Crecer en catalán en Suiza: "Es la lengua que me sale del corazón"

Las lenguas de herencia se mantienen y se transforman a lo largo de los años en contacto con la escuela, las amistades y la sociedad que rodea a los niños

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La familia Peña Oliver vive en Suiza y el catalán es la lengua de comunicación en su casa.
03/11/2026 - 20:53 h

PalmaJulia tiene siete años, nació en Lausana y habla catalán, francés y castellano. Sus padres son mallorquines y, cuando nació, en casa continuaron hablando catalán, de manera natural. “La lengua materna de mi pareja y la mía es el catalán. Es la que siempre hemos hablado en nuestra casa y que habla toda nuestra familia, así que para mí no había ninguna otra opción: es la lengua que me sale del corazón y de forma más natural”, explica su madre, Cristina Oliver.

La lengua de herencia es la lengua que se habla en casa, cuando no es la lengua mayoritaria de la sociedad. Es la que hablan las personas que han emigrado y que utilizan con familia o con su comunidad, mientras que en otros ámbitos predomina la lengua del entorno. “Basta con que haya al menos una persona en casa con quien el niño la hable”, explican Mariia Pronina, doctora e investigadora de Lingüística de la UIB, y Maria del Mar Vanrell, profesora del Departamento de Filología Catalana y Lingüística General de la misma universidad.

En el caso de las familias mixtas, un niño también puede crecer adquiriendo la lengua de herencia de un solo progenitor. Las trayectorias, sin embargo, son diversas. Algunos niños la utilizan mucho; otros, menos. Los hay que solo la entienden, mientras que otros la hablan y la comprenden. Asimismo, también se puede llegar a perder, a menudo tras un proceso de erosión lingüística, es decir, de pérdida gradual de dominio.

Hermanos en catalán, entorno en francés

Julia tiene un hermano pequeño, Leo, de tres años y medio. Ambos están escolarizados en francés, la lengua de la sociedad donde viven, pero actualmente hablan catalán entre ellos. “Es la lengua que se habla en nuestra casa y por ahora la mantienen”, dice Cristina. Con todo, la madre cree que, a medida que crezcan y pasen más tiempo con los amigos, la escuela y las actividades, el francés podría ganar peso.

En su caso, el inicio de la escolarización no les planteó dificultades importantes, aunque al principio podían tener diferencias de vocabulario respecto a otros niños francófonos. En casa, en cambio, el catalán continúa presente. “Por ahora no ha perdido presencia”, explica. Considera que Julia lo habla muy bien y que conoce expresiones y palabras propias de Mallorca; Leo también lo habla, con el vocabulario esperable para su edad.

En el caso de esta familia, los usos cambian según el contexto. Con los amigos de la escuela y de las actividades, la familia suele hablar francés; con los amigos españoles, castellano; y con los catalanohablantes, catalán. Y los niños pasan de una lengua a la otra con naturalidad.

Xavier Peña, el padre, explica que antes del nacimiento de Julia se planteó hablarle en castellano para que también lo aprendiera. Finalmente, lo descartó: le era más fácil expresarse en catalán y confiaba en que el castellano les llegaría por otras vías, como ha acabado sucediendo.

La familia refuerza el catalán con cuentos, música, videollamadas con los abuelos y, sobre todo, las estancias en Mallorca, donde pasan dos meses al año. Xavier considera que este contacto es determinante para que los niños perciban que el catalán es una lengua viva y útil, no solo la lengua de los padres. También habla con ellos en catalán delante de otras personas buena parte del tiempo, aunque a veces cambia al francés si es importante que todo el mundo entienda la conversación.

Cristina dice que no ha sentido incomodidad por hablar catalán en Lausana. Ve importante que los hijos se sientan mallorquines, además de suizos, y que puedan comunicarse con la familia extensa; su preocupación es que un día dejen de hablarlo. Para Xavier, mantener el catalán también es una manera de que los hijos se sientan en casa, tanto en Lausana como en Mallorca, mientras se plantea que más adelante aprendan a escribirlo en el Centro Catalán de Lausana.

El contacto entre lenguas

Pronina y Vanrell explican qué sucede cuando la lengua de casa es minoritaria dentro del entorno social. Su investigación estudia a niños rusófonos que viven en las Islas Baleares y en Cataluña. En este caso, apuntan que usar una lengua familiar minoritaria puede restringir el vocabulario de la lengua de herencia a situaciones familiares y dejar menos espacio para los registros abstractos y especializados.

El estudio ha observado, también, que algunos niños rusófonos incorporan rasgos de la entonación del catalán cuando hablan ruso. El contacto entre lenguas puede dejar huella en la pronunciación, pero también en la morfología y la sintaxis. El acento, además, puede influir en la confianza de los niños. Una lengua aprendida en casa puede sonar “extranjera” a algunos hablantes nativos, aunque sea una lengua familiar para el niño. Es aquí cuando las burlas y los comentarios desagradables pueden hacer que se inhiba a la hora de hablarla. Por eso, las investigadoras recomiendan no corregir constantemente a los niños: es mejor ofrecerles modelos correctos de manera natural, sin hacerles sentir juzgados. También piden que docentes y logopedas tengan formación en multilingüismo, para que las diferencias propias de una trayectoria bilingüe no se confundan con carencias.

Las Baleares babilónicas

Las Islas Baleares tienen 1,26 millones de habitantes, de los cuales cerca de 279.400 (el 22%) tienen nacionalidad extranjera, y más de 376.000 (el 29,7%) han nacido fuera de España. Ambos son los porcentajes más elevados del Estado.

A esta realidad se añaden los niños que han nacido en las Islas en familias migradas y que tienen una lengua familiar diferente del catalán. En 2024, la madre de uno de cada tres niños nacidos en las Islas era de nacionalidad extranjera. Este dato no permite saber qué lengua hablan en casa ni incluye a todos los niños con progenitores de origen extranjero, pero señala que una parte importante de las nuevas generaciones crece con otras lenguas familiares.

Ela tiene siete años, nació en Argentina y en marzo hará dos años que vive en Mallorca. Va a una escuela pública con el catalán como lengua vehicular y su madre, Cecilia Nori, comenzó a habituar el oído con Duolingo y canciones. “El primer mes fue duro, en la escuela, pero dos meses después ya la escuché hablarlo en la plaza: fue rapidísimo”, explica. Ahora es la traductora de casa y juega en catalán con los amigos y, a veces, lo habla con su hermano pequeño, que tenía un año y medio cuando llegaron. Fue empezar en la guardería y no hablar más, hasta ahora, “que se ha soltado tanto en catalán como en castellano”.

La convivencia de muchas lenguas en Mallorca se suma a la situación de minorización lingüística del catalán respecto del castellano. Según Pronina y Vanrell, esta situación puede hacer que el castellano se convierta en la lengua compartida por defecto entre personas de procedencias lingüísticas diversas. También pueden contribuir a ello las prácticas de acomodación de los catalanohablantes, cuando cambian de lengua de acuerdo con el origen imaginado del interlocutor y reducen las ocasiones para que los recién llegados aprendan y empleen el catalán.

Al mismo tiempo, las investigadoras hablan de un posible “efecto espejo”: encontrarse en una sociedad con una lengua minorizada puede llevar a las familias recién llegadas a reflexionar sobre el valor de las propias lenguas y sobre la importancia de transmitirlas. Promover el catalán como lengua de la escuela, de cohesión y de participación social, añaden, no debe implicar renunciar a las lenguas familiares. “Promover el catalán y valorar las lenguas de origen no son objetivos contradictorios”, sino que pueden ser complementarios. Para que el catalán pase del aula a la vida cotidiana, sin embargo, es necesario que los niños tengan ocasiones de usarlo y espacios donde sea una lengua viva sin perjuicio de que las familias, a su vez, mantengan la lengua de herencia.

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