Cuando trabajaba en la ESO siempre me pasaba lo mismo en primavera: el trabajo me devoraba de una manera brutal, sentía que no llegaba, que no era eso lo que quería hacer, que mi vida se escapaba en urgencias que no amaba, en burocracias y papeleo que llenaban los días de gestiones que no tenían nada que ver con lo que importaba.
Y siempre decía “espera, no decidas nada en momentos de crisis”. Acababa el curso de milagro, con un agotamiento devastador, pero después venía el verano, y el mar, y los amigos y las conversaciones sin reloj y un poco como cuando olvidas los dolores del parto al tener al bebé, conseguía restarle importancia a aquel estrés espectacular.
Al volver a empezar el curso me hacía buenos propósitos de tomarme las cosas con más calma, de organizarme mejor y de disfrutar de mi vocación. Yo hacía bien mi trabajo, los alumnos me importaban mucho y sabía la diferencia que puede hacer un buen profesor. Mi asignatura, Música, tiene un potencial espectacular: nos ordena el cerebro y las emociones, nos abre todo un mundo de expresividad y de relaciones humanas. Mi tarea era como hacer catequesis: la enseñanza musical, cantar en la coral de la escuela, conocer las grandes obras, abría a los alumnos que acompañaba todo un mundo que les haría ser mejores. Yo podía dar a esas personitas herramientas que les hicieran críticas, creativas, inquietas y participativas. Para muchos de mis alumnos yo era la única puerta hacia el arte en mayúsculas: era una responsabilidad enorme que debía ejercer con profesionalidad y respeto.
Pero a pesar de las buenas intenciones, el curso volvía a devorarme y llegaba a la siguiente primavera llorando de pura extenuación y sintiendo que no llegaba.
Hasta que aproximadamente a los cuarenta y pocos me pasó otra cosa: siempre había escrito y quise publicar. Y aunque iba dispuesta a que fuera extremadamente difícil, la primera novela tuvo un éxito rotundo, y después de ella vinieron otras, y cada una sumaba más lectores, más reconocimiento y más puertas abiertas. Yo era una escritora de fines de semana, de horas robadas al descanso y de veranos. Lo iba combinando, con más o menos habilidad.
Supongo que tener una relación extramatrimonial debe ser parecido: tienes la vida oficial y otra que te ocupa muchas menos horas pero que es muy potente.
Habría podido continuar así hasta la jubilación. Calculaba mirando el calendario: Un día pensé: “Faltan diecisiete años para jubilarme”. Recordé qué estaba haciendo diecisiete años antes y dije “ha pasado rápido, los que vienen también pasarán rápido y habrá un día en que la primavera volverá a ser silbido de golondrinas, amapolas impúdicas estallando por los márgenes, cerezas y los primeros rayos de sol en la piel. Habrá un día en que podré dedicarme a hacer lo que más quiero”.
Todo me encaminaba en esta dirección: pasar los cursos haciendo cuenta atrás, suspirar por tener tiempo, afrontar con más o menos acierto la doble vida que me autoimponía. Sentirme en un compás de espera perpetuo.
Cada cambio vital tiene un proceso. En mi caso fueron un cúmulo de cosas: una pandemia que nos hizo replantear las prioridades, alguien que murió de improviso justo después de jubilarse, la enfermedad de una persona cercana, y sobre todo, una epifanía: no podía definirme como infeliz, pero definitivamente no era feliz. Estaba en una zona gris, peligrosa. Porque todos huyen de la infelicidad, pero, de la ‘no felicidad’ no es tan fácil, escapar. Y solo es posible con determinación, con fe, intentando discernir entre la locura y la audacia.
Yo era como un pajarito que duda de salir de la jaula por temor a que se cierre detrás de él.
Hasta que pesó más el miedo a continuar igual que el de dar el paso. Hice el negocio de mi vida, que decimos en Mallorca: con más de cincuenta años, dejar trabajo fijo, pagar autónomos y dedicarme a escribir en catalán. No tengo los ingresos que tenía antes. Seguramente no podré jubilarme. Tengo que negociar siempre lo que cobro, nunca sé cuándo me pagarán, ni si lo que hago gustará y me dará para poner plato en la mesa, la mía es una profesión muy sujeta a la aprobación de los demás. Tengo muy claro que no todo el mundo tiene mi suerte: vivo con alguien que confía en mí y me empuja a perseguir mis sueños.
Ahora duermo sin pastillas, me hace ilusión despertarme por la mañana, vuelvo a tener primavera.
A ti, que me lees, a ti que estás terminando el curso de memoria y que tienes una vocecita que te dice que quizás no es esto lo que quieres. A ti, que no sabes si tu crisis viene del cansancio, que dudas de si necesitas vacaciones o un cambio de vida. Si, como hacía yo, al llegar junio te preguntas si esto es una fase pasajera o es una señal, escúchame: No te diré que saltes, pero sí que revises con valentía tus opciones.
A veces la cabeza y el corazón no se ponen de acuerdo, pero las vísceras no se equivocan nunca.