Las pruebas de admisión a Magisterio, un cortafuegos contra la falta de vocación
Desde la instauración de las evaluaciones, el año 2021, las solicitudes para acceder a los grados educativos se han reducido a la mitad
Palma“Antes teníamos cerca de 1.200 solicitudes para acceder a los grados de Educación Infantil y Primaria, y ahora, entre 600 y 650”. Así explica Miquel Oliver, decano de la Facultad de Educación de la UIB, una de las consecuencias que han tenido las pruebas de admisión a estos estudios, instauradas en 2021. Durante décadas, el acceso a estas titulaciones ha tenido determinados condicionantes. Había gente que quería entrar por el hecho de que las consideraba accesibles. Otros decidían estudiarlas cuando no tenían realmente claro hacia dónde orientar su futuro académico. Ahora, este perfil de estudiantes se ha reducido significativamente. “Con las pruebas selectivas, conseguimos que la gente esté más motivada y, con ello, podemos trabajar para que salgan más preparados y sean buenos profesionales. Ahora bien, para poder entrar a la carrera también deben superar las PAU y llegar a la nota de corte”, expone Oliver. “Se debe evitar que Magisterio sea un refugio para quien no consigue entrar en otras titulaciones. Precisamente, los exámenes de acceso tienen un efecto disuasorio”, añade Bernat Sureda, catedrático en Historia de la Educación de la UIB.
La decisión de instaurar las pruebas surge a raíz de la creación del Programa de Transformación de la Formación Inicial. “A partir de investigaciones y encuestas determinamos cuáles eran las prioridades que se debían ejecutar para mejorar la educación, a través de la puesta en común de ideas entre los profesores de la universidad y los tutores de prácticas de las escuelas”, relata Oliver. De aquí salió un documento con 78 propuestas, en las cuales se está trabajando.
Un examen de competencia comunicativa, razonamiento crítico y comprensión lectora abre el proceso de evaluación. La lógica matemática, en la cual los estudiantes han de demostrar los conocimientos de geometría, álgebra, estadística y medida, completa la primera fase del proceso. Los que resultan aptos, se someten a dos pruebas más: se han de presentar en un vídeo, ofrecer su percepción del mundo actual y describir las competencias que tienen como docentes. Esta prueba va seguida de un debate entre seis alumnos sobre un tema de actualidad, mientras dos examinadores evalúan competencias como la capacidad de liderazgo y de aportar un punto de vista diferente.
Alumnos motivados e imaginativos
Después de tres años de ejecución de los exámenes, y sin que ninguna promoción que los ha hecho se haya graduado, es difícil sacar conclusiones, pero sí que se tienen percepciones. “Cuando hablamos entre los profesores vemos que ahora el alumnado que entra está más focalizado en la importancia de la educación y tiene más sentido de la responsabilidad sobre qué significa ir a una escuela y los deberes que supone”, explica Begoña de la Iglesia, coordinadora de las pruebas de admisión. Con estas ideas coincide Maria del Mar Gayà, alumna de segundo de Educación Primaria. “La gente que entra nueva tiene mucha imaginación a la hora de hacer actividades, hace presentaciones más dinámicas y tiene ganas de hacer prácticas.”, expone. Y lo contrasta: “Se nota diferencia entre los nuevos y los que te encuentras en clase porque repiten una asignatura, algunos de los cuales son los típicos que hacen la carrera por hacer”, opina.
Por su parte, Auba Fuster, alumna del mismo grado y curso, aplaude la implantación de las pruebas de admisión. “Eran muy necesarias para prestigiar la profesión docente y dejar atrás la idea de que es una carrera maría”, señala. Ahora bien, también pone sobre la mesa un hecho habitual en todos los grados del que tampoco escapa Magisterio, a pesar de las pruebas. “De mi clase, han dejado la carrera entre 10 y 14 personas, de un grupo de 60”, dice. Quiere desterrar el tópico de que Magisterio es una carrera fácil. “No es así. Me llevé un buen revolcón, porque pensaba que si las matemáticas de la carrera eran tan fáciles como las de las pruebas de acceso, iría bien. Pero no. Venía del Bachillerato humanístico y me quedé a cuadros”, recuerda.
Daniel Ruiz es, precisamente, profesor de matemáticas en el grado de Educación Primaria, y reflexiona sobre el sentido de las pruebas. “No se hacen solo para mejorar el nivel, porque la percepción del nivel siempre nace de una posición estática del profesor, que ve pasar alumnos promoción tras promoción”, dice. Los estudiantes, opina, no saben lo mismo ahora que hace cinco años, “evidentemente”, pero “saben otro tipo de matemáticas y hacen trabajo de otra manera”.
De la Iglesia, por su parte, explica que las pruebas pretenden identificar las “banderas rojas”, aquellas competencias que el alumno de Magisterio debe tener de base y que, si no se tienen, es difícil conseguir con el grado. Ahora bien, deja claro que no se exige a los aspirantes nada que no puedan saber según sus estudios de procedencia. “Somos conscientes de que no deben tener ninguna competencia pedagógica de origen. Nosotros les evaluamos unas características que ya les han evaluado previamente”, dice. “Un profesor es el referente del alumno y, si él sabe escribir, los estudiantes sabrán. De hecho, si un docente escribe mal una palabra, el alumno la fija, y eso es contra lo que se debe luchar y para poderlo evitar”, sentencia.