Éramos cien alumnos y un adulto nos mostraba un preservativo

Magdalena Vázquez (1982) recuerda una escuela rígida en los años 80, con educación sexual precaria, ausencia de catalán y 'bullying' normalizado

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PalmaCuando yo estudiaba, ya había intentos de enseñar educación sexual, pero a menudo eran masivos y poco efectivos: sesiones con más de un centenar de alumnos y un monitor adulto que nos mostraba un preservativo que tenía en la mano. En algún caso, directamente, los contenidos se evitaban. Recuerdo, por ejemplo, que en quinto de EGB el profesor se saltó el tema del aparato reproductor. Era de otra generación y, simplemente, decidió no hacerlo.

Mi vida escolar comenzó antes, en Infantil, lo que entonces llamábamos preescolar, en La Salle. El recuerdo que tengo es el de un espacio muy delimitado: un patio cerrado solo para los más pequeños, rutinas marcadas y una sensación de orden que no se cuestionaba. Mi madre era profesora y eso lo condicionaba todo un poco. Recuerdo especialmente un día que vino a verme al patio; cuando se fue, sentí una añoranza muy intensa. Es uno de los primeros momentos en que la escuela dejó de ser solo un juego. En La Salle hice toda la EGB.

De aquellos años también me quedó grabada la separación constante de géneros, de nivel... Hacíamos manualidades –rosarios, ceniceros, ramos de flores por el Día de la madre– dentro de una dinámica aparentemente inocente, pero que ya marcaba roles muy claros. Había cosas de niños y cosas de niñas, y nadie lo discutía. Este orden también se reflejaba en la evaluación: o ibas bien o ibas mal. Sin matices. Las notas se hacían a mano y, más adelante, pasaron a ser impresas con ordenador. Recuerdo aquella primera hoja como una pequeña ruptura: la letra del maestro desaparecía y todo se hacía más impersonal.

Yo era la número 44 de 45. No era la última, pero casi. Recuerdo que los alumnos con necesidades evidentes sí que recibían un apoyo, pero todo aquello que no se veía de manera clara quedaba fuera del radar de los docentes. La relación con el profesorado era formal y distante. Algunas profesoras generaban una cierta calidez, pero también había otra manera de hacer mucho más rígida: profesores que te hablaban de usted, te llamaban por el apellido y mantenían una distancia clara, también física, con mesas individuales y filas ordenadas.

Descubrimiento del catalán

La disciplina era directa: si te portabas mal, dabas una vuelta al patio corriendo o salías a la pizarra a repetir la lección. Todo esto pasaba en castellano. Durante toda la EGB el catalán no existía dentro del aula. No fue hasta lo que hoy decimos Secundaria, en la escuela Lluís Vives, que tuve una asignatura de catalán y descubrí que era una lengua románica. Era un momento extraño: tomar conciencia de una lengua propia como si fuera una novedad.

También hubo profesores que me marcaron, especialmente en literatura catalana, que transmitían interés y estima por la lengua. Pero eran excepciones dentro de un sistema basado en memorizar y repetir. El nivel era alto y todavía hoy recuerdo muchas cosas, pero no había margen de discusión ni espacio para la duda. Con el tiempo he entendido hasta qué punto éramos una escuela despersonalizada. Nadie me preguntó nunca si estaba bien. Lo que importaba eran las notas. Con ratios elevadas, esta lógica se hacía aún más evidente: éramos números.

En el patio, los roles estaban muy marcados. Los niños jugaban al fútbol y otros nos quedábamos en los márgenes, hablando. Con nosotros había algunos niños que después serían gais, y con el tiempo se hizo evidente su vulnerabilidad. Lo que hoy identificamos como bullying entonces no tenía nombre, pero era constante: insultos, comentarios y, en algunos casos, empujones y escupitajos. Era un acoso persistente.

El profesorado, en general, lo ignoraba. Solo intervenía en casos de agresiones físicas. No recuerdo ninguna charla ni ningún protocolo. Era una realidad normalizada: siempre había alguien que lo recibía todo. Y el resto aprendíamos a evitar tanto a los agresores como a las víctimas, porque quedarse en medio podía tener consecuencias.

Escuela insensible

Ahora, la diferencia es clara. Hay más proximidad y más atención al bienestar del alumno. Sin idealizar el presente, el contraste con aquel modelo es evidente. La escuela de entonces era más rígida, más jerárquica y menos sensible a todo aquello que no fuera estrictamente académico. Y, sin embargo, muchas de las cosas que aprendí todavía las recuerdo. Probablemente porque se enseñaban sin margen, con una contundencia que hacía difícil escapar de ellas.

'Mis años de escuela es una serie del ARA Balears que reconstruye cómo era la educación en Mallorca, década a década, a través de testimonios en primera persona. En esta entrega, nos adentramos en los años 80.*Texto elaborado a partir del testimonio de la entrevistada

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