La Feria del Vino de Pollença: de encuentro entre amigos a gran escaparate del vino mallorquín
La cita, que llega a la 23ª edición, refleja la madurez del sector y el cambio de hábitos del público, cada vez más interesado en el producto local
PollençaHace más de veinte años, la Feria del Vino de Pollença era casi una excusa para encontrarse, brindar y hacer pueblo. Una cita más festiva que especializada, donde el vino servía de hilo conductor para reunir amigos, productores y curiosos en un ambiente mucho más informal que el que hoy conocemos.
Con el paso del tiempo, aquel encuentro casi familiar se ha convertido en una de las grandes citas del calendario gastronómico y vitivinícola de Mallorca. La Feria del Vino, organizada por la asociación Vi Primitiu con el apoyo del Ayuntamiento, ha celebrado este 2026 su 23ª edición en el Claustro de Santo Domingo, con 37 bodegas participantes y cerca de 250 vinos para catar, consolidándose como uno de los grandes escaparates del sector en la isla .
Pero más allá de las cifras, la feria explica también la historia de cómo ha cambiado el vino mallorquín. El presidente de Vi Primitiu, Josep Bibiloni, insiste en que estos espacios sirven para mucho más que vender botellas: son puntos de encuentro entre bodegas, una herramienta para educar al consumidor y una manera de dar valor al producto local.
Hace dos décadas, muchos jóvenes llegaban a la feria con la idea de “hacer fiesta”. Ahora, los mismos bodegueros detectan un interés real por el producto, por entender las variedades, los procesos y el territorio que hay detrás de cada copa. La cultura del vino ha madurado al mismo ritmo que el sector.
También ha habido una evolución clara en la calidad. La recuperación de bodegas familiares, la apuesta por proyectos pioneros como la malvasía de Banyalbufar o la consolidación de denominaciones como DO Binissalem, DO Pla i Llevant e IGP Vi de la Terra Mallorca han ayudado a profesionalizar un sector que hace años aún luchaba por ganar prestigio.
El alcalde de Pollença, Martí March, destaca precisamente este cambio: la colaboración entre asociaciones, bodegas y administración ha permitido que la feria crezca y beneficie a todos. No solo fomenta la cultura del vino, sino que sitúa Pollença dentro del mapa gastronómico y genera actividad económica local.
Punto de inflexión
Muchos sitúan el 2016 como un punto de inflexión. Aquel año, con cifras récord de turismo en las Islas, la feria consolidó una nueva tendencia: cada vez más visitantes extranjeros empezaban a entender este tipo de eventos como una puerta de entrada al producto local. La Fira del Vi dejaba de ser solo una cita para mallorquines y pasaba a ser también una experiencia turística. Y esto continúa pasando. Este año, entre los stands, se mezclaron residentes, sommeliers, restauradores y turistas que descubren que Mallorca también se explica a través del vino. La feria funciona como un aula abierta: se cata, se aprende y se crea una conexión directa entre productor y consumidor que difícilmente se puede encontrar dentro de una gran superficie o una carta de restaurante.
Precisamente aquí aparece una de las grandes reflexiones del sector: el vino mallorquín no es caro. Lo que a menudo encarece la percepción es la restauración. En la feria, el público comprueba que puede acceder a vinos de gran calidad a precios mucho más asequibles de lo que a menudo se piensa, y esto ayuda a romper muchos prejuicios.
El director general de Calidad Agroalimentaria y Producto Local, Joan Llabrés, considera que Pollença continúa siendo una feria referente e imprescindible para el sector. En la misma línea, el consejero de Agricultura, Joan Simonet, recuerda que Pollença fue pionera en este modelo de ferias y defiende que el contacto directo con las bodegas es vital para fomentar el consumo y exportar la confianza en el producto propio.
También desde el turismo se mira con interés esta transformación. El director insular de Turismo, Pedro Mas, defiende que el sector hotelero debe continuar aumentando la presencia de producto local, más allá del mínimo del 3% exigido actualmente, porque esto refuerza toda la cadena económica.
Quizás este es el gran triunfo de la Fira del Vi de Pollença: haber dejado de ser solo una feria. Hoy es una herramienta cultural, económica y educativa. Un espacio donde el vino sirve para explicar territorio, para hacer comunidad y para demostrar que el producto mallorquín, cuando se cree en él, no necesita comparaciones.