y, en la entrelazada zarza cósmica, evoco las frambuesas pequeñísimas que cogíamos con los abuelos. De seguir el hilo rojo de esta visión alternativa, voy a parar a los bordados y tapices de Marta Font, relligados a Yoki en forma de libro. Entiendo que el camino –abierto con “la aguja que crea, pero también pincha”– es del color de la sangre y del azúcar que, a la vez, nos forman.

El ataque de optimismo me empuja hasta el súper como por un tobogán. Pero, cuando llego y veo todas las frambuesas del mismo tamaño, del mismo color, casi con el mismo número de drupas, bien alineadas en contenedores de plástico, caigo de rodillas al suelo como Un poeta –como muchos que conozco, como el del director Simón Mesa. Con la lengua tan cubierta de cicatrices y llagas, que parece que, en vez de la vida, un tráiler nos haya pasado por encima. Con el espíritu que aspira a ser ‘bueno’ en un sentido global, a través de la convivencia con la herida del conocimiento, la energía del misterio y el azúcar que endulza pero también pudre los dientes.

Vuelvo a colocar en la repisa la caja engañosa, transparente sin ser de cristal, y con frambuesas que no lo son, y con la otra mano, me toco el cráneo y palpo los relieves de la existencia, del pensamiento, de algún golpe con otras cabezas, con ramas y ventanas. Aliviada, dejo de buscar patologías que inmovilizarían el alma. Escribo con lengua roja una lluvia de frambuesas meteóricas y la mermelada que nos daría cobijo. No intento que resbale y sobre todo no quiero que se escurra: solo insisto en vivir en un universo deforme pero misteriosamente dulce, frente a este teatro de la perfección que va pasando sin requerir esfuerzo ni dejar rastro, y que tanto me asusta. La dulzura y la bondad no tienen que dar vergüenza.

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