De Ghana a Mallorca para acabar en la calle con 18 años: “Solo quiero una vida normal”
El sistema de protección y emancipación deja jóvenes sin recursos ni alojamiento. Una red ciudadana ha evitado que Musa acabe en la calle y una familia lo ha acogido para darle estabilidad mientras inicia la vida adulta.
PalmaLa habitación de Musa siempre huele bien. Las varitas ambientadoras que ha colocado en una estantería la anclan al espacio nuevo. El olor lo calma. Le sabe a hogar. Donde hace un mes había un despacho con un ordenador y una consola de videojuegos, hoy hay un colchón y una cama nuevos. Son suyos. Ya no tendrá que peregrinar con la ropa dentro de una bolsa de deporte sin saber dónde dormirá la semana siguiente.
Igual que ha pasado con otros amigos míosIgual que ha pasado con otros amigos míos”, relata.
Era el mes de enero. Le pagaron cuatro noches de albergue. Quedó fuera del circuito de emancipación por un desfase que nadie corrigió a tiempo. “Mi situación era muy difícil. Pasé por el sistema y me encontré prácticamente solo. Sin estabilidad, sin un futuro y sin saber ni dónde tenía que dormir. Sin documentación, trabajo ni apoyo, todo es muy complicado”, prosigue.
Red de ayuda
Con la bolsa de deporte al hombro, contactó con Roser, la mediadora social con la que había coincidido en el centro de menores. Musa se lleva la mano al corazón y cierra los ojos al hablar de ella. “Es como una tía para mí”, confiesa. Roser contó la historia en un grupo de WhatsApp que comparte con personas sensibles a las causas sociales. Establecieron un calendario para acogerlo dos semanas en cada casa. Cuanta más gente conociera, mayor sería su red de contactos para recibir ayuda, sugirió Roser. La organización informal suplía el vacío institucional: “Lo más difícil era la incertidumbre. Vivir sin saber qué pasará mañana. Es duro sentir que, aunque quieras hacer las cosas bien, no tienes las mismas oportunidades. Muchos queremos trabajar, estudiar y crecer, pero nos encontramos con muchas barreras”.
“Nos sentimos tristes, frustrados y, a veces, olvidados. Abandonados por las instituciones, algunos hemos tenido la suerte de recibir la solidaridad de la gente. Tenemos talento, ganas de trabajar y sueños, necesitamos oportunidades reales para empezar y construir una vida. No es justo que, después de todo lo que hemos pasado, continuemos luchando por las necesidades más básicas. Solo quiero una vida normal, poder ayudar a mi familia y sentir que pertenezco a este lugar”, continúa.
De Ghana a Cabrera
El pueblo natal de Musa está en “un territorio de paso, una frontera peligrosa para vivir y donde matan personas inocentes; donde todo es político y gira en torno al dinero”. Su familia –padre y tres hermanos– consiguió mudarse a una zona más segura. Cuando Musa terminó la Secundaria, ya había trabajado de fontanero, reparando móviles y recogiendo chatarra. Guardaba hasta la última moneda para ahorrar los 1.200 euros que podían llevarlo a Europa. “Mi familia es pobre. No tenía posibilidad de estudiar. Solo le conté mi plan a la madre. Ella me pidió que no me fuera. Tenía miedo, pero acabó aceptándolo y confiaba en que lo conseguiría. Yo no quería que mis hermanos crecieran viendo que no existía un futuro. Quería ser un ejemplo para ellos”, rememora.
Dos meses de travesía
Para cubrir los 3.800 kilómetros que separan Ghana de Mallorca necesitó casi dos meses de travesía de África al sueño europeo. “El viaje fue horrible, muy difícil. Nos dieron mascarillas contra el polvo del desierto. Éramos 30 personas en una furgoneta”. Amontonados, sin poder moverse –Musa mide 1,90 metros–, cuando se ponía derecho le fallaban las piernas. “Ocho personas se quedaron por el camino. Tuvieron miedo”. A otros –en un relato similar al de la película Io, capitano, de Mateo Garrone– les hicieron chantaje, los encarcelaron, torturaron o les robaron el dinero para embarcar en Argelia. Musa no los llevaba encima y su familia le hizo una transferencia cuando ya vislumbraba el Mediterráneo. “Estuve cuatro días en el mar. Sin comer. Teníamos dos garrafas de agua para 28 personas. Yo me quedé sacando agua de la barca mientras el resto se tuvo que tirar al mar para que no naufragáramos. Después les subíamos uno por uno”, recuerda con pausas.
La patera llegó a Cabrera. “Esperábamos encontrar a alguien, pero no había nadie. Estábamos exhaustos. Sentí que era el final, que moriría allí. Arriesgué mi vida sabiendo que podía ser mi final, pero no me arrepentí en ningún momento, porque, incluso si moría, lo hacía por mi familia”.
La Guardia Civil les tomó las huellas. Le dieron “un zumo pequeño, una magdalena y unas galletas” que le parecieron “la comida más buena del mundo”.
Su primera llamada fue a su madre. Estaba tan feliz que no podía hablar. En el centro de menores, compartió habitación con otros cuatro jóvenes. Recibió clases de alfabetización. “Nada de orientación sociolaboral. Los trabajadores estaban sobreexplotados. Me sentí muy triste cuando me echaron. Sentí mucho miedo porque no sabía cómo sobreviviría en la calle”, confiesa. Antes de la entrevista con ARA Balears, había preparado preguntas para los políticos: “¿Por qué nos resulta tan difícil acceder a documentos y oportunidades laborales legales? ¿Cómo construiremos un futuro sin un lugar donde vivir? ¿De verdad entienden lo que vivimos a diario? ¿Qué planes tienen para ayudar a los que, como yo, somos expulsados sin opciones?”.
El Gobierno explica que la ley limita la tutela a la minoría de edad. Al cumplir los 18 años, la salida del sistema de protección es automática. A partir de aquí, se abre la posibilidad de acceder al programa de emancipación, una transición a la vida adulta que incluye alojamiento supervisado, acompañamiento socioeducativo y ayudas económicas, siempre dentro de un itinerario individual que los técnicos evalúan caso a caso.
En la práctica, el sistema no siempre llega a tiempo. La Administración admite que la presión sobre los recursos ha aumentado en los últimos años, especialmente en la parte residencial, donde la demanda es muy superior a la disponibilidad. Según datos de la Conselleria de Familias, Bienestar Social y Atención a la Dependencia, en Baleares, 378 personas reciben actualmente algún tipo de ayuda de la red de emancipación, a través de entidades del tercer sector con financiación pública.
El aumento de menores migrantes no acompañados en el sistema de protección es un factor de tensión en la estructura del Instituto Mallorquín de Asuntos Sociales (IMAS), que ejerce las competencias en Mallorca. El PP ha hecho un arma de confrontación política con el gobierno de Pedro Sánchez en torno al reparto de menores y la financiación del sistema de acogida. Vox ha ido más allá reclamando su expulsión como solución y vinculándolo, sin datos, a la delincuencia. Frente a esto, el PSIB y MÉS plantean el debate desde la vulnerabilidad, los derechos y la transición de los menores hacia la vida adulta.
¿Qué ha fallado?
No obstante, el sistema no explica qué ha fallado para que un joven que había pasado por la red de protección acabara dependiendo de una cadena de alojamientos informales. Alba se apuntó sin dudarlo. Su marido y sus dos hijos (de 18 y 16 años) estuvieron de acuerdo. Vacíaron el despacho donde teletrabajaban y jugaban a la consola y prepararon una estancia provisional para Musa. “Al cabo de pocos días vi que todo iba muy bien, que era una buena persona. Me preocupa su tristeza, su nostalgia, verle callado y meditabundo. Habla constantemente con su familia. La conclusión es que no necesita una casa, cuatro paredes y un techo, sino un hogar, un refugio”, reconoce Alba.
Meter su vida en una bolsa
Antes de que se cumpliera el plazo de las dos semanas, hablaron. Musa se abre y dice que le cuesta cambiar de casa, meter su vida en la bolsa de deporte y cargar con una bolsa de comida. “Aquí supe que queríamos lo mismo. Con el acuerdo de todos, se convierte en un nuevo miembro de la familia. Con las mismas normas”, prosigue. Hay un cambio de perspectiva. Desaparece la urgencia de buscarse la vida. “Puedes hacer un planteamiento a corto, medio y largo plazo. Mi preocupación es que no entre en un círculo de precariedad y construir entre todos una vida con más calidad para él, después de haber quedado fuera del circuito de la emancipación”, añade.
Alba observa a Musa y sabe que le cuesta dormir, que la experiencia traumática le está afectando y que necesita atención psicológica. “Su inocencia la ha protegido de no estar más roto. De las primeras cosas que ha hecho en esta casa ha sido rescatar un pájaro. Para mí es muy simbólico”. No hay problemas en la convivencia. “Me gusta que desmonte los prejuicios sobre la vida en otras latitudes. Es un hombre muy activo en casa. Sin actitudes machistas. Al contrario. Siempre intenta hacer limpieza. Tengo dos adolescentes que no hacen nada y con él me lo encuentro todo hecho. Es ordenadísimo. No contribuye al caos del hogar”, continúa Alba.
“Mi objetivo es que se vaya de casa con garantías, como se iría uno de mis hijos. Quiero que piense qué le gustaría hacer. Debe buscar su realización personal. Me planteo su estancia a años vista. Que sea feliz y tenga una vida plena”, resume.
Musa juega al fútbol. Le gustaría formar parte de la plantilla del Mallorca. Y estudiar. Y trabajar. “No tengo palabras para describir mi agradecimiento. Mi sueño es poder vivir en mi país con seguridad y poner fin a la corrupción; crear allí una fundación basada en la educación y que sirva para construir un futuro mejor”. De momento, ya tiene un hogar. Alba llega de trabajar y le gusta notar el olor de sus varitas perfumadas. Si Musa no ha salido de su habitación para cenar, su hijo responde: “Mamá, no tiene que socializar todo el tiempo. Démosle su espacio. Está en su casa”.