"Oí hablar catalán a un chaval y pensé: '¿Qué cojones hago en Madrid?'"

El cantante mallorquín Llorenç Santamaria repasa una carrera que empezó en noches de rock de la Palma de los 60 y todavía continúa

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El cantante mallorquín Llorenç Santamaria durante la entrevista en un bar de Palma.
29/10/2026 - 21:00 h

PalmaLlorenç Santamaria atraviesa la puerta del bar y saluda con un apretón de manos y una sonrisa amplia que no le abandona durante dos horas de conversación. Se sorprende al ver al fotógrafo. “Ah, ¿pero nos tenemos que hacer fotos? ¡Yo os podría haber enviado!”. Se mira como si comprobara que su aspecto estará a la altura. En su silueta conviven el hombre mediterráneo –pantalones y camisa de lino– con el rockero que nunca ha dejado de ser –pendiente en la oreja–. Se le dispara la música en las Ray-Ban Meta y se las quita para apagarla. Lleva una gorra con las iniciales LS grabadas y posa con ella y sin ella, mientras se recoloca el cabello. Pide un café americano con hielo, sonríe y ya está listo para las preguntas. Vive en Barcelona, pero va y viene continuamente a Mallorca para cuidar a su hermana, de 95 años. Está al día de lo que pasa en su tierra y, antes de abordar una carrera de más de seis décadas, empieza por la masificación.

“Es que mira este aeropuerto. Tiene unas salas que parecen campos de fútbol. Podrían, al menos, separar los vuelos nacionales de los internacionales. ¿Por qué tengo que llegar dos horas antes solo porque un tipo vuelve a Suecia después de las vacaciones? Y, después, ¿a dónde van todos estos millones de euros que entran aquí cada día?”.

No ha asistido a ninguna manifestación contra la saturación porque no estaba en la isla, pero lo habría hecho si le hubiera coincidido. “Habría salido a la calle. Antes, los turistas estaban en sus hoteles, y ahora cualquier casita o piso se alquila, y también un coche. La fuerza del alquiler turístico es muy grande. Pero, claro, yo veo a mi hija, que se va de viaje a Grecia y busca alojamiento en Airbnb y todo ya es Airbnb. ¡Hostia, se han introducido de una manera que es difícil de detener!”.

Pros y contras

Tiene dos hijas, de 32 y 22 años, vive con su mujer en Barcelona y está a punto de convertirse en abuelo. A sus 81 años. “Te estoy dando una exclusiva”, ríe, burlón. Durante los años dorados fue Lorenzo Santamaría, nada de Llorenç. “En aquel momento, en Cataluña estaban los cantautores y, para el resto, nombres artísticos. Yo, cuando se tuvo que decidir eso, no pensaba en nada. ¡Era un pardillo!”. Vuelve a reír antes de confesar: “Quería ser cantante. El mejor cantante del mundo. Ni pensaba en la fama, ni quería ser famoso. Esa es la verdad. Después te viene la fama y dices... Hostia, tiene sus pros y sus contras. La necesitas si quieres hacer conciertos con buena producción, pero también es pesada. Cuando me di cuenta, ya era famoso y me molestaba. Nunca me he retirado, pero cuando me agobiaba o me sentía cansado, siempre volvía a casa. Volvía a la isla. Mallorca es mi refugio”.

Su padre era carpintero y murió cuando él tenía dos años. Su madre, trabajadora de una fábrica textil de Santa María, quedó al cargo de seis hijos. La mayor –a la que ahora cuida Llorenç– tomó las riendas. “Crecí entre mujeres, feliz del todo. Éramos una familia humilde, de pueblo. No vivíamos en la abundancia, pero no pasamos hambre. Y estaba rodeado de amor”. Cierra los ojos para remarcar la palabra amor y recuerda cómo el pescadero pasaba una vez por semana, vendiendo caramel y sardina a toque de cuerno. “Pienso en cómo nos alimentábamos sin saber nada de conceptos como ecológico, en las verduras que comíamos, y sí, fue una infancia bonita”.

Convertido en muchacho, repartió sifones y gaseosas, vendió chocolate y trabajó en una barbería. Para matar los trayectos a pie, tocaba la armónica. No sabía nada de música. No había antecedentes en la familia. Se acercaban los años 60 y “todo el mundo quería tener un grupo de música”. Unos primos habían montado uno. Él los escuchaba y les pidió que le dejaran cantar una canción. “Supongo que era un rock-and-roll de la época”. Se presentó a una prueba en Radio Mallorca, cuando “todavía no había televisión y se tocaba en directo en la radio”, y salió convertido en vocalista de Los Chelines. Después se fogueó con Los Fugitivos hasta llegar a Los Bríos, con quienes tocaba en la discoteca Jack El Negro, del Jonquet de Palma. “A mi madre nunca le importó mucho que me dedicara a la canción, pero cuando empecé a hacerlo de noche y llegaba a las cuatro de la madrugada, eso ya no le gustaba. Me decía: ‘Las extranjeras te llevarán a la perdición’”.

Después de pasar por diversos grupos, los Z-66 lo citaron en Toltec, “la sala donde tocaban todos los grupos de moda de la época”. De nuevo, lo seleccionaron y el gerente los contrató. Cantaban todos los éxitos internacionales. Muchas veces versionaban canciones que no se habían publicado ni radiado en España, temas que llegaban dentro de las maletas de aquellas extranjeras o de los marines estadounidenses que atracaban en Palma.

“Yo no sabía ni hablar español. De verdad. Hablaba mallorquín con mis amigos y la familia, y después cantaba en inglés a partir de lo que iba aprendiendo, sin saber ni qué decían aquellas estrofas. De los portaaviones podían bajar 5.000, de americanos, la mayoría negros, y ellos tenían grupos y tocaban en el barco”. Los marines llegaban al local y acababan subiendo al escenario. Traían ritmos soul y funky, un complemento al rock de The Doors, The Animals y The Rolling Stones, por los cuales Santamaria perdía la cabeza.

“Tocaban mil veces mejor que nosotros. No porque supieran más de música, sino porque tenían aquella fuerza y aquella energía brutales... Nosotros éramos mediterráneos, tío. Yo intentaba cantar bien y el directo no era eso. Su concepto era el de la potencia y su manera de afrontar los directos no tenía nada que ver con cantar de puta madre. Era energía. Todo eso me lo enseñaron”.

El cantante sólido se fue forjando con cientos de horas de directo, en una Palma musicalmente efervescente que le permitió conocer ídolos como Jimi Hendrix y su admirado Eric Burdon, líder de The Animals. “Me había comprado un aparato de reverberación que pagaba a letras de no sé cuántas pesetas, una ruina. Estaba convencido de que aquello me ayudaba a cantar bien y llega Burdon y me dice: ‘No, el eco está aquí’ [se toca la garganta]. Imagínate cómo era descubrir todo aquel mundo”.

En la sala Sgt. Pepper’s –la que inauguró Hendrix– ya trabajaba once meses al año. El grupo tenía un apartamento alquilado y vivía, sin sufrimientos, de la música. “Nos pagaban una barbaridad para la época. ¡Era pasta!”. La noche, el contacto con los turistas, los hippies y el rock hicieron circular las drogas, pero Llorenç nunca perdió el rumbo. “Les pasó a muchos compañeros. Yo no me planteaba nada. Vivía el día a día, pero mi guía seguía siendo convertirme en el mejor cantante del mundo. No la fama”.

En los 70, la industria dio por acabada la era de los grupos. Buscaba solistas. Llorenç tenía voz y presencia y llegaron los cantos de sirena. “Me encerré un mes en una finca que tenía un tío mío en la montaña para meditarlo. Yo era un tipo de grupo, pero acepté”.

La discográfica se sentó a crear un nombre. Él quería Lorenzo Negro y se impuso Lorenzo Santamaría. Componía canciones sobre sus inquietudes, pero la compañía tenía claro que el camino lo marcaban Raphael, Julio Iglesias y Camilo Sesto. “Les interesaban las canciones de amor y desamor. Ellos creían que era lo que se debía hacer y tuvimos éxito. Me dieron una carrera”.

La trayectoria se cocinó a fuego lento hasta que estalló con Para que no me olvides: “Hubo épocas en las que no la quería cantar”. En el punto álgido de la popularidad, lo reclamaron del cine. Santamaria estaba de moda y tenía aires de galán. Le ofrecieron interpretar Don Juan Tenorio. “Me eligieron sin saber ni si era actor. Y me costó, porque era castellano antiguo”. Y, siguiendo la actitud vital que ha movido su carrera, fue haciendo. Rodó con Ángela Molina, Victoria Abril y López Vázquez, entre otros.

Se convirtió en un cantante muy popular y su mánager, Alfredo Fraile, vio la oportunidad de replicar el éxito de su representado más famoso. “Era como si quisiera hacer de mí un segundo Julio Iglesias. Desde Miami hasta la Argentina, iba pasando por todos los países, haciendo televisión, asistiendo a fiestas, y pensé que aquello no era para mí. No para un tío de pueblo como yo. Y venía a refugiarme a Mallorca”.

Nunca se preocupó de las cláusulas de unos contratos que iban acompañados del adjetivo “leoninos” porque “el dinero entraba”. Agarró los ahorros y los invirtió en una discoteca y sala de música en directo que no funcionaron. Una ruptura sentimental hizo el resto: “Me arruiné y me fui a Madrid”.

En la capital española todo había cambiado con el arranque de los 80. “Triunfaban los chicos rubios”, dice para resumir el éxito de Los Pecos, Iván y Miguel Bosé. Continuó en la música, pero antes de tres años allí sintió que se ahogaba. “Emocionalmente, no estaba en mi lugar”.

Hecho como cantante

Entonces lo llamaron para una película en Cataluña. “Me detuve en Castelldefels, en un chiringuito donde hacían una paella y hablaban catalán, en mi lengua, en pleno Mediterráneo, y dije: ‘¿Qué cojones hago en Madrid? ¡Fuera!’. Estaba en un buen momento de madurez, a los 35 años, y ya hecho como cantante. Continué en la música, pero instalado en Barcelona”.

Tiene que pensar –como si no se lo hubiera planteado nunca– para responder si le habría gustado tener la carrera de Ray Charles, que dejó un legado de buenas canciones y un estilo fiel a él mismo. Cuando preparó la despedida, desde la más absoluta modestia, creyó que el público no estaría. Llenó. Y los promotores siguen contratándolo porque sigue llenando. “Es increíble, pero es que incluso todavía alguna mujer me dice ‘guapo’”. Vuelve a reír.

No actúa en verano por decisión propia –“hace demasiado calor”– y, como su admirado Miguel Ríos, canta rock-and-roll y todas las canciones que espera su público. “Me creo mi repertorio y la gente lo disfruta. Me he quedado como el baladista, tío”. Vuelve a Barcelona y, mientras espera la llegada del nieto, ensaya cada día. “Una hora y media. El truco es darle caña. Me gustaría estar estirado en una tumbona, pero ¡no puedo! Disfruto la adrenalina de subir al escenario”.

¿Ha sido una vida plena, esta de ir haciendo como un gorrión? “Y tanto que sí. No he vivido en la abundancia. No he sido ambicioso, ni he necesitado un chalet en Miami ni dos casas en Madrid. Nada de todo eso. Estoy de puta madre”, ríe mientras se recoloca la gorra.

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