Los alumnos ya no saben prestar atención: "Es como si te hicieran 'scroll'"

La lectura, el esfuerzo y la paciencia pierden espacio ante unos hábitos de consumo hiperestimulantes que dificultan la concentración

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Una joven mira el móvil.
29/10/2026 - 21:02 h

Palma"En el aula tenemos la sensación de que hay que estimular a los alumnos todo el tiempo, como si tuvieras que encender luces, porque, si pierden el interés, es como si te hicieran scroll". Guillem Ensenyat, maestro del CEIP Es Vinyet de Andratx, describe así una situación que se ha hecho habitual en las aulas: si el docente no consigue mantener la atención de los niños, desconectan. No necesariamente interrumpen la clase ni se portan mal. Simplemente, dejan de seguirla.

La dificultad para concentrarse preocupa a docentes de diversas etapas educativas. En Primaria, en Secundaria e incluso en la universidad, los profesores describen a alumnos a los cuales les cuesta mantener el hilo de una explicación, dedicar tiempo a una tarea o aceptar que aprender exige esfuerzo. En un entorno lleno de contenidos breves, notificaciones y estímulos inmediatos, leer, estudiar y escuchar durante un rato pueden parecer actividades poco atractivas. Pero la cuestión no es tan simple como retirar los móviles de las aulas. Las voces consultadas apuntan a un cambio más amplio en la relación con la atención, el aburrimiento y el aprendizaje. Mientras se espera que la escuela consiga captar constantemente el interés de los alumnos, la capacidad de concentrarse necesita tiempo, práctica y momentos sin estímulos.

La atención también debe aprenderse

Eva María Aguilar, catedrática de la UIB y directora del Instituto de Investigación e Innovación Educativa (IRIE), recuerda que la atención se desarrolla durante la infancia y madura especialmente a lo largo de la adolescencia. Para que se fortalezca, los niños necesitan exponerse a situaciones que les exijan mantener la concentración. "La sociedad cada vez está menos atenta, es menos constante y está perdiendo la capacidad de atención", afirma. La experta evita atribuir los problemas a las pantallas en general. No es lo mismo mirar una película con un contenido adecuado y el acompañamiento de un adulto que consumir individualmente vídeos breves que se suceden sin interrupción. Lo que preocupa es especialmente este segundo uso cuando no hay supervisión.

"Si cada vez los exponemos menos tiempo a contenidos que requieren atención, cada vez tendrán menos", alerta. La capacidad de concentrarse, por lo tanto, no se puede dar por descontada: también se tiene que ejercitar. La cuestión no es solo cuántas horas pasan los niños ante una pantalla, sino qué tipo de contenidos consumen y qué espacio queda para actividades que exigen mantener el foco.

En el IES Antoni Maura, el profesor Joan Miralles observa que a los alumnos les cuesta más concentrarse cuando una actividad no les ofrece una recompensa inmediata. "El profesor no es un animador. Puede hacer clases más dinámicas, pero no es el payaso de la clase", afirma. Para Miralles, el esfuerzo, la memoria y la repetición siguen siendo necesarios, aunque no siempre resulten estimulantes. "Los centros debemos reivindicar que el proceso de aprendizaje implica esfuerzo, que no todo tiene que ser divertido e imaginativo", sostiene.

Miralles cuestiona, además, la idea de que hay que suprimir el no hacer nada. "Existe la idea de que el aburrimiento es una emoción que hay que eliminar y las nuevas tecnologías nos lo permiten", afirma. Pero no tener un estímulo al alcance también puede formar parte del aprendizaje: obliga a tolerar la frustración o continuar una tarea aunque no sea especialmente atractiva. "Esto no significa que las clases tengan que ser rígidas ni que el profesorado deba renunciar a probar metodologías diferentes. El reto es encontrar el equilibrio entre despertar la curiosidad y enseñar a mantener el esfuerzo cuando el interés inicial disminuye", defiende.

¿Cuánto tiempo pueden mantener la atención?

Jesús Revelles, profesor de la UIB, también ha observado dificultades para sostener dinámicas largas. "Cuando yo estudiaba, siempre decíamos que teníamos 45 minutos de atención, pero ahora es muy difícil mantener dinámicas de más de 15 minutos, porque todos tienen ordenadores y móviles, y es muy complicado", explica. Los 15 minutos son una percepción basada en su experiencia docente, no una medida universal de la capacidad de atención de los estudiantes. Su testimonio, sin embargo, coincide con la preocupación expresada por otros profesores: mantener una actividad durante un rato sin cambiar constantemente de formato se ha convertido en un reto.

Revelles lo relaciona con la inmediatez, que considera que puede favorecer la superficialidad. La lectura es uno de los ámbitos en los que ve más claramente la necesidad de recuperar hábitos. Defiende que en Bachillerato se vuelvan a implantar cuatro libros obligatorios, una práctica que considera beneficiosa aunque exija tiempo y trabajo. Leer pide una atención sostenida y no ofrece la misma sucesión de estímulos que las redes. Miralles lo resume así: "Cualquier actividad que no tenga una recompensa inmediata genera frustración. Estudiar requiere constancia, esfuerzo y tiempo, y no tienes una recompensa inmediata. En cambio, mirar vídeos de TikTok es adictivo: te genera dopamina y te mantiene entretenido. Si estás acostumbrado a esto, todo lo que no tenga un alud de estímulos te parece aburrido".

En Primaria, Ensenyat explica que la dificultad para mantener la concentración tiene consecuencias concretas en la organización de las sesiones. Entre conseguir que los alumnos escuchen, explicar las instrucciones y poner en marcha una actividad, puede pasar buena parte de la hora. "No es que se porten mal, sino que no se centran", resume. Para intentarlo, ha recurrido a la gamificación, una metodología que incorpora elementos de los videojuegos a las actividades educativas. Cada unidad didáctica puede convertirse, por ejemplo, en un superhéroe que transmite unos valores. Los alumnos se implican en la propuesta y pueden obtener recompensas a medida que avanzan.

Pero preparar estas actividades exige mucho trabajo, y el juego no puede sustituir todo lo que implica aprender. Ensenyat lo ilustra con las tablas de multiplicar: para dominarlas no basta con una actividad atractiva, también hace falta practicar en casa. El maestro señala que la responsabilidad no es exclusivamente de la escuela. "El problema no son los niños que utilizan tabletas, sino los padres que miran el móvil a la hora de cenar o que no miran al hijo cuando juega a fútbol, por ejemplo", afirma. Considera que los hábitos de los adultos influyen en la manera en que los niños se relacionan con las pantallas y con la atención de los demás.

Recuperar el silencio

Aguilar propone alternar los periodos de trabajo con pausas activas breves: levantarse, moverse y volver a sentarse para retomar la actividad. También defiende establecer pautas claras sobre qué pasará en clase y cuánto tiempo durará cada tarea. El objetivo es evitar la sobreestimulación y crear un entorno que facilite la concentración. En esta línea, propone aplicar al conjunto del aula estrategias que también se utilizan con niños con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Las pausas activas, la anticipación de las actividades y los espacios tranquilos pueden ayudar a favorecer la atención de todo el alumnado, no solo la de los niños que presentan más dificultades para concentrarse. Esto no significa que las dificultades de atención sean necesariamente un trastorno, sino que algunas estrategias pensadas para responder a necesidades específicas también pueden ser útiles para el grupo más amplio.

La experta también señala la importancia de los horarios. Recuerda que los adolescentes tienen ritmos biológicos diferentes a los de los niños y considera que empezar las clases demasiado pronto puede dificultar que lleguen descansados. Por eso defiende que, en estas edades, la entrada a los centros sea más tardía.

Las propuestas no implican convertir todas las clases en un espectáculo ni tampoco considerar perjudicial cualquier uso de la tecnología. Apuntan a recuperar un equilibrio: enseñar a hacer un uso útil de las pantallas, dar espacio a la lectura y aceptar que el aprendizaje también requiere ratos de concentración sin estímulos constantes. La escuela no puede competir con las redes en cuanto a la rapidez con la que ofrecen novedades. Su función es otra: ayudar a los niños a sostener la atención cuando la novedad se acaba. Quizás este es el reto que resume mejor la imagen de Ensenyat: que un maestro no tenga que encender luces constantemente para que los alumnos lo miren, sino que ellos aprendan, poco a poco, a mantener la mirada incluso cuando hay oscuridad.

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